El cardenal de Barcelona reivindica el valor de la austeridad para salir de la crisis

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La crisis económica que estamos viviendo a escala mundial tiene graves consecuencias en muchísimas personas, familias e instituciones de la sociedad. Además, cuando en el mundo tantos pueblos sufren hambre, cuando tantos hogares soportan miseria, cuando todavía falta construir un gran número de escuelas, de hospitales, de viviendas dignas; el hecho de despilfarrar bienes públicos o privados, de efectuar gastos de una ostentación social o personal se convierte en un escándalo imperdonable.
El problema de la dilapidación de bienes es difícil. ¿Qué entendemos por malgastar? Es difícil en la vida privada; es más difícil en la vida pública. Sin embargo hay cifras terribles sobre los millones de personas que se encuentran en peligro de muerte por inanición y sobre los otros muchos millones de personas que están mal nutridas. Esto ha aumentado a causa de la crisis económica.
Es lógico que surja esta pregunta: ¿Has pensado cuánto malgastas o despilfarras en tu vida personal? Si pensamos en los gastos de la vida pública, ¿sería inútil una pregunta semejante?
La solución en lo referente a la vida de cada ciudadano está en asumir una vida austera. Es la única justa, cuando hay injusticias escandalosas. Contra esto no valen argumentos especiosos, como por ejemplo aquellos que los fundamentan en la propiedad de su dinero, o los de aquellos que los basan en las exigencias de su vida social. Dado que todos formamos parte de la humanidad, nadie tiene derecho a ser feliz él solo. Porque como personas creemos en la solidaridad humana, y como cristianos estamos convencidos de que el precepto del amor no es una palabra vacía.
No malgastar significa no consumir sin necesidad. Pero significa bastante más. Los criterios de la austeridad llevan a compartir aquello que una persona tiene, pensando en las muchas cosas que faltan a los demás. Eso puede ser llamado también sacrificio o mortificación. Sin embargo es siempre una manifestación del amor, que en vez de empobrecernos nos enriquece como personas y como cristianos.
El egoísmo es una enfermedad que impide al hombre progresar, crecer, y que en último término, provoca, la pérdida de la felicidad. Un corazón en el que no hay lugar para compartir lo que se posee, es un corazón vacío. Si el amor y la solidaridad no llenan este corazón humano, el vacío lo empobrecerá y hará que la humanidad se aleje de la familia humana que Dios creador quiere y desea.
Vemos claramente que la austeridad va muy unida a la solidaridad que exige compartir los bienes que uno posee con las personas que tienen menos o pasan necesidad. Con estas dos virtudes humanas y cristianas se pueden elaborar soluciones eficaces para superar la crisis económica y construir un nuevo sistema económico mundial justo y solidario.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal Arzobispo de Barcelona
2 de agosto de 2009

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