El obispo de Ávila escribe sobre la Encíclica “Caritas in veritatis”

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“La caridad en la verdad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor –caritas- es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, amor eterno y Verdad absoluta” Este es el comienzo de la carta encíclica del Papa y puede considerarse como el eje y el fundamento de todo su escrito. Es posible que muchos de nosotros tengamos también esta misma experiencia de la fuerza del amor.
El desarrollo personal y social se fundamenta en el amor, sin amor no hay desarrollo posible. El amor es la fuerza suprema del desarrollo humano y social. Es la idea fundamental de la encíclica del Santo Padre.
Pero el amor es susceptible de muchas interpretaciones y de muchas aplicaciones. El amor del que habla el Papa es del amor en la verdad. Sólo en la verdad resplandece el amor. La verdad es la luz que da sentido y da valor a la caridad. Sin la verdad el amor se distorsiona y es manipulable de mil maneras, resulta un envoltorio vacío que se rellena al gusto de cada uno.
Dicho de otra forma, el amor en la verdad sólo tiene su origen en Dios, que es Amor, amor eterno, sin medida y sin límites, y es la Verdad absoluta, Verdad en sí, verdad de las cosas, de las personas y de todas las relaciones humanas.
Sobre este fundamento el Papa ofrece una encíclica que podría entenderse como una honda reflexión y aplicación de los principios esenciales de la Doctrina social de la Iglesia, y en particular de la encíclica Populorum progressio de Pablo VI, a los problemas sociales que, viniendo del pasado, se dan en el mundo presente, con una atención particular a la crisis económica. El Evangelio es un elemento fundamental del desarrollo, afirma el Papa.
Benedicto XVI ofrece como camino de solución al progreso y a las graves consecuencias de una globalización mal entendida y mal gestionada, los principios del don y de la gratuidad. Oigámoslo bien: para progresar socialmente es necesario vivir con la conciencia de que en la vida todo es don y todo ha de ser gratuito. Sería lo mismo que entender que, para enriquecerse, el camino es dar y compartir, porque el ser humano y la sociedad no se entienden sino como un regalo de Dios y como un hecho de la generosidad divina. Un regalo y una generosidad que ha de ser el principio básico de nuestro actuar. “La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don”, dice el Papa. La gratuidad está en nuestras vidas de muchas maneras.
El supremo gesto de amor lo ha realizado Dios mediante la creación y la salvación porque Dios es Amor. Las relaciones humanas en espacio corto, microrelaciones las llama el Papa, es decir, la familia, las amistades, nuestra relación con el prójimo, así como las relaciones humanas a largo alcance, las macrorelaciones, es decir, las relaciones sociales, económicas, comerciales, políticas de ámbito nacional e internacional, tendrían un correcto y perfecto desarrollo si se basaran en actitudes de generosidad y acciones de compartir. Evidentemente es un alto ideal pero es un ideal que también siguen muchos seres humanos que parten de una experiencia humana diversa de la cristiana, es decir, que nace de su corazón, del deseo de bondad, de fraternidad entre los hombres. A ellos también se dirige e invita el Santo Padre a seguir este camino.
Mirando el mundo bajo este prisma, el Papa hace una exposición de las variadísimas realidades que pueden ser contempladas desde la perspectiva de la caridad en la verdad. El progreso, que es una vocación y ha de ser integral, la precariedad laboral, la lucha contra el hambre, la relación entre vida humana y desarrollo, las tremendas desigualdades sociales, el mercado, los pobres que en verdad son una riqueza, la democracia y la economía, la empresa, la especulación, el papel del Estado en la economía, la globalización, el crecimiento demográfico, la ética y la economía, la familia, la cooperación internacional, el medio ambiente, las energías alternativas, los emigrantes, las finanzas, los consumidores y sus asociaciones, la posibilidad de una autoridad política mundial, los medios de comunicación, la bioética, nuevas formas de esclavitud, la soledad… Todas estas cuestiones y otras más son tratadas y adquieren una luz nueva vistas desde el prisma de la caridad en el amor. Frente al relativismo moral y a la solución provisional con que se afrontan en nuestros días las realidades humanas, económicas y sociales, el Papa ofrece el camino de la verdad y del amor. Un camino permanente y definitivo que se basa en el ser mismo de Dios.
Ya ven que el Papa no trata de dar recetas sociales sino de llegar al núcleo de la realidad de los seres humanos y de todas las relaciones. Habría que recordar a Jeremías hablando en nombre de Dios: quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Jer 36,26). Subsanando este núcleo, todo puede ser diferente. Y este núcleo no es otro que el corazón del ser humano que se abre al amor de Dios, lo recibe gratuitamente y gratuitamente lo comparte y lo da a los demás.
El Papa nos pide valentía para recorrer este camino en el futuro de la humanidad, no con la ilusión de las ideologías superadas, sino con el motor de la caridad en la verdad como dinamizador de las relaciones entre los seres humanos y entre los pueblos.
Destacados hombres de la economía, de las finanzas y de la política internacional han comentado que es “la respuesta más articulada, completa y reflexiva y más al fondo de la crisis financiera que ha aparecido hasta ahora… Lo que el Papa apunta en la Encíclica es un reto a los gobernantes, y a los gestores de la economía mundial en orden a crear una cultura de la prudencia, de la responsabilidad y de la integridad en pos del bien común de todos, una apuesta por poner a la persona en el centro de las decisiones éticas mundiales.” (Goldman Sachs). Desde la pequeñez de nuestra Diócesis de Ávila, nos sumamos a estos juicios, asumimos la encíclica de corazón y nos disponemos a llevarla a nuestra vida y a nuestras relaciones humanas.
Termino con la misma conclusión que hace el Papa: “Sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quien es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,15). Y nos anima. “Yo estoy con vosotros hasta el final del mundo” (Mt 28,20).

+ Jesús García Burillo
Obispo de Ávila.

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