El cardenal Cañizares se despide de Toledo en el Día del Corpus Christi, animando a permanecer fieles a Cristo y a la Iglesia

canizarestoledo89-1
Publicamos la homilía que ha pronunciado el Sr. Cardenal Antonio Cañizares Llovera, prefecto de la Congregación del Culto Divino y Administrador Aportólico de Toledo, en la Catedral Primada, con motivo de la solemnidad del Corpus Christi. Adjuntamos también las palabras que ha pronunciado en su alocución en la plaza de Zocodover, en su despedida de la ciudad de Toledo. Al término del acto en Zocodover, tras haber pronunciado sus palabras de despedida de la Ciudad y la Archidiócesis de Toledo, el Cardenal Cañizares ha dejado la procesión, pasando a presidirla a continuación el Obispo Auxiliar, Mons. Carmelo Borobia.

EN LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DE CRISTO

Homilía del Sr. Cardenal Administrador Apostólico,
don Antonio Cañizares Llovera,
en la S.I. Catedral Primada

Toledo, 14 de junio de 2009
Celebramos la solemnidad litúrgica del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: la fiesta en la que el pueblo cristiano aviva su fe en el misterio de la Eucaristía y lo proclama lleno de júbilo y gozo. La Eucaristía ha caracterizado siempre nuestra genuina identidad: la fe de nuestros concilios, la piedad de la liturgia hispano-mozárabe, el fervor de las procesiones del ‘Corpus Christi’, la filigrana de nuestras custodias, la expresividad de la música sacra, la catequesis de los autos sacramentales, la Adoración al Santísimo en nuestras iglesias, la inspiración eucarística de muchos institutos de vida consagrada, de cofradías y asociaciones, la inocencia de las Primeras Comuniones y la esperanza serena de Viático, la contemplación mística de nuestros santos y el testimonio de nuestros mártires por la Eucaristía».
La Eucaristía está en el centro de la vida cristiana, es el sacramento de nuestra fe, es el el que hace la Iglesia. «Cada vez que en la Iglesia celebramos la Eucaristía, recordamos la muerte del Salvador y anunciamos su resurrección en espera de su venida. Por tanto, ningún sacramento es más precioso y más grande que el de la eucaristía; y cuando comulgamos, somos incorporados a Cristo. En la Eucaristía Cristo nos acoge, nos perdona, nos alimenta con su palabra y su pan, y nos envía en misión al mundo». O como dice el Concilio Vaticano II: «Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que iba a ser entregado instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos el sacrificio de la Cruz, y a confiar así a su esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria venidera».
Aquí está expresado todo lo que es el misterio insondable de la Eucaristía, en el que se encierra toda la realidad y verdad del misterio de nuestra salvación. En el sacramento Eucarístico, del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, entregado y derramada por nosotros, está toda la Buena Nueva de la salvación que Dios ha hecho posible en su Hijo entregado en sacrificio redentor por todos los hombres. En él está toda la fuente de nuestra esperanza en la gloria futura, en la felicidad, en la dicha plena que todo hombre anda buscando y que no puede hallar si no es precisamente en la íntima unión con Dios, cuando, al fin de los tiempos, podamos participar esa vida eterna.
La Eucaristía es la fuente y la cima de toda la vida de la Iglesia. Toda la vida cristiana brota de la Eucaristía y tiende hacia ella. Porque toda la vida cristiana parte del amor de Dios, que se nos ha entregado en su Hijo Jesucristo y se nos da en el pan de vida y en la bebida de salvación, y toda la vida tiende a ese amor definitivo, haciéndolo ya presente en todas las dimensiones de la vida: amaos como yo os he amado. Toda la vida cristiana, como la Iglesia entera, brota del costado abierto de Cristo, del que mana la vida y nos hace vivir y permanecer en esa vida. Toda la vida cristiana tiende, a partir de esta raíz del amor de Dios, a desplegarse en un amor que testifica el amor mismo de Dios, a desplegarse en un servicio a los demás, que es signo y presencia en medio de los hombres, del amor de Dios.
