Nuestros curas

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Por José María Gil Tamayo

Hoy se celebra en el calendario cristiano la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y la Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes, comienzo al mismo tiempo del Año Sacerdotal, que el Papa Benedicto XVI ha establecido para conmemorar la figura de san Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, que propone como ejemplo para los sacerdotes de todo el mundo. Por estos motivos y, aunque es verdad que todos los cristianos participamos del sacerdocio de Cristo por el bautismo, que nos identifica con Él y nos lleva a ofrecer tantos sacrificios cada día: en el trabajo, en la vida de familia, en la enfermedad y en mil encrucijadas, me van a permitir ser un poco corporativista en esta ocasión y que escriba de nuestros curas, de quienes han recibido el sacerdocio ministerial y participan del de Cristo como cabeza y pastor de su pueblo.
Son miles y miles y están en nuestras parroquias: las de los pueblos pequeños y las de las barriadas de las grandes ciudades, desarrollando un trabajo abnegado de ayuda a los demás con su tarea evangelizadora, con la administración de los sacramentos, con la promoción de tantas obras sociales y culturales; con la cercanía a los enfermos y a los que sufren; con el consejo pronto para quien lo necesita. Muchos de ellos viven entregados a la educación de los más jóvenes o al acompañamiento y consuelo de los enfermos en los hospitales; los hay quienes se dejan cada día lo mejor de sí para lograr una vida digna a los más pobres y marginados, o a los que están atrapados en las nuevas esclavitudes.
La mayoría de nuestros sacerdotes, aunque rayanos ya los 60 años y cuando podrían descansar como cualquier persona con esa edad, siguen en el tajo en una verdadera sobrecarga laboral que haría conflictivo cualquier convenio colectivo si algún sindicato se ocupara de este sector. Pero ellos sacan fuerzas de lo menguado de sus filas y alargan los años en un servicio sacerdotal escondido y alegre. Muchas veces a contracorriente de un mundo en el que, por la pérdida del sentido religioso y el predominio del materialismo, se hace para los curas cada vez más difícil explicar la razón de ser de su vocación, de su entrega abnegada al ideal evangélico.
Por fortuna, nuestros curas ya no forman parte de la clase directiva típica de los pueblos de la España tópica. Y con no menor gratitud a la Providencia también han desaparecido del elenco de personajes del chiste fácil e incluso han dejado de ser los adversarios reconocibles y también tópicos para el rancio anticlericalismo, por desgracia cíclicamente retornante.
A Dios gracia, también y casi siempre con el buen ejemplo concreto de algún sacerdote al fondo, sigue habiendo jóvenes que, contracorriente, optan con generosidad por imitarles en este servicio, en esta vocación maravillosa. También ellos han roto el tópico y son gente de su tiempo, más preparada y decidida.
Seguro que todos tenemos motivos de agradecimiento para nuestros sacerdotes y en celebraciones como la de hoy toman forma de oración por estos curas buenos que son los más y cuyos nombres y rostros muchos conocemos y recordamos. Los que puedan aparecer en las páginas de sucesos o de la filmografía resentida son la excepción. La inmensa mayoría no ocupará nunca espacio en una noticia y sí –sin salir en los medios- en el corazón agradecido de Dios y del pueblo.
“Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en él. Esta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto” (Benedicto XVI. Misa Crismal de 2006). Oremos para que así sea.

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