«Hay que lavarse las manos, pero sobre todo el corazón», carta de Mons. Francesc Pardo

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Los judíos tenían muchas normas religiosas e higiénicas, como las de lavarse las manos en varias ocasiones, nos lo recuerda el evangelio de este domingo.
“ Tus discípulos no siguen la tradición”, esa es la crítica dirigida a Jesús.
Concedemos mucha importancia a la limpieza, a lavarse las manos, y no sólo las manos, sino todo el cuerpo; hay que ducharse o bañarse por motivos de salud y para la convivencia. La limpieza es muy importante, pero el Señor nos recuerda que, sobre todo, hay que lavar “el corazón”, el ser más profundo de cada uno, porque en caso contrario será imposible vivir en paz y armonía con uno mismo, con los demás, con el mundo y, en definitiva, con Dios.

Ciertamente, del corazón salen los asesinatos, violencias de todo tipo, celos, robos, corrupción, injurias, adulterios, injusticias… y todo tipo de maldades.
Se exige, y es necesaria, la limpieza del cuerpo, pero parece que no se da importancia alguna a la “limpieza del corazón”. Sin embargo, cuando se produce un hecho que conmociona a la opinión pública, todos nos apresuramos a buscar culpables. Nos quejamos que se ha perdido la moral, la educación, el respeto; nos preguntamos adónde iremos a parar.
No olvidemos el refrán popular: “Quien siembra vientos recoge tempestades”; y no son pocas las tempestades que recogemos.
Para evitar que el corazón se vaya llenando de suciedad es preciso lavarlo a menudo. Tenemos la inmensa fortuna de contar con el sacramento de la Penitencia, que tanto nos impresiona y, al mismo tiempo, nos da el perdón y la paz y nos purifica.
El Señor Jesús, por el ministerio del sacerdote, toma sobre si mismo nuestra suciedad, nuestros pecados y, a través de la absolución, nos ofrece el único perdón que nos purifica y que lava completamente nuestro ser más íntimo, comunicándonos la gracia o el don del Señor que fortalece nuestra debilidad.
Hay que lavar el cuerpo y, al mismo tiempo, el corazón. Para ello:
– Se precisa humildad y sinceridad para reconocer que lo necesitamos; que no somos los mejores, que a menudo rompemos la comunión con Dios, con los demás, con nosotros mismos, introduciendo el veneno del mal en nuestro mundo.
– No hay que perder, o debemos recuperar, el hábito de hacer examen de conciencia (evaluación de la propia vida). Muchas veces no nos damos cuenta ni de lo que hacemos ni de lo que dejamos de hacer, porque vivimos con una gran rapidez e inconsciencia.
– Ah, fijémonos también en todo lo que dejamos de hacer, el llamado pecado de omisión. Muchos daños que afectan a las persones están ocasionados por lo que dejamos de hacer.

Dejémonos pues, a menudo y siempre que sea preciso, lavar el corazón por la misericordia de Dios, acercándonos humildemente al sacramento de la Penitencia.
Los efectos son tan positivos y decisivos que todos, empezando por uno mismo, los vamos a experimentar.

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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