«El mejor legado del Año Paulino», carta del arzobispo de Tarragona

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La finalización en este mes de junio del Año Paulino, nos permite considerar un jubileo que, para la Archidiócesis de Tarragona, ha coincidido en buena parte con el Año de San Fructuoso, que finalizó en enero. Aunque este haya sido el orden en las conmemoraciones, en la realidad de los hechos San Pablo es anterior a San Fructuoso y su presencia misionera a lo largo y ancho del mundo entonces conocido explicaría también que en Tarragona tuviéramos en el siglo III una comunidad de fieles cristianos con cierta extensión y con un obispo a la cabeza.
Durante este año hemos considerado los argumentos de una posible estancia del gran apóstol por estos pagos —“los límites de Occidente”— y los obispos de Catalunya, en la carta que publicamos, alentamos a sacar las consecuencias de ser una Iglesia bimilenaria, la primera de las cuales sería la necesidad de seguir las huellas de San Pablo en dos aspectos fundamentales de la fe: su unión con Cristo y la unidad entre suss seguidores.
Personalmente he insistido en la centralidad de Cristo en San Pablo. Como ha recordado Benedicto XVI a este respecto, el llamado apóstol número 13 cita en sus escritos 500 veces el nombre de Dios y 380 el de Cristo. Para el judío fervoroso de Tarso, el Dios de Israel, del Sinaí, de sus padres y maestros es el mismo que aquel que se hizo hombre para nuestra redención, el de la nueva alianza en la Cruz y en la Resurrección.
Este Cristo, que enamora a Pablo, lo encuentra por primera vez –como ha destacado el Papa— no fuera de la Iglesia, sino en ella misma. Antes de que se le revelara con una luz irresistible en el camino de Damasco, Pablo había tenido noticias de Cristo a través de la comunidad cristiana de Jerusalén. Ciertamente no había aceptado sus enseñanzas, sino que era perseguidor de ellas, pero lo cierto es que de algún modo conoció a Cristo a través de la Iglesia.
Pienso en tantas personas de hoy que también tienen un conocimiento defectuoso de Jesús. Quizá no le persiguen, pero se limitan a contemplarlo como un fenómeno religioso más o menos vivo o residual, que nada tiene que aportar a sus vidas que discurren al margen. Respetan las creencias de los cristianos, que en muchos casos les recuerdan las de sus padres o sus abuelos, pero sus vidas transcurren ajenas a ellas.
Es preciso que les alcance nuestro esfuerzo evangelizador. Son personas de buena voluntad, jóvenes en su mayoría, que desean oír hablar del Dios vivo con la palabra y sobre todo con el ejemplo sencillo y amable de una vida recta. San Pablo puede servirnos de inspiración, por la fuerza de sus argumentos, su doctrina segura, pero sobre todo por su entrega apasionada, de amante de Cristo. Este puede ser el mejor legado del Año de San Pablo que concluimos.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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