Homilía del cardenal Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla, en la fiesta de la Virgen de los Reyes

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Tradición repetida y sumamente grata es la que acabamos de cumplir: una procesión enchida de fervor en torno a la santísima Virgen María, nuestra Madre y Señora de los Reyes. Encuentro ciertamente gozoso en el que se dan cita familias enteras. Pero, más allá de esta reunión festiva, se vive un sentimiento de unidad, que no se explica simplemente por una participación multitudinaria sino por una fe muy arraigada.
Este es uno de los días más añorado por todos aquellos que tienen que vivir lejos de esta querida ciudad de Sevilla. Los sentimientos y la fe no solamente no se han apagado, sino que perviven, superando cualquier barrera de tiempos y de distancias.
Hoy es un día grande para Sevilla y para su archidiócesis. Es la fiesta de la Patrona. Lo celebramos con gran solemnidad. Hemos sacado a la calle lo mejor de lo que podemos tener: nuestra devoción sincera a la Madre de Dios, a la Señora de los Reyes.
A tantas, tan nobles y justificadas razones para le celebración, tenemos que añadir aquella que es la motivación más profunda, imprescindible y santa: la veneración, el amor filial, la devoción sincera a la Madre, asunta al cielo en cuerpo y alma, a nuestra querida Virgen de los Reyes.

2. «Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12, 1). Es la Iglesia glorificada y la Virgen María como señal inconfundible del cumplimiento de las promesas de Dios.
«Si por un hombre vino la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1Cor. 15, 22). Y la primera y mejor redimida, la mujer más fiel a la voluntad de Dios es María.
Dios exalta a los humildes (Lc 1, 52). Ninguna más humilde que la Madre Dios. Ninguna más enaltecida que la Virgen Santa María.

3. Una fe integra, una esperanza firme y una caridad sincera están presentes en esta fiesta de la Asunción de la santísima Virgen María en cuerpo y alma los cielos, y dan explicación a un misterio religioso tan grande, que no sólo lleva a la contemplación de la grandeza de Dios, que honra de tal manera a su Madre, sino que sirve de camino y ejemplaridad para saber cómo guiar nuestra vida por las realidades terrenas, sin perder nunca de vista ni el origen de nuestra fe, ni la esperanza a la que estamos llamados.
María Santísima elevada al cielo en cuerpo y alma. La persona completa. Lo cual quiere decirnos que también el cuerpo tiene un lugar en el aprecio de Dios. Inseparables cuerpo y alma, maravillosa unidad que significa la coherencia entre la vivencia espiritual y el comportamiento de cada día en la realidad personal que cada uno debe vivir entre los que forman una misma comunidad humana.
No pueden existir distingos extraños entre el pensamiento y la vida, entre las ideas y la conducta, entre los convencimientos privados y las actuaciones públicas, entre la fidelidad a la creencia religiosa y los comportamientos morales en cualquier acción humana. La coherencia no sólo es laudable sino también exigible. Nunca puede tomarse como excusa lo privado para dejar de cumplir con las obligaciones sociales y éticas que a cada uno le corresponden. Una fe íntegra es una fe completa.
La Virgen María sube al cielo en cuerpo y alma. Es una gozosa señal: de la mano de Dios tenemos que ir recorriendo los caminos de este mundo, sin perder nunca de vista la trascendencia que nuestras acciones tienen ante Dios. Lo cual es motivo de gran alegría, al saber que nuestras buenas obras son agradables a Dios y tendrán su recompensa en la vida eterna. Así lo contemplamos en este día. La mujer fiel es enaltecida y coronada de gloria.
La Virgen María oyó la palabra de Dios, y fue para ella manantial permanente donde podía beber el agua imprescindible para seguir su camino, sabiendo que en todo realizaba la voluntad de su Señor.

