Homilía del Arzobispo de Toledo en la fiesta de Ntra. Sra. del Sagrario

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Ofrecemos la homilía que ha pronunciado esta mañana el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Mons. Braulio Rodríguez Plaza, en la Catedral de Toledo, con ocasión de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, festividad de la patrona de Toledo, Ntra. Sra. del Sagrario. A la celebración han asistido, entre otras autoridades, el Alcalde de Toledo y la Corporación Municipal, así como miles de fieles que han llenado las naves del templo primado y que a lo largo de toda la mañana veneran a Nuestra Señora.
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Nos encontramos celebrando felizmente, hermanos, la fiesta de Nuestra Señora, que sube a los cielos, y que aquí la queremos como Madre del Sagrario, que es Cristo, a quien la Señora lleva en sus brazos. Y estamos felices, pues lo que en cualquier otro lugar es opresión (me refiero a la muerte) no es aquí, en la Dormición/muerte de María, sino el fruto de una noble supresión de la corrupción del sepulcro; lo que en cualquier otro lugar es decrepitud, en Ella no es sino ternura y solicitud y dos brazos maternales que se vuelven hacia nosotros.
Feliz fiesta, hermanos toledanos, en este hermoso día de la Virgen del Sagrario. Os saludo, pueblo santo de Dios: hermanos del Cabildo Primado y otros sacerdotes concelebrantes, a los miembros de la Cofradía-Esclavitud de la Virgen, a cuantos asistís a esta celebración o nos veis por la televisión. Están presentes nuestras autoridades que nos honran con sus personas. Es este un día muy entrañable para Toledo, según me dicen y he podido ya comprobar. Es un día en torno a la Virgen del Sagrario. Celebramos, sabéis, su santa partida de este mundo, que la Liturgia de la Iglesia considera una travesía, una entrada en realidad en la morada de Dios. ¿Cómo será esa partida y entrada en la morada de Dios? Es sencillo de explicar: se sale de este mundo hermoso, donde ya gozamos de la cercanía y presencia de Dios, para entrar en una patria mejor. Allí la Virgen es acogida y todo su ser, espíritu y cuerpo, ha sido introducido, según el plan de Dios.
No dicen las fuentes que, muerta Santa maría, los Apóstoles llevaron su cuerpo sin mancha, que es arca de la verdadera alianza, y lo depositaron en su sepulcro. ¡Qué sugestiva, pues, esa primera lectura del Apocalipsis, que lleva a cumplimiento la que ayer se leía en la Misa Vespertina, del libro de las Crónicas, en que se narra la instalación por David del Arca de Dios, lugar de su presencia en medio de su Pueblo! La Mujer, que da a luz un varón, el Ungido de Dios, Jesucristo, es garantía de nuestra victoria en la lucha de la vida, para no apartarnos de amor de Dios manifestado en su Hijo.
Allí, en su sepulcro, como si fuera otro Jordán, la Madre de Dios ha llegado a la verdadera Tierra prometida, a la “Jerusalén de arriba”, Madre de todos los creyentes, cuyo arquitecto y constructor ha sido Dios mismo. Porque tu alma, Señora nuestra, no ha descendido al lugar de los muertos, y tu carne misma no ha conocido la corrupción. Tu cuerpo purísimo, sin mancilla, no ha sido abandonado a la tierra, sino que ha sido llevado a la mansión del reino de los cielos. Es la consecuencia del triunfo de Cristo, el que resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Cristo reina en ti, Madre santísima hasta que el último enemigo, la muerte, sea aniquilado.
Hoy nos acercamos a ti, Reina nuestra, Madre de Dios y Virgen; necesitamos volvernos a ti, que eres esperanza para nuestro pueblo, porque eres la Bendita entre las mujeres, la Madre de nuestra Señor, que entras en nuestros corazones y en nuestras casas, visitándonos y dando ánimo a nuestras vidas, algo cansadas de amar a Dios y a los que con nosotros forman la sociedad con sus problemas diarios. Pienso que también en un día como éste, en que celebramos el triunfo de María que sube a los cielos, es pertinente fijarnos en la doctrina cristiana que apenas se predica en nuestro siglo: “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Flp 3,20).
