Reivindicar el silencio

silencio-2Por José María Gil Tamayo /

Siguiendo con el santoral del calendario cristiano hoy, 11 de agosto, es la fiesta de Santa Clara. Paisana de san Francisco de Asís, deja su rica familia y opta por seguir a Cristo en la pobreza y contemplación de propuesta por Francisco, fundando con él la Orden clarisa de monjas contemplativas, la más numerosa de la Iglesia con casi 20.000 religiosas y más de un millar de monasterios por todo el mundo, que se dedican a la oración en un clima de paz, alegría y silencio. Ambiente tan necesario para todos que es precisamente en estas dimensiones de la vida contemplativa, tan anheladas por los demás a las que quiero referirme hoy en este día de vacaciones.
Hasta el propio Papa Benedicto XVI no ha dejado pasar con su ejemplo, como también la hacia el recordado Juan Pablo II, la oportunidad de sus cortas vacaciones veraniegas en en el Valle italiano de Aosta, para hacer una llamada de atención sobre la necesidad que todos tenemos del necesario descanso, que ponga paréntesis a nuestro trabajo ordinario y nos haga recuperar las fuerzas necesarias para emprenderlo después con nueva ilusión.
Pero entre las condiciones necesarias para lograrlo se deduce claramente que no se trata sólo de conseguir un descanso físico, sino de lograr también la no menos necesaria paz interior. Para ello Juan Pablo II reivindicaba el valor del silencio -al que llamaba «un bien cada vez más raro entre nosotros»- como un elemento necesario para encontrarnos con Dios, con los demás y hasta con nosotros mismos.
Entre los obstáculos que nos impiden en la vida ordinaria lograr espacios y tiempos de silencio para recogernos están, la multiplicidad de relaciones que desarrollamos y de ruidos informativos entre los que nos movemos.
Sólo el silencio nos posibilita la atención necesaria para la más genuina de las actividades humanas: pensar. Necesitamos el silencio para reflexionar, es decir: volver sobre nosotros mismos, a fin de ganar profundidad y con ella el equilibrio necesario para no perder el sentido del vivir y colocar cada cosa y acontecimiento en su justo lugar.
El descanso veraniego, propiciado por el cese en la actividad habitual, puede ser una buena oportunidad no sólo para reponer las fuerzas corporales, sino también un espacio para el cultivo del espíritu, para el silencio, la reflexión y la oración que nos haga recobrar la paz del encuentro amigable con Dios y con nosotros mismos
Las vacaciones es la gran ocasión de encontrar esta calma sigilosa: basta que -con decisión- nos aislemos un poco o nos escapemos para estar en contacto con la naturaleza, o, a lo mejor, buscarlo en el interior de una bella iglesia o monasterio, o simplemente basta con «hacerlo» en nosotros mismos. Ya verán lo elocuente que es.

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