El clero de la Archidiócesis de Toledo arropa con su presencia al cardenal Cañizares en su despedida

canizares-torreciudad12El Prefecto de la Congregación por el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y administrador apostólico de Toledo, cardenal Antonio Cañizares, se despidió el pasado jueves de los fieles de la Archidiócesis toledana en la celebración del Corpues Christi y posterior procesión con el Santísimo sacramento -que se repetirá el domingo próximo- por las calles de Toledo.
En esta ceremonia el cardenal Cañizares estuvo acompañado en la santa misa y en la procesión, además de por siete obispos vinculado a la diócesis y por el arzobispo castrense Mons. Juan del Río, por casi la totalidad del clero de la archidiócesis que se reunió para despedir a quien ha sido su pastor durante más de seis años y a quien han regalado en señal de gratitud una bella mitra, gesto al que correspondió el cardenal Cañizares regalando a la Catedral primada su báculo de plata.
En su homilía -que reproducimos al final de esta noticia junto con su alocución durante la procesión- el cardenal Cañizares manifestó a los sacerdotes: «Os quiero como amigos y hermanos, y a todos me gustaría abrazar, agradecer, y pedir perdón por los errores cometidos en el pasado».
En la homilía de la Solemne Misa pontifical por la festividad del Corpus Christi celebrada en una abarrotada Catedral Primada de Toledo, Don Antonio Cañizares aseguró también que «han sido años muy intensos y gozosos».
«Os llevo a todos muy dentro de mi corazón, y es para mí un desgarrón el dejaros, aunque no os dejo, porque siempre estaremos unidos por el Cuerpo del Señor, que nos hace ser un solo cuerpo y vivir en una unidad inquebrantable», manifestó el purpurado toledano con estas palabras, en el primer acto público de despedida, enmarcado en la festividad del Corpus Christi, ya que el próximo 21 de junio tomará posesión como arzobispo de Toledo Braulio Rodríguez Plaza.
El cardenal arzobispo de Toledo dio la bienvenida y agradeció también la presencia en la Eucaristía al presidente regional, José María Barreda, y al resto de autoridades presentes, entre ellos, la secretaria general del PP y presidenta del partido en Castilla-La Mancha, María Dolores de Cospedal, y el eurodiputado del PP, Jaime Mayor Oreja.

HOMILÍA DE CARDENAL ANTONIO CAÑIZARES, PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN DEL CULTO DIVINO Y ADMINISTRADOR APOSTÓLICO DE TOLEDO

CORPUS TOLEDO (11.6.2009)
corpustoledo
¡Qué gran alegría sentimos todos en este día tan de Toledo, tan arraigado en su tradición más propia, tan ligado a nuestra realidad toledana, tan en su centro! Durante siglos, sin interrupción, este jueves ha sido y seguirá siendo momento al que dirigen sus miradas y en el que expresan sus sentimientos más hondos las buenas y nobles gentes de Toledo. Son días en que Toledo refulge con un brillo especial en sus calles y plazas, y saca al corazón y arterias de la ciudad, para adorar, contemplar, y darle gloria, la mayor de sus riquezas, con mucho, y de más preciado valor: el Cuerpo de Cristo, Cristo en persona.
Se trata de la fiesta en la que nuestra ciudad pone a la vista de todos lo que son sus cimientos, y desvela para todos la roca verdadera en la que se asienta con tanta solidez su historia y su vocación, su presente y su futuro; es la fiesta en la que expresa su honda fe de la que vive, la que le nutre, y la que le ha hecho capaz de sus más grandes gestas y de los sacrificios y gestos de amor y servicio más sencillos: es su fe en el Señor, en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, presente realmente en el sacramento del altar; es la fiesta del «Corpus Christi», que se prolonga a lo largo de días con dos cimas de igual altura en el jueves y el domingo, con una ruta abierta de esperanza en medio de la noche iluminada por la presencia del Señor acompañado de los jóvenes, en el viernes, y con el sosiego en el camino de la adoración eucarística en capillas y parroquias.