El NT sostiene esta convicción con gran energía, pero para los autores sagrados la ciudad celestial no es meramente un ideal sublime, sino completamente real: la nueva patria a la que nos dirigimos. Sin embargo, los autores del NT saben que esa ciudad existe ya ahora y pertenecemos ya a ella, aunque estemos todavía en camino. La carta a los Hebreos nos dice: “…no tenemos aquí ciudad permanente, antes buscamos la futura” (13,14); pero afirma con igual fuerza: “Pero vosotros os habéis allegado al monte Sión, a la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial” (12,22). Vale, pues, para todos los cristianos lo que se había dicho a los patriarcas de Israel: que son peregrinos y huéspedes sobre la tierra, pues buscan una patria futura (cfr. Heb 11,13-16).
Tal vez hace ya mucho tiempo que ya no se citan estos textos, pues parecen distanciar a hombres y mujeres de la tierra y apartarlos de su cometido en el mundo y sus ocupaciones sociales y políticas. “Hermanos, permaneced fieles a la tierra”, gritaba F. Nietzsche, y la gran corriente marxista nos ha machacado la cabeza con la idea de que no podemos perder el tiempo por el cielo. El cielo se lo dejamos a los gorriones, decía el dramaturgo alemán B. Brecht: nosotros nos ocupamos de la tierra y la hacemos confortable.
La verdad es muy otra: lo escatológico, es decir, las cosas últimas del ser humano, son las que garantizan el derecho del Estado y preserva del absolutismo al poner de manifiesto los límites del propio Estado y los de la Iglesia en el mundo. “Siempre que se ha mantenido esta actitud fundamental, la Iglesia ha sabido que no puede ser el Estado, que la ciudadanía definitiva está en otra parte y que en la tierra no se puede erigir el Estado divino. La Iglesia respeta el Estado terrenal como un orden propio del tiempo histórico, con sus derechos y sus leyes, que ella acepta (…). También cuando no es un Estado cristiano (…). Pero también pone una barrera a su omnipotencia. Dado que es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29), y como quiera que sabe por la palabra de Dios qué es el bien y el mal, la Iglesia llama a la resistencia dondequiera que se mande hacer el mal auténtico y la adverso a Dios”. Son palabras del Cardenal J. Ratzinger, dichas hace poco más que una década (J. Ratzinger, Verdad, valores, poder, Madrid 2005, p. 107-108).
Estar, pues, en camino hacia la ciudad nueva, a la que ya ha llegado María en cuerpo y alma, no aleja, sino que es, en realidad, la condición para restablecernos y restablecer a Estado. Cuando los hombres y mujeres no tienen otra cosa que esperar que lo que les ofrece este mundo, cuando deben y tienen que exigírselo todo al Estado, se destruyen a sí mismos y destruyen al Estado. La esperanza del cielo no esté en contra de la fidelidad a la tierra. Esperando lo más excelso y definitivo, los cristianos debemos y tenemos que llevar esperanza también a lo provisional y al Estado de este mundo.
Por eso hoy nos acercamos a la Madre de Dios; volvemos nuestras almas hacia ti, Virgen del Sagrario, que eres esperanza para nosotros. Queremos honrarte con salmos, himnos y cánticos inspirados. Así, además, honramos a nuestro Maestro, Jesucristo. Pon tu mirada sobre nosotros, Madre del Salvador, guía nuestro camino hasta el puerto sin tempestad del buen deseo de Dios y de su vida eterna. ¡Nos han dicho tantas cosas, Reina de los Apóstoles, que ya no nos atraen los discursos; ya no tenemos más altares que los tuyos, Virgen del Sagrario, estrella de la mañana, reina del último día! Amén.

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