El obispo de Girona escribe sobre las causas del alejamiento de Dios y de la Iglesia

Pardo
«Vosotros ¿también queréis dejarme?»

Esta es la pregunta que Jesús formula a sus discípulos tras abandonarle muchos de los que le habían seguido hasta aquel momento y manifestar que «esta leguaje es muy difícil ¿quién es capaz de entenderlo?»
En el momento que muchos le abandonan es cuando el Señor pregunta a los discípulos más próximos si también quieren abandonarle.
Pedro, siempre Pedro, impulsivo, responde: «¿A quien vamos a acudir? Tu tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tu eres el santo consagrado por Dios».
Lo escuchamos en el presente domingo en el evangelio de san Juan y es importante que seamos conscientes que la pregunta también se nos formula a cada uno de nosotros.
Con mucha frecuencia recuerdo con aprecio los rostros de aquellos y aquellas que han abandonado a Jesús, y que he conocido, y si lo hago no es para condenarlos, sino para tratar de entenderlos y especialmente para buscar el modo de ayudarles a acercarse de nuevo a Jesús.
Seguro que todos conocemos a personas que nos dicen: «Mira, no sé qué me ha sucedido últimamente, pero he cambiado mucho y ya no estoy seguro de nada y, menos aún, de si creo o no; estoy instalado en la duda y, lo que es peor, no tengo deseos de salir de ella, me asusta». Otros dicen que no tienen tiempo para estas cosas, que la vida ya es suficientemente complicada, «Bastante tengo ya con el trabajo –conservarlo o buscar uno nuevo–, la familia, los hijos, los estudios…».
Se empieza por dejar de asistir a la Misa, se debilitan los vínculos con la parroquia, se abandona la oración…
Otros os habéis sentido enormemente maltratados por la vida y, claro está, vivís con la sensación que estáis dejados de la mano de Dios o que os ha abandonado y, en estas condiciones, ya no es necesario mantener la fe y la esperanza.
Podríamos añadir múltiples causas: una cierta incomodidad de formar parte de la Iglesia a causa de la «imagen» que de ella nos ofrecen ciertos medios de comunicación, pese a no ser precisamente esa nuestra experiencia más próxima, la de nuestra parroquia; dejarse llevar por el ambiente, la moda o, sencillamente, considerar que seguir a Jesús tiene sus exigencias.
Tienen su peso específico, en la decisión de abandonar, ciertas experiencias, humanamente muy duras y sin respuesta: la muerte de personas muy queridas, enfermedades, crisis matrimoniales, opciones de los hijos…
Quisiera deciros a todos: no os encerréis ni os enquistéis en tales vivencias o momentos de vuestras vidas como si fueran definitivos. Permaneced abiertos al amor y a la amistad que os puedan ofrecer. No dejéis de buscar respuestas, preguntad, leed, buscad el silencio entre la multitud de ruidos que os rodean para tratar de encontrarnos con vosotros mismos, ciertamente con todas vuestras experiencias pero, sobre todo, con lo que os queda por vivir, pensando en todas vuestras posibilidades.
Incluso me atrevo a sugeriros que toméis uno de los cuatro evangelios, tal vez el de Marcos, y lo leáis íntegramente, poco a poco, para reiniciar la aventura de conocer mejor a Jesús.
Más aun, seguro que conoces algún sacerdote o cristiano adulto… habla con él, pídele las razones por las cuales sigue creyendo y confiando. Y si sabes de algún grupo que se reúne para reflexionar sobre la fe… también a ellos se lo puedes preguntar.
Seguro que tienes buenos recuerdos de algunas parroquias, monasterios, comunidades, grupos que prestan servicios… Frecuéntalos.
Finalmente, atrévete a pedir luz y fortaleza: Señor, que vuelva a confiar en Ti.
Quienes hemos recibido el don de la fe de Pedro, con nuestra vida –palabras y hechos– respondemos al unísono:» Señor ¿a quién vamos a acudir? Tu tienes palabras de vida eterna».

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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