Dios ha querido que mi despedida como Obispo vuestro y para vosotros, especialmente de vosotros mis queridos hermanos sacerdotes, coincida con esta fiesta de la Eucaristía, razón de ser de nuestro sacerdocio. En su despedida Jesús dejó a sus discípulos el gran regalo de la Eucaristía, memorial de la entrega de su vida, testamento-alianza nueva y definitiva del amor con que Dios nos ama hasta el extremo, sacramento de comunión con el Señor y fuente inexhaurible de nuestra comunión con Dios y con los demás hombres. Al compartir con todos vosotros, en la hora de decir adiós y siempre unidos, este memorial sagrado, somos enriquecidos con el don que nos une, fortalece y sostiene en la misma comunión y nos hace ser Iglesia, signo eficaz de la unión íntima con Dios y de la unidad del género humano. El sentido de este adiós, como el sentido de mi llegada aquí hace siete años, o el sentido de mi ministerio entre vosotros lo encontramos en la Eucaristía, acción de gracias a Dios, sacrificio-obediencia-ofrenda al Padre de Jesucristo al que somos asociados, presencia real de Cristo en persona entre nosotros, pan vivo bajado del Cielo partido y compartido para que tengamos vida y entreguemos la vida, cuanto tenemos y somos, plegaria de bendición, de expiación para el perdón de los pecados y de súplica intercesora y salvadora en favor de los hombres, alimento para el camino, culto de adoración suprema a Dios. La Eucaristía, podéis imaginarlo, ha sido para mí, como lo es para todo cristiano, la razón de ser de mi vida entre vosotros y para vosotros; ha sido la fuente y la fuerza del ministerio episcopal que se me confió para el servicio vuestro; el alimento divino que me ha alimentado y sostenido. La Eucaristía ha sido y es todo para mí, porque todo para mí es Cristo, y no he querido saber entre vosotros otra cosa que Cristo, Enmanuel, Dios que es Amor.
Por eso en este día, con mis hermanos Obispos y sacerdotes, con los fieles cristianos aquí presentes o ausentes, con todos, deseo que nuestra atención se centre por completo en la verdad de la Eucaristía, y que nos pongamos en adoración delante de este Misterio: «Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega ‘hasta el extremo’, un amor que no conoce medida» (EdE 11).
La noche en que iba a ser entregado, Jesús nos entregó el regalo más grande, instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del Apóstol Pablo, que acabamos de escuchar en la segunda lectura, nos llevan a las circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. «En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos. Esta verdad la expresan bien las palabras con las cuales el pueblo responde a la proclamación del ‘misterio de la fe’ que hace el sacerdote: ‘Anunciamos tu muerte. Señor. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. El Misterio eucarístico no puede ser entendido como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario» (EdE 12). Por eso decimos, «Anunciamos tu muerte Señor».
Reconocemos y confesamos en estas palabras, que sellan el relato de la Cena, el cumplimiento del amor de Dios que nos ha amado hasta el extremo entregándonos a su propio Hijo por nosotros. «Por nosotros» es el amor de Jesús en su muerte que nos redime y nos salva. Ahí está el amor de Cristo, el amor de Dios que se nos da todo, para que esté en nosotros y nosotros en Él, un amor infinito sin reservarse nada, un amor, pues, que llega hasta el extremo, un amor que no tiene medida. No olvidemos, por lo demás, que «el don de su amor y su obediencia hasta el extremo de dar la vida, es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, más aun, de toda la humanidad, pero don ante todo al Padre: sacrificio que el Padre aceptó correspondiendo a esta donación total de su Hijo, que se hizo obediente hasta la muerte con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal de la resurrección» (EdE 13).
Por todo ello, la Iglesia ha recibido en la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino el don por excelencia y pleno, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación (EE 11)».
La Eucaristía es el sacramento de la presencia «verdadera, real y substancial» de Cristo y de su obra redentora en medio de nosotros y en favor nuestro. El sacrificio en la Cruz de Jesucristo «es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte de él, obteniendo frutos inagotablemente» (EE 11).
Aquí se cumple la promesa de Jesús: «Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos»; aquí Jesucristo es verdaderamente «Enmanuel», «Dios con nosotros» (Mt 1,23), Dios con los hombres que ha puesto su morada por ellos y se ha entregado a ellos para siempre en una alianza salvadora y definitiva. Por la Eucaristía la ‘plenitud de los tiempos’ (Cf Gal 4,4) no es un acontecimiento pasado sino una realidad presente ya mediante aquellos signos sacramentales que lo evocan y perpetúan.
En la Eucaristía, por ello, se contiene el «sumo bien de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra pascua y pan vivo, que por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres» (PO 5). Este misterio, en el que se anuncia y celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de su venida, en el que se actualiza, por tanto, el mayor amor que es dar la vida por los amigos y el abismo insondable del amor de Cristo a los suyos con el que nos amó hasta el extremo, este misterio eucarístico encierra toda la riqueza y vida de la Iglesia, es la fuente desde la que todo mana y la meta a la que todo conduce, constituye así el corazón de la vida eclesial. Deberíamos adentrarnos en la espesura y densidad inmensa de este misterio eucarístico. Ahí está todo. Ahí está nuestra esperanza. Ahí está el amor de Cristo que nos redime y nos salva; el amor que se nos da en comunión para que nosotros, en comunión con él, nos demos a los demás: «Tomad y comed…Haced esto en memoria mía».»Un mandamiento nuevo os doy: Amaos como yo os he amado». «Dadles vosotros de comer, como yo mismo voy a dar de comer».
