Mons. José Sánchez escribe sobre el sentido humano y cristiano de la fiesta

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Pocos pueblos de nuestra diócesis habrá que no celebren fiesta en estos días de agosto. Como son días en que acuden al pueblo muchas personas que nacieron en ellos y viven fuera, éstas aprovechan para celebrar las fiestas tradicionales, aunque, para ello, tengan que ser trasladadas del mes de de diciembre o de enero al de agosto o de septiembre.
Celebrar la fiesta es algo inherente a la naturaleza humana. Sentimos la necesidad de expresar nuestra alegría, nuestra gratitud, nuestra acogida, nuestra generosidad… y compartir con los demás las alegrías y las penas.
La fiesta es también elemento esencial en la vida de los cristianos. Celebramos solemnemente los grandes acontecimientos de Cristo, especialmente su Muerte y Resurrección y la esperanza de su Venida, que renovamos cada día en la Eucaristía. Celebramos los misterios y advocaciones de nuestra Señora la Virgen María. Honramos con fiestas a los Ángeles y a los Santos. Celebramos con sacramentos el nacimiento, la infancia, la adolescencia, la juventud, el matrimonio, la institución de los ministros de la Iglesia, el perdón, la enfermedad…Hasta la muerte celebramos, motivados por la fe, la esperanza y el amor, que no muere.
Dos cosas me atrevo a decir a la vista del cariz que toman a veces nuestras fiestas. La primera, que, donde aún no se haya perdido conservemos y preservemos, y donde se haya perdido recuperemos, en la medida de lo posible, el carácter religioso de nuestra fiestas, cuando son fiestas religiosas.
Independientemente de que en algunos casos, las fiestas cristianas fueron colocadas en las fechas de fiestas anteriores o paganas, lo que supuso generalmente un factor de moderación, de humanización, y de sentido religioso, la mayoría de nuestras fiestas tienen origen o raíces cristianas. En muchos casos, se conserva la celebración religiosa, que convive con la profana; en otros no queda de religioso más que, si acaso, el nombre del Misterio de Cristo o de la Virgen, o del Santo, al que estaba dedicada. ¡Qué bien vendría que, en nuestro tiempo, en que hay tanta afición a redescubrir, recuperar y conservar lo antiguo y original, aunque sea una piedra, recuperáramos y revitalizáramos la celebración religiosa de nuestras fiestas y les diéramos, donde aún no se ha perdido, la importancia y el verdadero sentido!
Una segunda cosa que me sugiere la forma de celebrar por parte de algunos las fiestas, es que nunca hay motivos para “el desmadre”, para perder las formas, la responsabilidad, el respeto a las personas y a las cosas. La fiesta no puede ser un pretexto para dejar a un lado la conciencia, los principios, el buen comportamiento, la atención a los demás, el cuidado de las cosas… Puede ayudarnos a ello, en muchas de nuestras fiestas, recuperar su sentido religioso original y hacer que ocupe el lugar que le corresponde, tanto en el aspecto individual como en el ámbito comunitario.

+ José Sánchez González
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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