«Santificar todas las circunstancias», carta de Mons. Jaume Pujol

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Con este “A los cuatro vientos” acabamos la serie que hemos dedicado a repasar la parte del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que trata de la celebración del misterio cristiano; a lo largo de unos meses hemos ido repasando algunos aspectos de las celebraciones litúrgicas y de los Sacramentos. Ahora me detendré en los puntos dedicados a las celebraciones litúrgicas que no pertenecen a los sacramentos y que, para diferenciarlas, se denominan “Sacramentales”.
Es admirable cómo la Iglesia acompaña a sus hijos a lo largo de toda la vida, del nacer hasta el morir y cómo, además de los Sacramentos, nos proporciona unos signos por medio de los cuales se santifican algunas circunstancias de la vida. Así, por ejemplo, las bendiciones que son una alabanza a Dios y una plegaria para obtener sus dones, las consagraciones de las personas y las dedicaciones de las cosas para el culto a Dios. Nos hacen bien y nos ayudan en nuestra vida cristiana el bendecir la mesa y los alimentos, el hacer la señal de la cruz al empezar las tareas o al acabarlas, bendecir los vehículos o los animales, encomendarnos a Dios al hacer un viaje, y tantas otras circunstancias que convertimos en motivo de petición a Dios o en acción de gracias por sus dones.
Además, el sentido religioso del pueblo cristiano siempre ha encontrado expresión en las variadas formas de piedad que acompañan la vida sacramental de la Iglesia, como la veneración de reliquias, las visitas a los santuarios, los peregrinajes, las procesiones,… La Iglesia con la luz de la fe ilumina y fomenta las formas auténticas de piedad popular.
Algunas de esas acciones pueden parecer más severas y menos frecuentes, como son los exorcismos, cuando la Iglesia pide con su autoridad —en nombre de Jesús— la protección contra el influjo del Maligno. Pero si recordáis la liturgia del Sacramento del Bautismo recordaréis que este rito se practica de forma ordinaria al bautizar a los nuevos cristianos.
La Iglesia, buena madre, nos acompaña también hasta el último reposo del sepulcro y nos ayuda a comprender el misterio de la muerte a la luz de la Muerte y Resurrección de Cristo, nuestra única esperanza. Las exequias, aunque se celebren según ritos diferentes que responden a las situaciones y tradiciones de cada lugar, expresan el carácter pascual de la muerte cristiana en la esperanza de la resurrección y el sentido de la comunión con el difunto, particularmente por la vía de la plegaria para la purificación de su alma.
Dios, con los Sacramentos, nos da la gracia que nos hace hijos suyos, partícipes de la vida trinitaria y capaces de obrar por amor a Él. Además, con todas las acciones que denominamos “sacramentales”, que son tan ricas y variadas, imploramos el auxilio de Dios en las variadísimas circunstancias de la vida. Quiera Él llenarnos de sus bendiciones, para ser siempre testigos del amor de Dios en medio del mundo.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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