Corregir al que yerra

mamaaconsejandonio
Por José María Gil Tamayo /

En estos pasados días me ha movido a escribir estos breves comentarios el elenco de las ejemplares figuras de grandes seguidores de Cristo con los que nos acompasa los días el santoral. Pero en esta jornada lo voy hacer motivado por el evangelio de la misa de ayer en que Jesús nos invitaba a practicar la corrección fraterna: «Si tu hermano peca, vete y repréndele a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt.18,15).
En la corrección fraterna la caridad se mezcla con la verdad al servicio de los demás. El Papa Benedicto XVI ha explicado extensamente y con profundidad esta unión inseparable entre caridad y verdad en su última encíclica. “Todos los hombres –nos dice él- perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano” (Enc. Caritas in veritate, n. 1).
Porque a los demás les queremos de verdad, les queremos bien, mejores. Esa es la razón para corregirles.
La corrección se basa en el cariño, no en que nosotros seamos una autoridad o un modelo de virtudes en lo que los demás sólo son yerros y por eso tenemos potestad suficiente para corregirles. No, el deber de corregir no se basa en nuestra perfección, sino en la necesidad de que todos nos ayudemos a ser mejores, a salir de determinados defectos que, seguramente, quien los tiene no se ha percatado de ello.
Hemos de hacerla en el momento oportuno, con cariño, a solas, sin humillar a quien tratamos de corregir.
La corrección normalmente cuesta más al que lo tienen que hacer que a quien recibe y son muchas las excusas que se podrían poner para no ejercerla: p. ej.: “Por qué me tengo yo que meter en la vida de los demás, allá él; ya lo haré en otro momento; me puede decir que a mí que me importa… etc”.
Además, y es un motivo poderoso para practicarla, quienes tienen un deber especial en la educación de los otros no pueden dejar a un lado esta práctica de cariño que, por otro lado, es un derecho que tienen los demás a que les ayudemos. ¡Cuántos problemas se habrían evitado en muchas familias si al hijo, a la hija, al padre o a la madre se le hubiera dicho las cosas a tiempo! Corregir es un deber también de los hijos para con los padres, ya que estos últimos no están exentos de defectos. Les digo a este respecto que en una ocasión vino a verme en un colegio una chica de unos 14 años que me contó que, desde hacía tiempo, sufría mucho, lo mismo que su hermano, ya que sus padres constantemente estaban riñendo entre sí. Le dije que probaran su hermano y ella a escribirles una carta a sus padres y contarles con sinceridad su dolor por esta situación, a la vez que le pedían que dejaran de discutir constantemente. Lo hicieron y los padres, avergonzados y arrepentidos, les pidieron perdón a los hijos y empezaron a cambiar. Así me lo contó a agradecida la chica.
Quien recibe la corrección ha de hacerlo con agradecimiento y sencillez ya que, tal y como está el patio, es prueba de contar con verdaderos amigos. Además, cuando se perciben defectos en los demás y nos se les ayuda a salir de ellos con la corrección, se acaba murmurando o contándoselo a quien no se debe en todo un cotilleo de mala ley que corroe la amistad y la convivencia.
Hoy, en este día vacacional, cuando hay más tiempo y espacio para la convivencia con quines queremos, puede ser una buena ocasión para practicar esta buena costumbre cristiana que, por cierto, es una de las obras de misericordia, ¿se acuerdan?: “Corregir al que yerra”. Pero –eso sí- háganlo con gracia y una vez que han corregido, olvídense del tema. Como lo hace Dios cada vez que perdona, ya que con nuestras faltas tiene mala memoria.

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