«Un Día para el Papa», carta de Mons. González Montes

VATICAN POPE EASTER
Concluye el año paulino el día del Papa, cuando se han cumplido cuatro largos años del pontificado de Benedicto XVI, con cuyo magisterio Dios ha querido enriquecer la vida cristiana. Desde que fue elegido para suceder al Príncipe de los Apóstoles, Benedicto XVI ha ido desgranando su inspirado magisterio sobre la existencia cristiana: la caridad, que permanecerá cuando todo haya pasado, y la esperanza de la salvación, que alimenta la vida del cristiano, son los temas que han sido objeto de sus encíclicas. Relacionada con la primera está la exhortación apostólica de febrero de 2007, sobre la Eucaristía como fuente y culmen de la vida cristiana, posterior a la celebración en octubre de 2005 de la XI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, el mismo año que se convertía en Sucesor de Pedro. Una exhortación indicativa de su amor por la liturgia de la Iglesia y su exquisita sensibilidad en campo tan central y determinante de la fe. La Iglesia Católica, pero también las otras Iglesias cristianas y la comunidad internacional esperan, anunciada justamente para estos días, la encíclica «Caritas in veritate» (Caridad en la verdad) sobre la justicia social y su inspiración en la caridad cristiana, que supondrá un nuevo capítulo de la Doctrina social de la Iglesia.

El Papa ha afrontado la verdad de los hechos que han marcado la vida de la Iglesia en estos años, con verdadera lucidez y valor, poniendo de relieve el carácter ejemplar que debe ofrecer a la Iglesia y al mundo la existencia de los sacerdotes. Con ánimo de ponderar el carácter indispensable del ministerio sacerdotal y la necesaria santidad de vida de los ministros de Cristo, el Papa acaba de promulgar un Año sacerdotal que ha orientado con el lema «Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote».

Benedicto XVI no ha tenido miedo ante las manipulaciones de los medios de comunicación que ha padecido tanto la vida de la Iglesia como sus mismas palabras. Sobre todo, a propósito de algunos de sus discursos y declaraciones, e incluso de tomas de decisión sobre la vida interna de la Iglesia increíblemente extrapoladas. Es el caso del célebre discurso en la Universidad de Ratisbona, donde él mismo fue profesor de Teología, a propósito del diálogo entre religiones y el problema de la violencia integrista del islamismo radical. También sus palabras pronunciadas en su viaje a África sobre la pandemia del sida, y sobre la cuestión moral insoslayable que esta enfermedad plantea, le ocasionaron críticas injustas y censuras impropias de los países democráticos en los que se gestó su descalificación. El Papa explicó la razón antropológica de una verdadera educación de la sexualidad y habló las consecuencias de planteamientos meramente profilácticos que en nada cambian el fenómeno de una educación sexual errada, que proponen ambientes y medios políticos conocidos sin base en una antropología filosófica, no ya teológica, acorde con la razón natural. Es también el caso de su decisión sobre el levantamiento de las excomuniones a los obispos integristas cismáticos, que fue injustamente extrapolada a una supuesta aproximación al antisemitismo.

Benedicto XVI ha sabido afrontar como servidor humilde de Cristo la crítica que suscitará siempre la palabra de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Aquel a quien representa, que dio testimonio de la verdad despreciando la ignominia. No le han faltado agresiones injustas, que lo han sido a la Iglesia Católica encarnada en su figura de Sucesor de Pedro. Sin embargo, el testimonio valiente de la verdad tiene sus resultados muy positivos, ya que sólo así se salvaguarda la verdad del Evangelio, poniendo de manifiesto la necesidad de redención que tienen todas las facultades del hombre y, por eso mismo, la necesaria redención de la inteligencia y de la libertad, es decir, del hombre entero, siempre amenazado por las concupiscencias y el pecado.

Contra los críticas internas a la vida misma de la Iglesia, el Papa deja en claro que sólo quien sirve a la verdad ejerce la caridad de Cristo, que no es posible deducir una buena actuación de la Iglesia en el mundo al margen de la verdad revelada. Dios existe y en Cristo ha revelado al mundo su misericordia entrañable, porque el perdón es resultado de la cruz de Cristo. Los hombres necesitarán siempre ser perdonados porque los acosa el pecado, como dice san Pablo escribiendo a los Romanos, y son proclives al crimen de lesa divinidad haciendo de sí mismos criterio de la verdad, siendo así que sucumben a la mentira, viven en ella y ceden a la tentación de aprisionar la verdad con la injusticia.

La fiesta de San Pedro y San Pablo viene, cada año, a recordarnos que aquel que nos preside en la comunión de la caridad es sostenido por la oración de Cristo, que rogó por Pedro, para que también nosotros unidos al único Mediador sostengamos a quien es principio y fundamento de la unidad de la Iglesia con nuestra constante oración.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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