Homilía de monseñor Ricardo Bláquez en la fiesta de la Virgen de Begoña

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La fiesta de Nuestra Señora de Begoña nos convoca desde las primeras horas del día; hoy emerge lo que sin duda está vivo en nuestro espíritu, a pesar de posibles olvidos y negligencias: la fe en Dios, la devoción y el amor a la Virgen, la gratitud por su protección maternal, la confianza en su intercesión por nosotros en medio de las inquietudes que rodean nuestra vida personal, familiar y social.

Desde esta basílica, situada en la colina de Artagan, extiende la Virgen de Begoña su manto protector sobre nuestro pueblo. Siempre que he entrado en la basílica he encontrado rezando a varones y mujeres, a ancianos y jóvenes, a niños con sus padres y abuelos. ¡Acudamos con frecuencia a esta casa abierta a todos para saludar a la Madre del Señor y también Madre nuestra! Aquí Ella nos espera; aquí podemos comunicarle lo que alegra o apesadumbra nuestro corazón; aquí con su mirada compasiva nos sentimos reconfortados.

Permitidme unos subrayados del Evangelio, que terminamos de escuchar como Palabra de Dios orientadora de nuestra vida. Dos mujeres gestando se encuentran y felicitan mutuamente; María ha concebido virginalmente al Salvador del mundo; e Isabel experimenta que su hijo, recibido también providencialmente de Dios, salta de gozo en su seno. ¡Se felicitan! ¡No se compadecen! Una mujer encinta es una mujer en estado de buena esperanza. El hijo, que comienza su vida en el seno materno, es una sorpresa gozosa, es un regalo de Dios, es promesa de futuro, es motivo de esperanza. Ante la vida humana que germina es debido el agradecimiento a Dios y la felicitación entre nosotros (cf. Lc 1, 40-45; Gén 17,17; Jn 8,56). Un ser humano, convocado a la existencia por la unión en el amor de los esposos, invita a mirar el futuro con serenidad y confianza.

María en su canto exalta el poder de Dios que humilla a los autosuficientes y levanta a los sencillos de corazón, abriendo en la humanidad caminos de solidaridad; el Magníficat anticipa ya las bienaventuranzas de Jesús en el Evangelio. Como ha escrito el Papa Benedicto XVI en su reciente encíclica, la caridad en la verdad es la fuerza más dinamizadora del auténtico progreso de las personas y de la humanidad. María enseña a sus hijos, nos enseña a todos nosotros, a vivir fraternalmente. Por ejemplo, la presente crisis económica y laboral nos invita a apoyarnos unos a otros como hermanos de modo que nadie quede excluido.

Ante la Madre del cielo, Nuestra Señora de Begoña, expresamos hoy, en su fiesta, algunas preocupaciones que amenazan y oscurecen nuestra vida. Estamos en una encrucijada delicada y decisiva. Sin caer en dramatismos, debemos abrir los ojos para comprender lo que está en juego y para asumir nuestra responsabilidad. El respeto a la vida humana desde la concepción, el matrimonio y la familia, la educación, que son pilares de la sociedad, padecen hoy serios peligros y profundadas perturbaciones. Me mueve a formular estas inquietudes el amor pastoral, la condición de ciudadano partícipe en los temores y esperanzas de la sociedad, la confianza en la devoción compartida a la Amatxu de Begoña y el deseo de unirme a las personas que sufren.

a) El terrorismo ha irrumpido de nuevo causando indignación, muerte y tristeza. Siempre levantaré la voz condenando enérgicamente estas brutales acciones y exigiendo la desaparición de ETA. Y al mismo tiempo mantenemos viva ante Dios y la historia la memoria de las víctimas con su incesante clamor por la justicia, la libertad y la paz. Debemos ser conscientes de que el arraigo social y las complicidades expresas o tácitas dan aliento al terrorismo. Por esto, es necesario deslegitimarlo también en sus motivaciones históricas y en sus objetivos. El terrorismo es en sí mismo inmoral; no puede tener cabida en una sociedad éticamente digna, respetuosa de la vida y de la justicia, convivente en la libertad y la paz. Nos ha inquietado particularmente el que, según estudios sociológicos recientes, aproximadamente el 15% de nuestros adolescentes reconozcan que la violencia es un instrumento legítimo en la lucha política. ¿Qué educación está asegurando el relevo generacional de los terroristas? No basta combatir los males en sus consecuencias; deben ser combatidos adecuadamente en sus orígenes. Pedimos hoy a la Virgen María, Madre y Educadora de Jesús, que dé acierto a los padres, a los educadores, a las instituciones correspondientes y a la sociedad entera en este trabajo trascendental de la educación. Nos aguardan aquí muchas tareas, de las cuales no es secundaria el cultivo de la comunicación y la confianza entre las diversas generaciones

