«Familia, Iglesia doméstica», carta del Arzobispo de Tarragona

mnpujol
Para comentar el último de los puntos del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica sobre el matrimonio me ha venido a la mente que, cuando uno repasa los escritos autobiográficos de los grandes santos, en las primeras páginas que hablan del comienzo de su vida para con Dios, suele encontrarse con la gratitud que expresan a su familia por haberles introducido, sin hacer nada que se saliera de lo corriente, en este ámbito del amor verdadero.
Teresa de Lisieux cuenta de forma conmovedora que, antes de cumplir los 15 años, no sabía cómo decir a su padre que deseaba entrar en el Carmelo. Lo pensó durante días y, cuando se decidió, fue una tarde en el que él estaba sentado en el borde de un pozo, al atardecer. El le contestó que era muy joven, pero al ver su insistencia le dijo, mientras mezclaba sus lágrimas con las de ella: “Dios me hace un gran honor al pedirme a mis hijas”.
No siempre las enseñanzas paternas están en el ámbito de diálogos sobre la vocación, sino que otras veces son el ejemplo de trabajo infatigable, como el del padre del Dr. Tarrés, a quien el niño llevaba el desayuno a la forja, donde —dice— “su rostro de obrero aparecía bronceado por el sudor y el fuego”. La madre de San Antonio Maria Claret inculcó en su hijo tales valores sobre la superación de los caprichos que, cuando le preguntaba si le gustaba algún plato, contestaba: “Lo que me dais siempre me gusta”. Ella insistía: “Pero unas cosas te gustarán más que otras…” y él: “Lo que me dais me gusta todo”.
He citado tres testimonios y podría citar muchísimos más, comenzando por mi propia experiencia, que sin duda es la que tienen la mayoría de cristianos, honrando así a mis padres que me dieron la vida y trasmitieron la fe y me enseñaron con muchos pequeños detalles a amar a Dios y al prójimo.
Por gracia de Dios hemos constatado algo que el Concilio Vaticano II expresó diciendo que “la familia es una iglesia doméstica”. En efecto, en su seno se encuentran los ideales y modelos de conducta, si bien la familia ha de contar también con el apoyo de la escuela, de la parroquia y de los diversos grupos eclesiales que favorecen una educación integral del ser humano. Partiendo de esta convicción debemos defender el derecho de los padres a la educación de los hijos. Nadie, ni siquiera el Estado, puede arrogarse la protección de los menores, a no ser que concurran circunstancias muy especiales de desatención o de coacción intolerable. En principio, la familia es la mejor garantía de crecimiento armónico de la personalidad de los hijos.
En cuanto a la educación en la fe, el ejemplo paterno y de los abuelos, tíos y hermanos mayores es decisivo, y no precisa de grandes declaraciones ni de consejos ofrecidos como quien imparte lecciones. Por el contrario, la celebración de una fiesta, la instalación del Belén, la participación en la misa dominical o la simple bendición de la mesa, son —en ocasiones— más válidas que una serie de recomendaciones y argumentos. Es a través del amor, manifestado en hechos, cómo dan a conocer a Dios, que es Amor, mediante lecciones sin palabras que a veces parecen caer en saco roto y que algún día son recuperadas, quizá ya en la madurez, y descubiertas como un tesoro.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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