La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana y de toda la vida de la Iglesia, es raíz y centro de la existencia cristiana, siembra y exigencia de fraternidad y de servicio a todos los hombres, empezando por los más necesitados en su cuerpo y en su espíritu. La celebración de los misterios de nuestra redención en el sacramento del Altar, nos impulsa al mismo tiempo a promover la inalienable dignidad de todo ser humano por medio de la justicia, la paz y la concordia; a ofrecerse a sí mismo generosamente como pan de vida por los demás a fin de que todos se unan realmente en el amor de Cristo, ese amor que nos hace en verdad hermanos. La Eucaristía es la gran escuela del amor fraterno. Quienes comparten frecuentemente el pan eucarístico no pueden ser insensibles ante las necesidades de los hermanos, sino que deben comprometerse en construir todos juntos la civilización del amor. La Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos; sí, la Eucaristía nos reconcilia y nos une; no cesa de enseñar a los hombres el secreto de las relaciones comunitarias y la importancia de una moral fundada sobre el amor, la generosidad, el perdón, la confianza en el prójimo, la gratitud, el respeto a la vida, la edificación de la paz. Si el pueblo cristiano, en España, se centra más y más en la Eucaristía, en la participación asidua en ella, tened por seguro que se abrirá una aurora de paz y respeto a la vida y a las personas en nuestras tierras.
En la Eucaristía, vínculo de unidad y exigencia de amor fraterno, «Cristo, ‘nuestra paz’, nos llama a los cristianos a derribar, unido con El, muros. El se entregó a la muerte para derribar ‘la barrera del odio’ que separaba a las gentes (Cf Ef 2,14) y hacer de todas ellas una única familia bajo un mismo y único Padre. Cristo en la Eucaristía nos asocia a Él, a su cuerpo y a su sangre entregados a la muerte para derribar barreras y ponernos en comunicación de vida y amor con Dios y a los unos con los otros. No es posible, además, ser cristiano, participar de la Eucaristía y no salir al paso de tantos hombres y mujeres como esta sociedad próspera y ‘feliz’ separa. A la vista de tantos recursos económicos como se derrochan en un consumo y una ostentación injustificados y de las posibilidades de producción de los bienes necesarios, hay que decir muy alto que en la tierra «hay bastante para todos» si compartimos lo que para todos fue destinado por el Creador. Ahí, en el compartir, se juega la verdad y sinceridad de nuestra unión con Jesucristo en su entrega para derribar el muro. Ahí y en otras cosas; pero, sin duda, ahí.
Para los creyentes que han vivido el acontecimiento de la salvación en la Eucaristía, ésta no puede terminar en el interior de la iglesia. «Quien ha descubierto a Cristo y participado de Él debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo, es necesario transmitirla. En numerosas partes existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Algunos escogen la religión fácil, como un producto de consumo, a la medida de uno que no nos ayuda. Es preciso ayudar a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino: Jesucristo». Ahora es el momento de hacer realidad el compromiso apostólico en los ámbitos de la familia, la sociedad, el trabajo, la cultura, la ciencia, la política, la economía, la justicia y la paz. Todas las formas posibles de actuación cristiana en estos ámbitos tienen de hecho su estímulo constante en el imperativo de la caridad de Cristo alimentada en la Eucaristía. De la misma manera que las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, destinadas a aliviar las necesidades humanas, son una consecuencia clara del mandamiento nuevo (Cf Jn 13,34-35; 15,12-17), así también la animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico de los fieles laicos, representa hoy una consecuencia del mismo imperativo de la caridad que se contiene en el misterio eucarístico y que de él brota.
Finalmente, queridos hermanos, recordemos siempre que en la Eucaristía, Jesucristo resucitado, el Señor de la gloria, «el mismo ayer, hoy y siempre», se hace presente en todos los lugares de la tierra donde se celebra el sacrificio eucarístico y allí donde se conserva el sacramento consagrado por el poder del Espíritu. «El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. . . Es hermoso estar con Cristo y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (Cf Jn 13,25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el ‘arte de la oración’, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?». «¡Cuántas veces, nos dijo Juan pablo II, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!» (EE 25). Que sea el Sagrario, donde se custodia el Santísimo Sacramento, como el corazón vivo de nuestras iglesias. Que cuidemos, además, los signos de adoración y culto eucarístico, como la genuflexión, la lámpara encendida, la dignidad del lugar de la reserva, etc., para que, sin cesar, vayamos avanzando y consolidando la conciencia y la experiencia en todo el pueblo de Dios de que en la Eucaristía se contiene verdaderamente el supremo bien de la Iglesia. Demos, pues, gracias a Dios, llenos de dicha y de alegría desbordante, por este don de la Eucaristía, donde nos encontramos en la cima del amor: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo».

