«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?», carta del obispo de Girona

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Dos preguntas que Jesús formula a sus primeros discípulos y a los de todos los tiempos, también a nosotros.
¿Por qué sois tan cobardes?
¡Tener miedo es tan humano! Miedo ante el presente y el futuro, miedode la enfermedad y de la muerte; de que nuestros proyectos fracasen, de perder el puesto de trabajo. Especialmente, miedo a la soledad, a ser olvidados por todos, al vacío, a que nadie nos atienda, no eche una mano, nos manifieste su confianza…
También es muy humano sentir miedo en nuestra calidad de discípulos de Jesús en estos primeros compases del siglo XXI… Porque a menudo tenemos la impresión que nuestra Iglesia, como la barca en medio de la tempestad, se hunde, azotada por los temporales de nuestro tiempo: el laicismo o la vida sin la menor referencia a Dios, de quien se prescinde totalmente; divisiones internas que, con frecuencia, esconden todo cuanto nos une; las dificultades para dar razón de nuestra fe en medio de un mundo dominado por la tecnología que todo lo somete a investigación y crítica; la constatación de las dificultades para transmitir la fe a las nuevas generaciones. También el envejecimiento de las comunidades y la carencia de nueva vitalidad. Cada cual podría completar esta lista con los miedos personales en relación con la propia vida cristiana: falta de vitalidad, frialdad en la oración, cansancio en el compromiso, desánimo al no visualizar los frutos de les semillas esparcidas; pocas ganas de celebrar los sacramentos de la eucaristía y la penitencia. Y también la duda que siempre se plantea en el último tramo de la vida: ¿será verdad todo lo que creo y espero?
Y Jesús parece que esté dormido.
Todo ello se asemeja a lo que nos cuenta el evangelio del presente domingo. En medio de la tempestad, los discípulos llaman a Jesús que duerme pacíficamente: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
Tras pacificar los elementos, les responde: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”.
También nos lo dice a nosotros.

De hecho, a lo largo de la Biblia, en las narraciones de vocaciones, cuando Dios llama a alguien para confiarle una misión, sus palabras iniciales son siempre las mismas: ¡no temas!
Lo dice porque nos conoce, claro está, conoce nuestros miedos, nuestras debilidades, sabe que la misión que nos confía nos supera, que nuestras fuerzas pueden debilitarse, que seremos interpelados por nuestras propias dudas e invitados a abandonar la tarea o el camino. Por ello, el grito de Jesús: «no temáis» ha de entrar hasta lo más profundo de nuestro ser y permanecer ahí.
Él está con nosotros, pese a que en muchos momentos parece que esté plácidamente dormido. Nos encomienda que hagamos frente a todos los vientos y, cuando sea preciso, no permitirá que nos hundamos.
¿Aún no tenemos fe? ¿Aún desconfiamos?

+ Francesc Pardo Artigas
Obispo de Girona

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