Las Confesiones del brazo derecho del Papa

Como san Agustín en sus “Confesiones”, durante esta conversación, que ha tenido lugar en el Palacio Apostólico, el primer colaborador del Papa ha abierto su corazón para revelar momentos y experiencias que no había contado en público hasta ahora.

“Como decía, tuve ciertas dificultades en el camino de formación, pues experimenté cierta nostalgia del pasado, de la vida con mis compañeros, con mis amigos…, pero me mantuve firme en el seguimiento de la vocación. Los que tenían mi edad, que no pensaban que yo seguiría este camino, sobre todo mis compañeros de liceo, pues estudié liceo como salesiano, pero con unos treinta compañeros que ahora tienen una profesión y un hermoso papel en la sociedad italiana y me han apoyado, me decían: “Si eres sacerdote, debes serlo como don Francesco Amerio”. Era nuestro gran profesor de liceo, de Historia y de Filosofía, y también de Religión. Para mí era un modelo, que me ha apoyado y he guardado hasta ahora los apuntes de sus clases de Religión. Es una muestra de la influencia que tenía este sacerdote, este profesor, a quien mis compañeros me presentaban como modelo.

Después tuve dificultades, especialmente durante el período que va desde 1968 a 1972, pues estaba aquí, en Roma, era profesor de la Universidad Salesiana, también era formador de los candidatos al sacerdocio, entonces teníamos un gran número de estudiantes de Teología, en el entonces Ateneo Pontificio Salesiano: 140 estudiantes de Teología, que sentían la presión y la influencia de los cambios del 68, del debate y el torbellino de opiniones. Nos encontrábamos después del Concilio. Pero habíamos tenido momentos de mucha fricción y de choque de opiniones y personas, y como superior tenía que dar juicios para la admisión a las Órdenes Sagradas de estos estudiantes. Manteníamos un diálogo muy intenso con los estudiantes. Eran tiempos de grandes reuniones estudiantiles, con discusiones que duraban horas, incluso hasta muy entrada la noche… Por tanto, momentos de tensión, pero también de superación de estas tensiones.
Después, como obispo, y como arzobispo de las dos diócesis que he guiado, las dos por encargo del San Padre Juan Pablo II, tuve también algún momento de confrontación, a veces duro en algún caso, con algún problema que se planteaba a nivel de Iglesia local. Cuando era secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe también había problema doctrinales que se planteaban a nuestro análisis, a nuestro juicio, y a veces eran problemas muy graves, doctrinales, morales, disciplinares.
Pero en este papel también he tenido satisfacciones muy hermosas: el hecho de haber guiado y de haber tenido una comunidad fraterna, diría una relación de comunión fraterna, de fuerte amistad, que continúa todavía hoy, cuando me encuentro con antiguos alumnos o obispos de todo el mundo. He tenido momentos de auténtica comunión, de amistad fraterna en la alegría de la fidelidad al Papa, en la alegría del cumplimiento de nuestro ministerio sacerdotal y episcopal, o por el hecho de haber llevado muchos jóvenes al sacerdocio. Luego está la paternidad episcopal en las ordenaciones sacerdotales y en las ordenaciones episcopales, que ahora se multiplican todavía más, en mi encargo de secretario de Estado, con la ordenación de muchos colaboradores del Papa y también de muchos obispos locales. Es una gran satisfacción: el gran pueblo de Dios se compone también de los pastores de la Iglesia, con sus diferentes responsabilidades, con sus papeles diversos, según la vocación y carismas que distribuye el Espíritu Santo. Este pueblo que camina en profunda unidad es verdaderamente un signo hermoso de la benevolencia de Dios por la Iglesia y toda la humanidad. Lo experimento en los encuentros que tengo con las Iglesias locales, con los representantes pontificios en todo el mundo, con los jefes de Estado que vienen de visita al Vaticano y manifiestan su aprecio, su reconocimiento por el trabajo de la Iglesia, por el testimonio de la Iglesia, ya sea en el campo de la formación, sobre todo en el campo educativo, ya sea en el campo de la promoción humana, de promoción social, de asistencia en especial a las franjas más débiles de la sociedad.
Por tanto, debo dar gracias al Señor por el don del sacerdocio, también por el don del episcopado. ¡A todos deseo un buen Año Sacerdotal!”

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