CORPUS CHRISTI DE (2009-06-14):
ALOCUCIÓN DEL CARDENAL CAÑIZARES EN LA PLAZA ZOCODOVER

DESPEDIDA TOLEDO

14 junio de 2009

Señor Jesús, estás aquí, con nosotros, en medio nuestro. Contemplamos tu Cuerpo entregado por nosotros, te adoramos y nos arrodillamos ante Ti, porque Tú eres Dios con nosotros. Te amamos y deseamos amarte más a Ti, que nos has amado primero y nos ha amado hasta el extremo. Tú tienes palabras de vida eterna, Tú eres el Hijo de Dios vivo, el Santo de Dios, el Salvador único de los hombres. Tú eres el Camino, la verdad y la vida, no podemos ir a Dios, el Padre, ni alcanzar la vida plena, si no es siguiéndote a Ti. Queremos seguirte, queremos amarte con todas las fuerzas, con todo nuestro corazón, y hacer lo que Tú nos digas, que eres nuestro maestro, nuestro único maestro, y nuestro guía, el verdadero guía y pastor que conduce a la humanidad, sirviéndola y dando tu vida por ella. ¿A quién, cansados y con sufrimientos, pequeños y débiles, vamos a acudir si no es a Ti, y a quién vamos a buscar si no es a Ti, que nos has dicho: «venid a mí, que soy sencillo y humilde de corazón», y que te has despojado de tu rango para hacerte uno de nosotros, servirnos y darte a nosotros como alimento para el largo y duro camino de la vida? En Ti, Jesús, amigo, porque nos llamas amigos y has querido que seamos tus amigos, encontramos consuelo, alivio, paz y esperanza. Te adoramos a Ti, Señor, único Señor nuestro, que estás al inicio y al final de nuestra fe; sin Ti no estaríamos aquí, ni tampoco en años anteriores, ni en años futuros, en la plaza de Zocodover, corazón de Toledo, con la mirada en Ti, el Pan vivo bajado del cielo que porta y muestra a todos la custodia de Arfe. Sin Ti no seríamos nada, ni existiría nada, nada, absolutamente nada; por Ti se hizo todo y por Ti hemos sido creados para la eternidad: Tú eres el principio y el fin de todo y nos llenas de esperanza. Tú nos has dado tu Cuerpo entregado por nosotros en gesto supremo de amor para que nos amásemos con ese mismo tuyo sin medida ni límite alguno. Tú estás aquí ante nosotros, ofreciéndote a nuestras miradas y a nuestras personas, para que seamos uno contigo y vivamos unidos con el vínculo de la caridad que procede de Ti.
Te adoramos, te amamos, te bendecimos, te damos gracias. Esta mañana, delante de Ti, me despido de mis hermanos, de mis amigos de Toledo, a los que tanto he querido y quiero, a los que Tú, misericordioso y buen pastor, un día me confiaste para que los guiase, sirviese, alimentase y llevase hasta Ti. Me despido de ellos en tu Presencia, con el auxilio de tu Amor, el que Tú nos dejaste para toda la eternidad, al despedirte de los tuyos: el auxilio de tu Cuerpo sacratísimo partido y repartido por nosotros. Por ellos te pido, por ellos ruego. Consérvalos en la verdad, junto a Ti y en Ti, que eres la verdad que nos hace libres y el amor que da fundamento, como la roca firme que da consistencia a todo hombre que viene a este mundo. Por ellos ruego para que permanezcan unidos a Ti, como el sarmiento unido a la vida, y así den fruto, frutos abundantes de amor, de justicia, de verdad, de perdón. Por ellos ruegos, para que, fieles, puedan escuchar la cosa más bella que podamos escuchar: «dichosos vosotros, porque habéis creído». Es lo mejor que puedo desear para ellos: la fe; porque la fe es la dicha y la felicidad que todo hombre anda buscando; porque la fe es el cimiento más firme para la vida; porque es, con mucho, lo mejor para el hombre
En Ti confío, Señor, de Ti me he fiado, y con la fuerza de tu Espíritu Santo, confío en fiarme siempre. Te doy las gracias, Jesús, Hijo de Dios, nacido de María, siempre Virgen, por esta diócesis de Toledo, en la que estás haciendo obras grandes por tu misericordia. Gracias, todo es obra tuya y nada más que tuya. Permíteme que ahora, al final de mi ministerio en Toledo, con todo mi corazón les exprese mi más hondo agradecimiento. Ante el Señor, aquí presente, y ante su mirada compasiva llena de amor, hermano Obispo, hermanos sacerdotes, monjas contemplativas, religiosos, religiosas, personas consagradas, fieles seglares, Autoridades, os agradezco emocionado y conmovido, a todos, vuestra presencia hoy en esta celebración y todo cuanto habéis sido y hecho conmigo. Reunidos ahora, sois la expresión de lo que habéis sido estos años para mí. Por eso, mis queridos hermanos, gracias por vuestro afecto y cariño, gracias por vuestra cercanía y acompañamiento, gracias por vuestro trabajo y colaboración, gracias por vuestras ilusiones y esfuerzos, gracias por vuestra oración, gracias por todo. Siempre que