La Transfiguración del Señor, un anticipo del más allá

LaTransfiguracion
Por José María Gil Tamayo

Hoy, 6 de agosto, la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, en la que se hace memoria de aquel momento en que Jesús se lleva consigo al Monte Tabor a tres de sus apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, y se transfigura delante de ellos reflejando en su rostro la gloria divina, anticipo de su condición resucitada, confirmada por el testimonio de Moisés y Elías, la Ley y los profetas. Así confirma, de paso, la fe de sus discípulos en la resurrección, sobre todo cuando arrecian las dificultades. No estaría mal que esta fiesta nos afianzara también a nosotros en la fe en el más allá, porque según muestran las estadísticas nos creemos muy poco lo de la otra vida y así nos va en ésta.
“Llama la atención –han llegado a decir los obispos españoles- que no pocos de los que se declaran católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman que no esperan que la vida tenga continuidad alguna más allá de la muerte. ¿Qué Dios es ése en quien dicen creer quienes piensan que no ha vencido la muerte y que es ella la que tiene la última palabra sobre la vida del ser humano? No es, ciertamente, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Dios vivo y verdadero”.
Los datos sociológicos confirman esta sospecha episcopal, pues estudios del CIS señalaban no hace mucho que sólo cuatro de cada diez españoles creen en la vida después de la muerte. Un 37,2 por ciento, sin embargo, opina lo contrario, mientras que un 21,8 admite no estar seguro de ello. En el cielo creen un 41,1 por ciento, lo duda un 29,2 y rechaza su existencia un 27,4. En cuanto al infierno se invierten las cifras ya que la mayoría no creen, mientras que presenta dudas el mismo porcentaje que respecto al cielo (29,6%) y cree en él con toda seguridad el 25,9 por ciento.
Si atendemos a estos datos, el personal está empeñado en poner el final de la película de nuestro horizonte vital en la muerte y, según parece, nos hemos planeado la existencia como si con el palmarla acabara todo, a lo más cabría esperar la pervivencia de un vago recuerdo en los más cercanos, un buen entierro y un buen habitáculo en el cementerio, eso sí con todo lujo, que también al último viaje la ha tocado de lleno lo de la sociedad del bienestar, aunque por estar estemos sólo muertos.
Estos datos muestran además una escandalosa contradicción con la fe en el Dios cristiano y no dejan de tener consecuencias para la propia existencia terrena, efectos que van desde la pérdida del sentido de la vida hasta el decaimiento de la solidaridad, pasando por la carencia de ilusión y el aumento del miedo a afrontar el futuro con decisiones duraderas. Una auténtica fragmentación vital: hechos polvo, nunca mejor dicho, aunque sin dejar de estar muy entretenidos y divertidos.
Pero la resurrección y, con ella, las realidades del más allá, no son una cuestión menor para un cristiano, ya que forman parte fundamental de nuestra fe, es más, como nos dice S. Pablo en la segunda carta a los Corintios, “si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados…Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que han muerto!”.
Gracias a Dios, nos somos unos personajes absurdos de una novela idiota. La vida tienen sentido ya que hemos sido creados por Dios con una meta que está mas allá de la muerte. Por eso tiene sentido la existencia, el amor, la entrega, las lágrimas de la madre que llora la muerte del hijo y se consuela poder encontrarse con él tras el doloroso paréntesis de la muerte, como también lo espera la mujer que llora a su esposo y los hijos a un padre… La fe en la resurrección es una cuestión vital y no estaría mal, sin miedo, pensarlo un poco en esta fiesta de la Transfiguración. Nos dará realismo y sentido a la vida, a veces tan superficial

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