Jesús reparte su Cuerpo y su Sangre. Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal -la crucifixión-, desde el interior se transforma en un acto de amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo de Jerusalén hace dos mil años y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos. Desde siempre los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. La victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solo esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redención: lo que desde lo más íntimo era necesario ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jesús puede distribuir su Cuerpo, porque se entrega realmente a sí mismo. Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos. Todos comemos el único pan y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa».
Permitidme que, al final de esta homilía, dirija mis palabras de despedida a mis queridos hermanos sacerdotes, rogándoles que también me despidan de los fieles cristianos de las comunidades cristianas a las que sirvan. Han sido años muy intensos y gozosos, en los que tampoco, como no puede ser de otra manera, ha faltado la cruz. A todos os he querido, y os quiero, entrañablemente. A todos y cada uno me gustaría abrazar, agradecer y pedir perdón; con todos deseo unirme en la misma comunión en el Cuerpo del Señor que nos hace ser su Iglesia; por todos quiero orar; con todos anhelo dar gracias al Señor.
Al finalizar este tiempo de gracia que Dios me ha concedido estar con vosotros y siendo para vosotros, mis hermanos, amigos y principales e imprescindibles colaboradores, lo único que puedo hacer es darle gracias a Dios, por su infinita misericordia, por todo lo bueno que El es y por todo lo bueno que El ha hecho a través de mi ministerio en favor de su Iglesia en estos meses.
Y como tampoco han faltado sombras – tal vez ha habido más sombras y oscuridades de las que esperabais – os ruego que me acompañéis en la súplica de perdón al que es rico en misericordia y Dios de toda consolación y que, teniendo como tenéis, un corazón grande y generoso, me perdonéis cuanto necesite ser perdonado, que, sin duda, será mucho.
De nuevo, muchas gracias, que Dios os ayude, os bendiga y os enriquezca, en su Hijo Jesucristo, con toda clase de bienes. Siempre a vuestro servicio. ¡Adelante! Un abrazo.

ALOCUCIÓN DEL CARDENAL CAÑIZARES PLAZA DE ZOCODOVER EN LA PROCESIÓN DEL CORPUS TOLEDO
(11, 6, 9)

Muy queridos hermanos y hermanas : Dios ha querido que coincida mi despedida de Toledo con estos días en que celebramos las fiestas del Cuerpo de Cristo, el don más grande que podamos recibir, la mayor prueba de amor y la mayor afirmación en favor del hombre de parte de Dios. Sólo cabe la acción de gracias por este inmenso don. Y quiero con todos dar gracias a Él en su presencia y postrarme en adoración ante Él, para alabarle y bendecirle lleno de gozo y estremecimiento por su presencia entre nosotros. La misericordia infinita de Dios se ha desbordado en favor de sus criaturas, en Jesucristo realmente presente aquí brilla la esperanza del gran día de la salvación.
Con toda mi alma agradezco que nos unamos todos juntos, tan numerosa y cordialmente, para adorar al Señor y confesar juntos que Jesucristo camina junto a nosotros, «hoy, ayer y siempre»; que Él está en medio nuestro como Pastor supremo y que es quien lleva a su Iglesia a la plenitud de la verdad y de la vida. Estamos aquí para alabar y bendecir a Dios, y recordar sus beneficios. Siempre, y particularmente ante Cristo sacramentado podemos palpar la inmensa bondad de Dios con la que Él nos quiere; esa bondad misericordiosa no nos deja nunca abandonados, aunque no le seamos fieles en toda ocasión y momento, y aunque no le hayamos correspondido, en nuestra torpeza y pecado, a su amor y su gracia. No olvido, no podemos olvidar sus inmensos beneficios que aquí, en estos años, Él, por su infinita bondad, ha derramado en favor nuestro. Quisiera que esta alabanza, penetrada de alegría por el reconocimiento del inmenso amor con que Dios nos ama y tan generosamente nos muestra, fuera pura alabanza, gozo y reposo sosegado en El, proclamación de su grandeza y de su largueza, sencilla confesión de fe de su gloria y de las maravillas que El realiza en favor nuestro, y adoración humilde por la gracia y la ternura de la que El colma a sus criaturas, de la que es la mejor prueba el misterio de nuestra fe que hoy celebramos en el Corpus Christi. Aquí, llevado por la maravilla de esa custodia de Arfe que palidece en su belleza ante la hermosura y grandeza que porta y muestra, todo apunta al gran don de Dios, su Hijo Jesucristo, en quien nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales. Cualquier beneficio, por ello, toma su bendición de Jesucristo, en quien encontramos el inmenso derroche de amor, de sabiduría y de gracia para con todos.
