“¿Por qué teméis, hombres de poca fe?”: Monseñor Asenjo invita en su carta semanal a la confianza en el amor providente de Dios

juanjoseasenjo
Pocos fragmentos del Evangelio son tan dramáticos y al mismo tiempo tan consoladores como el que escucharemos en la Eucaristía de este domingo. El Señor ha pasado la tarde predicando a orillas del lago de Tiberiades y marcha en barca acompañado de los Apóstoles a la otra orilla. Está oscureciendo. Jesús, cansado de una dura jornada de trabajo pastoral, duerme en la popa. De repente, se levanta el viento, se encrespan las olas, que se abalanzan sobre la barca, que comienza a llenarse de agua. El miedo se apodera de los Apóstoles. El naufragio parece inminente. Por ello, despiertan a Jesús con una pregunta que al mismo tiempo es una petición: “Señor ¿no te importa que nos hundamos?”. El Evangelio nos dice que Jesús se pone en pie, increpa al mar, el viento cesa y retorna la calma mientras reprocha a los Apóstoles su falta de fe.

En la vida cristiana, se dan a veces situaciones muy parecidas a las que nos narra este Evangelio. Todos tenemos alguna experiencia de momentos, a veces largas temporadas, e incluso años, en que parece que el Señor se ha olvidado de nosotros, se ha dormido en la popa de nuestra barca. Son esos momentos en los que la tiniebla nos rodea, el dolor y la enfermedad nos visitan y el sufrimiento, como consecuencia de la muerte de un ser querido o de problemas profesionales, económicos o familiares, nos hacen sentir el silencio de Dios, como si el Señor nos hubiera dejado de su mano y la barca de nuestra vida estuviera a punto de hundirse.

El Evangelio de hoy nos invita a la esperanza y a la confianza en Jesús. Los Apóstoles tienen miedo porque sólo lo ven como un hombre dotado de un gran atractivo personal, capaz incluso de obrar prodigios, pero no reconocen todavía su divinidad. Y es necesario el milagro para que, admirados, se digan unos a otros: “¿Quien es éste? Hasta el viento y el mar le obedecen.”

El Señor nos invita en este domingo a avivar nuestra fe en Él, en los momentos en los que la barca de nuestra vida surca el mar plácidamente y en los momentos en que es zarandeada y sacudida por el sufrimiento y el dolor. También entonces el Señor nos sigue queriendo, se preocupa de nosotros y sigue velando sobre nosotros con su Providencia. Confiemos, pues, en Él, que no permitirá que seamos probados por encima de nuestras fuerzas. Él permite que el mal nos visite para nuestro bien, para nuestra purificación, para que crezcamos en vida interior. Él nunca nos abandona, pues incluso en el momento de la muerte, nos está esperando para acogernos, abrazarnos y regalarnos la felicidad plena.

Éste ha sido siempre el convencimiento de los santos y el pensamiento que ha espoleado su fidelidad. Santo Tomás Moro, canciller de Inglaterra, seglar y padre de familia, estando prisionero en la Torre de Londres, en vísperas de ser ajusticiado por negarse a aprobar el divorcio del rey Enrique VIII, escribía a su hija Margarita esta hermosa frase, que todos nosotros deberíamos repetir en los momentos de prueba: “… de lo que estoy más cierto en este instante en el que se me anuncia mi muerte, es que Dios nunca me va a abandonar. Por ello, me pongo totalmente en sus manos con absoluta esperanza y confianza en Él”. Éste debe ser el estilo del cristiano ante el sufrimiento, ante la vida y la muerte, y ésta debe ser también nuestra actitud en el tiempo histórico que nos ha tocado vivir, en el que muchos podemos sentir la tentación de la desesperanza. Ante el avance creciente de los humanismos que sitúan como supremo valor el placer, el dinero, el poder, el consumo…, ante el afianzamiento de leyes y costumbres alejadas de la moral cristiana, muchos creyentes podemos reaccionar con temor y encogimiento: temor por el futuro de la Iglesia y de la familia, miedo por el alejamiento de la Iglesia de amplios sectores de la juventud, miedo por el futuro de la sociedad cristiana.

También a nosotros, como a los Apóstoles, nos dice el Señor “No tengáis miedo, hombres de poca fe”. Él nos ha prometido que “los poderes del infierno no prevalecerán contra la Iglesia”; Él nos ha prometido “estar con nosotros, todos los días hasta el fin del mundo”, promesa que incluye la asistencia del Espíritu sobre la Iglesia, que puede fluctuar, pero que jamás se hunde.

En esta hora, el cristiano tiene que ser hombre de esperanza, sembrador de esperanza, la esperanza activa de quien confía en las promesas de Dios, pero que cada día se esfuerza por ser fiel, por mejorar su relación con Dios y con los hermanos, sin descuidar el testimonio y el apostolado. Dios no abandona a su Iglesia en su peregrinar histórico, pero quiere nuestro esfuerzo y colaboración.

Para todos mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Administrador Apostólico de Córdoba

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