Con esperanza firme. Es decir: ponernos siempre del lado de la justicia, del bien y de la paz. Necesitaremos audacia y coraje. Los que nos da la humildad. No como simple reconocimiento de nuestras posibilidades y limitaciones humanas, sino en el convencimiento de que la bondad y la asistencia de Dios está siempre más allá de cualquier barrera que pueda poner la debilidad o la malicia del hombre.
El que se deja acompañar de Dios no conocerá ni la amargura ni la tristeza (Sab 8, 16). La esperanza es inseparable del misterio de Dios. Presente en su palabra y sus promesas, su fidelidad y su misericordia. La esperanza es don y gracia. Regalo que recibe el hombre en el bautismo, en los sacramentos. Vivimos gracias a la esperanza que se nos ha dado.
Estamos en el mundo y en la historia de los hombres. Aquí es donde nos ha puesto el Señor, y este es el tiempo y el espacio donde actúa la Providencia. Esas realidades terrenas que debemos aceptar, no como mal que sufrir y aguantar, sino como ciudad que levantar cada día, con la gracia de Dios y el esfuerzo de los hombres.
En caridad sincera. No son pocas las dificultades que atravesamos en estos momentos y que repercuten, sobre todo, en los más débiles: falta de trabajo, carencia de lo más elemental para poder vivir, incertidumbre sobre el futuro, sufrimiento en las familias, inseguridad permanente…
Ante todo ello, ¿cuál debe ser nuestra actitud y nuestra respuesta como cristianos? sin duda alguna la de la justicia y la del amor. Así nos lo dice Benedicto XVI en la reciente encíclica Caritas in veritate: «La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable de la caridad»» (n. 6).
La Iglesia no puede pensar en situaciones difíciles insuperables, pues siempre tiene la riqueza del amor fraterno, de la palabra de Dios, de la seguridad en el camino de las bienaventuranzas. Y tenemos pruebas más que evidentes de todo lo que acabamos de decir. Que aumenta la necesidad y la indigencia, pues más generosas son las ayudas que la Iglesia aporta a la sociedad, como lo demuestra la ejemplar respuesta que están recibiendo nuestras Caritas con las ayudas que se reciben, no solo de la misma comunidad cristiana, sino de otras personas que confían en la acción caritativa y social de la Iglesia.
Que son muy graves los problemas y la situación por la que atraviesan otros pueblos del mundo, pues las instituciones de la Iglesia promueven nuevos proyectos de desarrollo y de ayuda social. Buena prueba de ello son, entre otras muchas acciones, las campañas de Caritas y de Manos Unidas y los hermanamientos que estamos realizando con distintas Iglesias de otros países. Que son muchos los indigentes que no tienen casa donde vivir, promovemos centros de acogida. Que los ancianos o los niños pueden estar desasistidos, se ponen en marcha programas de asistencia y de ayuda.
En nada de esto buscamos un aplauso social, ni forma alguna de proselitismo. Queremos cumplir nuestra obligación como cristianos y nada de lo humano, en cuerpo y alma, puede sernos ajeno. Ahora bien, esta acción social de la Iglesia puede ser motivo para la dejación y el olvido por parte de aquellas instituciones directamente obligadas en la atención de los ciudadanos más indigentes. Con mucho gusto colaboramos con las administraciones públicas, y tenemos que reconocer que no es poca la ayuda que nos prestan. La Iglesia pretende servir, ayudar y ofrecer aquello que tiene. Pero su oficio, en cuestiones sociales, es de subsidiariedad y de corresponsabilidad con la atención a unas personas que forman parte de nuestra misma comunidad humana.
Que acertadamente lo decía el apóstol Pablo: «Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2Cor. 4, 7-10).
En cuerpo y alma, como María. Buscando la eficacia de las acciones humanas, pero teniendo muy en cuenta que es el Señor quien construye la casa de nuestro amor fraterno. «La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad» (Caritas in veritate, 1).

4. Al contemplar a la santísima Virgen María asusta al cielo en cuerpo y alma, es muy grande la esperanza que sentimos y que va más allá de las dificultades por las que podemos atravesar en este mundo. Sabemos que todo aquello que se hace con la recta voluntad de agradar a Dios, tendrá su recompensa.
Como en las bodas de Caná, cuando se ha agotado todo lo que podía alegrar la fiesta de los hombres y mujeres, siempre habrá una tinaja en la que, por la intercesión de la santísima Virgen María, puede realizarse el milagro. Por eso, acudimos una y otra vez a nuestra Madre y Señora de los Reyes, suplicándole que alcance de su Hijo la gracia de que todos comprendamos la necesidad de compartir los bienes que del Señor se han recibido.
Cuando en todas las lámparas se ha extinguido el aceite y la llama se extingue, siempre hay una Virgen prudente y santa llena del amor que de Dios ha recibido para repartirlo entre sus hijos. María Santísima es esa lámpara siempre encendida para mantener viva la llama de la esperanza. Esta manifestación de religiosidad en la fiesta de Nuestra Señora de los Reyes en Sevilla lo atestigua.
Cuando todas las puertas parece que se cierran y que ya no hay lugar para la esperanza, se abren los brazos de la Madre para recibir a su hijo Jesucristo que muere en la cruz. Esos mismos brazos, de la Madre llena de misericordia, son los que están siempre abiertos para recibir a sus hijos y prestarles el amparo que necesitan.

5. En la fiesta de Nuestra Señora de los Reyes nos hemos reunido para venerar a la Madre de Dios y celebrar junto a Ella la Eucaristía. Si hemos salido a la calle es para enseñar nuestras casas y a nuestras familias a la santísima Virgen María Reyes, para que vea a sus hijos y sus hijos la reciban en su casa. Pero nada de esto podríamos haber hecho si Jesucristo no hubiere entregado su vida para la salvación de todos. Particularmente, y en primer lugar y de la forma más privilegiada, hacer a su Madre limpia y pura desde el primer instante de su concepción.
Si hemos hablado de obligaciones de caridad y de justicia, es porque con Cristo hemos puesto el pan de cada día en el altar y se lo hemos ofrecido a Dios. Y no podemos dejar de hacer en la calle lo que hemos celebrado en el altar. El templo no nos aísla y separa de nuestras obligaciones como ciudadanos de este mundo. Pero tampoco el pertenecer a esta realidad humana nos debe impedir, en forma alguna, el ser fieles a nuestros convencimientos religiosos.
Si veneramos a la Santísima Virgen María, nuestra Madre y Señora de los Reyes, es porque ella en el altar del Calvario se ofreció con su hijo Jesucristo para la salvación de la humanidad entera.
Asunta el cielo en cuerpo y alma. El altar no puede separarnos de la calle. En Dios también hay un lugar para las cosas de este mundo. Y la santísima Virgen María, la mujer más humilde y más enaltecida, nos ha enseñado cómo caminar por este mundo sabiendo que Dios cumple sus promesas. Aquel que confía en su Señor no quedará defraudado.

Virgen de los Reyes, Madre y Señora de Sevilla. Intercede por nosotros ante tu hijo Jesucristo. Amén

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