Juntos adoramos al Señor y nos unimos en la alabanza y acción de gracias: Dios está aquí. Solos no podemos ni debemos hacerlo. Además de que, al menos yo, somos muy pobres para dar gracias en solitario y estoy necesitado de la misericordia divina, es que Dios, en su infinita benevolencia, nos ha asociado a todos en la unidad de su Cuerpo, y no podemos nada, al menos yo, sin los otros fieles y hermanos. Yo os necesito hoy para dirigirnos juntos a Él, en comunión profunda y sin fisuras. Volvamos los ojos hacia Dios, lleno de compasión, Padre de la misericordia y Dios de toda consolación; dirijamos unidos nuestra mirada hacia su Hijo amado, Jesucristo, Señor de la Iglesia, el único Pastor y Obispo de nuestras almas, el que por nosotros da la vida y nos pastorea encaminándonos hacia la casa del Padre.
Démosle gracias también, hoy, por el ministerio episcopal que El suscita para continuar la misión que Él encomienda a los apóstoles, la suya, la de la reconciliación y el perdón, la del amor sin límite, la de anunciar el Evangelio a todo hombre para que aprendan de Él, de Cristo, y sean sus discípulos, para hacerle presente a Él por la Eucaristía y los dones de su salvación por los sacramentos. Ante el Señor, y con vosotros, sobre todo con mis hermanos Obispos y los sacerdotes, doy gracias a Dios por el ministerio apostólico que por pura gracia suya me ha confiado, por el que se nos hace presente y visible de modo sacramental y misterioso en la fragilidad de quienes El ha querido llamar y elegir confundiendo a los fuertes y entendidos del mundo. El ha querido quedarse con nosotros, en la Eucaristía, que es El mismo; y en el sacerdocio de los apóstoles transmitido al Colegio episcopal.
Han sido años intensos. Diría que muy intensos. Han sido años de inmensos dones de Dios, que sólo Él conoce y que no soy capaz de explicar adecuadamente, porque nos sobrepasan y desbordan; todos y cada uno de esos dones merecen por mi parte toda alabanza y acción de gracias. «Cantaré eternamente las misericordias del Señor». Con la Virgen María, llena de gracia y medianera de todas las gracias, quiero cantar un «Magníficat» que no tenga fin, y proclamar con Ella la grandeza del Señor, porque ha mirado mi humillación, y porque su misericordia es eterna de generación en generación. «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho, que nos ha hecho?». Es tan bueno que la única paga que exige es que lo amemos con todo lo que nos ha dado. Y cuando, al final de estos años, pienso en todo esto -voy a decir lo que siento- me horrorizo de pensar en el peligro de que alguna vez, por falta de consideración o por estar absorto en cosas vanas, me haya olvidado del amor de Dios y haya sido para Cristo causa de vergüenza y oprobio. Bien sabe Dios – y lo digo con humildad, consciente de mi debilidad y pequeñez, y porque no es obra mía- que no me he reservado nada, que me he gastado y desgastado sencillamente por la Iglesia -por ella, sin más-, a veces hasta la extenuación. Y esto no por mérito mío alguno, sino porque Él ha tenido conmigo mucha compasión y misericordia, y ha venido en mi auxilio. Todo es gracia suya; todo lo bueno que haya en estos años es suyo. Las torpezas, errores y debilidades, sin embargo míos. ¡Cuánta fuerza y verdad recobra la verdad de la gracia en esta fiesta del Corpus Christi contemplando la sagrada Hostia que admiramos y adoramos, donde se contiene todo el amor y la misericordia, la plenitud de la vida y la vida eterna, la herencia de los santos y la comunión con Cristo que hace posible que surja un mundo nuevo, donde habite la justicia y reine el amor!
Por todo ello, a Dios que está aquí, a Jesucristo que vive y está presente entre nosotros, y al Espíritu Santo que nos une en la comunión de un mismo Cuerpo con su cabeza, Cristo, a Él sólo la gloria, el honor y la bendición, por siempre. Porque de Él, fuente y origen de todo bien, procede todo don y toda gracia; por su gracia. Somos testigos de que todo es gracia de Dios, un verdadero derroche de su gracia, de que El lo obra todo en todos y toda capacidad y suficiencia viene de Él, de que su gracia trabaja siempre y de que la fuerza se realiza en la debilidad. Ante Jesús sacramentado, ante su sacratísimo Cuerpo, pidámosle que venga en ayuda de nuestra debilidad.

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