El Papa de la verdad

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Por José María Gil Tamayo

A poco que se conozca la trayectoria vital y teológica de Joseph Ratzinger se podría haber aventurado, con toda seguridad, que el gran tema de la verdad y su insistencia reiterada en lo esencial del hecho cristiano: Dios revelado en Jesucristo, estarían muy presentes en su magisterio pontificio, del que disfruta la Iglesia actualmente, como un verdadero regalo con el que la Providencia ha querido auxiliarnos en estos tiempos tan complejos y confusos.
El propio cardenal Ratzinger en su autobiografía Mi Vida confesaba que la elección del lema para su episcopado -“Cooperatores Veritatis”-, obedecía a la continuidad entre su tarea anterior de teólogo y la de obispo: “porque con todas las diferencias que se quieran, se trataba y se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad, ponerse a su servicio”.
Y efectivamente, la búsqueda y afirmación de la verdad ha sido el empeño de la trayectoria del teólogo Joseph Ratzinger y lo es ahora del Papa Benedicto XVI. Su permanente trabajo en reivindicar la capacidad de la razón humana de acceder a la verdad y, en consecuencia, su insustituible papel en el acto de fe y en la reflexión teológica y vivencia religiosa -el Cristianismo es la “religio vera”-, avalan que Benedicto XVI no pierda ocasión para argumentar de forma inequívoca que muchas de las causas del mal en el mundo de hoy –al menos las más profundas- están precisamente en el olvido de la verdad de Dios y la verdad del hombre, así como en la fractura que ha propiciado la Modernidad mediante lo que el entonces cardenal definiera como “dictadura del relativismo” y sus derivados ideológicos, políticos y económicos.
En todo esto insiste de nuevo Benedicto XVI en su recién publicada encíclica “Caritas in veritate”, sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad, en la que, a la par que rinde homenaje al gran pontífice Pablo VI y conmemora el 40º aniversario de su encíclica “Populorum progressio”, nos ofrece las razones que señalan un acertado diagnóstico del orden social y político actual, que ha desembocado en una grave crisis económica y moral, y –lo que es más importante- señala también el Papa, con valentía profética, el camino para el logro de un desarrollo auténtico e integral de la humanidad, que sólo puede estar fundamentado en Dios y llevado a cabo en la conjunción inseparable de la caridad y de la verdad.
En la introducción y en la conclusión de su encíclica nos da las claves que explican toda la enseñanza contenida en ella: por un lado la inseparabilidad de la caridad –“la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia”- de la verdad, ya que “sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad… La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez «Agapé» y «Lógo»: Caridad y Verdad, Amor y Palabra” (n.3).
Y por otro, contra los que, tras el 11 de Septiembre, se creían confirmados en la herencia laicista de la que la religión es un elemento perturbador de la convivencia y del progreso a la que hay que marginar, el Papa reafirma que la ausencia o el menosprecio de Dios siempre va en detrimento de la dignidad humana, como se comprueba en la historia, ya que “sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender quien es… El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto a lo absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil… protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento” (n.78).
Se quiera o no aceptar, ésta es la pura verdad de la situación, el diagnóstico más honesto y clarividente, así como las propuestas de solución más acertadas para la “cuestión social” y por ello “antropológica” en nuestra época. Otra cosa es que muchos, por desgracia, no estén ya ni tan siquiera capacitados para percibirlo. Por eso mismo llevar a los hombres a descubrir su capacidad de conocer la verdad y su anhelo de un sentido último y definitivo de su existencia, que sólo se encuentra en Cristo, constituyen, sin duda, uno de los desafíos y servicios más importantes de la misión que Benedicto XVI, fiel a su lema, está decidido realizar en su pontificado. Todo un regalo de Dios para estos tiempos de pensamiento débil.

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