b) La quiebra de la estabilidad matrimonial y el altísimo número de divorcios es una preocupante realidad social con graves consecuencias en los esposos, los hijos, las familias y la sociedad en general. Y con la proliferación de las rupturas se debilita, por una especie de contagio, la resistencia a perseverar los matrimonios en la unidad. La Iglesia, siguiendo la enseñanza de Jesús, debe recordar con claridad y respeto que “al principio no fue así”, es decir, que según la voluntad del Creador, el hombre no debe separar lo que Dios ha unido. Jesús, además, nos promete que el Espíritu de Dios puede crear un corazón nuevo capaz de ser fiel a la unidad en el amor conyugal (cf. Mt 19,1-8); si en el corazón endurecido se fragua la división, el corazón compasivo genera concordia. Con los llamados “modelos de familia” se ha oscurecido probablemente en su comprensión y se ha debilitado en la práctica el referente primordial de familia, a saber, la fundada en el matrimonio, que es la unión estable por amor de un varón y de una mujer, para la mutua complementariedad y para la transmisión de la vida y la educación de los hijos. Matrimonio y familia son dos pilares básicos e insustituibles de la sociedad.

c) El cuidado y la defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, en todas las situaciones y circunstancias, es una tarea fundamental de la Iglesia y debe serlo de toda persona y de la sociedad entera. Nadie tiene derecho a arrogarse el poder de privar a un ser humano inocente e indefenso del derecho fundamental a la vida. Es un salto muy grave pasar de considerar el aborto como delito despenalizado en algunos supuestos a pretender convertirlo en un derecho. El aborto provocado, es decir, la eliminación directa y deliberada de un ser humano, no es un derecho, sino un abuso gravísimo, un fracaso y una fuente de sufrimientos. El derecho a la vida es primario e inalienable, fundado en la misma dignidad humana. La calidad ética de una sociedad debe manifestarse acompañando a la mujer gestante en todo el recorrido del embarazo y, si no puede hacerse cargo del hijo, debe facilitar que sea entregado a quienes quieren y pueden cuidarlo. A la mujer no se deben ofrecer facilidades para abortar ni exculpaciones, y tampoco rechazos sin misericordia, sino cercanía humana y eficaz ayuda. El aborto es una cuestión no sólo de moral católica y religiosa, sino también y ante todo, de humanidad y de ética universal, ya que afecta al ser humano que tiene inscrita en su corazón una ley (cf. Rom 2,15), que por una parte defiende su vida y por otra le prohíbe matar; nadie puede disponer de un ser humano como si fuera un instrumento; debe respetar a todo hombre y mujer en su dignidad de personas. La aceptación social del aborto es una cuestión moral y cultural grave, que sirve de pábulo y de pretexto a las legislaciones abortistas. El derecho a la vida forma parte del núcleo de valores esenciales que son pilares básicos de la sociedad. La renovación de la cultura que respiramos comporta la reafirmación de la dignidad personal del ser humano.

La defensa y protección de la institución familiar, el respeto incondicional de la vida humana, la solidaridad con las personas y las familias particularmente golpeadas por la crisis actual, y la educación desde el principio y permanentemente en la verdad y el bien moral, en la justicia, la libertad y la paz, en la fe y la esperanza en la solidaridad y el respeto a la dignidad de todo hombre y mujer son necesidades que palpamos todos los días y que han alcanzado una extensión y una gravedad inquietantes. Acuciados por estas necesidades venimos confiadamente a solicitar la intercesión de Nuestra Señora de Begoña.

Termino ya. El Hermano Rafael Arnáiz, cisterciense en el monasterio de Dueñas (Palencia), que será canonizado el día 11 de octubre próximo, inspirándose en unas palabras de San Bernardo, dijo que María es para nosotros como una estrella que guía en la noche al navegante (n. 954). Si, en medio de las tormentas de nuestro tiempo, levantamos los ojos a la Amatxu de Begoña veremos siempre “resquicios de luz”; nunca quedaremos a oscuras y sin esperanza (n. 445). “Mira a la estrella, invoca a María”, querido hermano. A todos deseo feliz fiesta de la Virgen.

Bilbao, 15 de agosto de 2009. Fiesta de la Asunción de la Virgen María

Monseñor Ricardo Blázquez

Obispo de Bilbao

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