El Papa presidió ayer la procesión del Corpus Christi en Roma y puso en guardia contra la amenaza de la secularización eclesial

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Ayer, al igual que en Toledo y en Sevilla, se celebró en Roma la solemnidad del Corpus Christi. Es la festividad de la veneración y adoración de las especies eucarísticas, donde nuestro Señor Jesucristo permanece en su cuerpo y divinidad para darnos a todos vida nueva en el Espíritu.
Esta celebración del Corpus Christi por razones pastorales se ha trasladado desde hace años en España al domingo siguiente, permitiendo así la participación de todos los fieles que por diversos motivos no pueden asistir el día jueves.
Ayer tarde a las 19,00, Benedicto XVI ante la fachada de la Basílica de San Juan de Letrán, catedral de Roma, celebró la Santa Misa de la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Al final de la celebración, como cada año, el Santo Padre presidió la Procesión Eucarística a lo largo de la romana vía Merulana, hasta llegar a la basílica de Santa María la Mayor. Al final de la misma el sucesor de san Pedro impartió la Bendición con el Santísimo Sacramento.
Benedicto XVI señaló durante su homilía, según ha difundido la agencia EFE, que dentro de la Iglesia católica también avanza la secularización, “que puede traducirse en un culto eucarístico vacío y la tentación de reducir los rezos a momentos superficiales y apresurados.El Papa también pidió a Jesús que libere al mundo “del veneno del mal, de la violencia y del odio que contamina las conciencias”. El Pontífice hizo estas manifestaciones ante unas 25.000 personas que asistieron en la basílica romana de San Juan de Letrán, la catedral de Roma, a la misa solemne que ofició con motivo del Corpus Christi y a la posterior procesión por las calles del centro de la Ciudad Eterna.
En una homilía en la que resaltó la importancia de la Eucaristía y la figura del sacerdote, el Papa dijo que los fieles “esperan” que los sacerdotes den ejemplo de un auténtica devoción por la Eucaristía y que “aman” ver al sacerdotes transcurrir largos momentos de silencio y de adoración ante Jesús.
Aunque renovó la fe en la real presencia de Cristo en la Eucaristía, el anciano Pontífice agregó que “no hay que dar por descontada esta fe”.
“También dentro de la Iglesia existe hoy el riesgo de una secularización que se va deslizando, que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones privadas de aquella participación del corazón que se expresa en veneración y respeto por la liturgia”, denunció el Papa.
Benedicto XVI agregó que cada vez “es más fuerte la tentación” de reducir la plegaria a momentos superficiales y apresurados, dejándose llevar por las actividades y las preocupaciones terrenales”.
El Papa teólogo imploró a Jesús que se quede con los hombres y “libere este mundo del veneno de mal, de la violencia y del odio que contamina las conciencias” y que lo “purifique” con su poder y su amor misericordioso.
La fiesta del Corpues Christi
El motivo más inmediato de la introducción de esta fiesta fueron las revelaciones de la beata Juliana, religiosa Agustina del convento de Mont Cornillon, quien compartió sus visiones con teólogos, e inclusive el Papa Urbano IV, y por ellas se instituyó la fiesta el jueves dentro de la octava de la Santísima Trinidad. La promulgación definitiva de la fiesta para toda la Iglesia la hizo el Papa Juan XXII en el año 1317.
La procesión eucarística prácticamente se realiza desde sus inicios, y hay testimonios que indican que ya en el año 1350 se realizaba en Roma. La procesión se asoció en sus inicios a la súplica por el buen tiempo y la buena cosecha. En cuatro altares se cantaban los inicios de los cuatro evangelios: era común la convicción de que el canto de estos pasajes traería una particular protección de todos los peligros.
La procesión suplicante se fue volviendo cada vez más importante para los fieles, y durante la reforma adquirió otro carácter, el de ser una profesión de fe en la presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Y así la celebramos hoy, en toda la Iglesia, como nuestra profesión de fe en la presencia real, en todo su ser y divinidad de Jesucristo, Nuestro Señor.

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