Servidores

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Por José María Gil Tamayo /

En el santoral hoy, 10 de agosto, es la fiesta de san Lorenzo, diácono hispano de la Iglesia de Roma del siglo III, martirizado, quemado vivo en el año 258, después de distribuir todos su bienes a los pobres.
No me voy a fijar en su martirio, sino primero en su oficio en la Iglesia y después en lo que éste significa como actitud cristiana. S. Lorenzo era diácono, esto es servidor. Es el grado menor del sacramento del orden del que ya encontramos su institución en el Nuevo Testamento, en concreto en el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. 6, 1-7). Lo que allí se nos relata es que, ante las dificultades en la primitiva comunidad cristiana de poder atender de manera adecua a los necesitados, los apóstoles eligen a unos cuantos cristianos, en concreto a siete, para que se dediquen a servir a los pobres; función que después quedaría fijada en la tradición como un ministerio ordenado, que auxilia en las tareas pastorales a los presbíteros o sacerdotes y a los obispos. Por cierto, ministerio también significa servicio.
Es en la palabra “servidor” donde voy a centrar mi reflexión. Es un término que da cierto reparo utilizarlo hoy en día. Parece que fuera humillante, cuando muchos lo utilizábamos hasta no hace tanto tiempo para referirnos a nosotros mismo cuando alguien reclamaba nuestra atención y no era educado anteponer el pronombre personal. Se veía también de buena educación decir aquello de “para servirle a Dios y a usted”. Hoy sólo se llama servidor a determinadas máquinas informáticas. En los tiempos que corren suena mal a mucha gente, demasiado humillante.
El darle vuelta a esta palabra me ha hecho recordar aquel pasaje evangélico en el que la madre de Santiago y Juan se acerca a Jesús para pedirle que en su Reino sus dos hijos se sienten a la derecha y a la izquierda del Señor.
Jesús le responde en otra lógica y les pregunta a estos dos si están dispuestos a beber el cáliz, a sufrir por el Maestro. Le contestan que sí, aunque esta buena disposición no pudo evitar el enfado de los apóstoles contra los dos hermanos Zebedeo, lo que le sirve a Jesús para dejarnos una enseñanza, con la que me gustaría nos quedáramos también hoy nosotros: “«Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»” (Mt 20, 25-28). El propio Romano Pontífice lleva entre sus títulos más importantes el de “Siervo de los siervos de Dios”. Por algo será: es lo que vale, en definitiva.
Todo un programa para nosotros que, aunque no usemos la palabra “servidor”, sí hagamos este evangélico oficio: empecemos por casa en estas vacaciones, en cosas tan sencillas como ayudar a la esposa o a la madre a poner y quitar la mesa; mantener las cosas que usamos limpias y ordenadas; contestar al teléfono en casa, abrir la puerta, hacer los recados, etc… Y así mil detalles de servicio a los demás que, si los hacemos por Jesús, tienen, además de crear buen ambiente en el hogar, como premio la gloria del cielo.

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