rezo por vosotros, y lo hago siempre, lo hago con alegría. Porque habéis sido de verdad colaboradores míos en la obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy. Estoy convencido de que Cristo mismo lleva y llevará adelante la empresa buena que El ha originado en vosotros. Gracias, muchísimas gracias. Con esta palabra os lo expreso y resumo todo. También, como tatas veces os he dicho y reiteré aquí en esta misma plaza el jueves, necesito de vuestro perdón. Debo pediros perdón. Lo hago de todo corazón. Porque soy muy consciente ante Dios, ante cuya presencia no cabe ocultamiento ni engaño, de que el ejercicio del ministerio episcopal puede llevar consigo, a veces, inevitables roces, omisiones, incomprensiones y tantas cosas que no agradan a Dios y dañan a los hermanos. Que Dios os pague y muestre con vosotros esa misma caridad que me mostráis con vuestro perdón.
Jesús, mis amigos y hermanos toledanos que me confiaste, saben que no tengo oro ni plata, que estoy en medio de ellos como el que sirve, y que lo que tengo, lo único que vale la pena, que eres Tú, no me lo he guardado para mí, he intentado darlo, darte a Ti a tiempo y a destiempo. Sabes que he querido y quiero mucho a estas buenas gentes, que son tuyas y me las confiaste, porque en Ti he palpado y palpo cómo nos quieres, y que nada ni nadie nos puede separar de Ti. No he tenido otro programa en medio de ellos, que Tú mismo, el de siempre, recogido en el Evangelio y en la Tradición viva, y he intentando darlo a conocer a todos.
Sí, entre vosotros, mis queridos hermanos, con toda mi imperfección y pecado, no he querido ni quiero otra cosa que vivir en Cristo, conocer a Cristo, convocaros a todos, dar a conocer a Cristo y ser testigo de su verdad y de su misericordia. Mirad a Cristo y seguidle. No os canséis de proclamarle. En El tenemos todo el gozo, la alegría, la felicidad, la paz. En El sólo, y nada más que en El, está la vida, la salvación y la esperanza. El es el rostro de Dios. Y Dios, como tantas veces os he dicho, es el único asunto central para el hombre. Cuando se silencia a Dios o se vive al margen de Él es el hombre el que sufre el más profundo quebranto de su humanidad más propia.
Por eso, os exhorto a que no tengamos miedo a que Cristo sea de verdad nuestro Señor, dueño y maestro, nuestro salvador: «No tengáis miedo: Abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid las puertas al Redentor». No temamos seguirle. No podemos tener miedo a anunciarle, a evangelizar: a veces da la impresión que somos cristianos al estilo de Nicodemo, en la clandestinidad, de noche, sin que se nos note demasiado, acomplejados. No podemos permanecer con las puertas cerradas de la Iglesia o temer a abrirlas. Necesitamos el Espíritu Santo que nos haga perder ese miedo y salir a donde están los hombres para anunciarles que Jesucristo es el único Nombre en el que podemos ser salvos, el camino, la verdad y la vida de todo hombre que viene a este mundo. No podemos tener miedo a ser santos porque esa es nuestra vocación: en Cristo henos sido llamados y elegidos para ser santos e irreprochables por el amor. No tengamos miedo a vivir de verdad el Evangelio de Jesucristo, que es el Evangelio de la caridad, de la felicidad, de las bienaventuranzas, de la misericordia, de la gracia, de la reconciliación y de la paz. No podemos tener miedo, hermanos y hermanas muy queridos, a hacer presente el Evangelio en la familia, en la sociedad, en la política, en el mundo laboral y profesional, en la economía, en la enseñanza, en la cultura, en los medios de comunicación social, en todo lo que afecta al hombre y es humano. Sí, por el contrario, hemos de estar precavidos y tener miedo a una Iglesia, a unas comunidades anquilosadas y sin vida, a un ser cristianos sin profundidad religiosa y teologal, a una destrucción del hombre, a una pseudocultura hedonista, a una forma de vivir la fe desentendida de los problemas y sufrimientos de los hombres, a una cultura de la muerte y de la insolidaridad, de la violencia o del terror. De nada ni de nadie hemos de tener miedo: Dios está con el hombre, con cada hombre. En la Encarnación de su Hijo, en cierto modo, se ha unido con cada hombre, y esto se hace presente en la Eucaristía. En eso se ha manifestado su amor que disipa todo temor. En Cristo tenemos cómo Dios nos ama. Y, como dice San Pablo: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús?»
Para todos, mi afecto siempre, mi plegaria y mi bendición.

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 39185 Artículos
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).