El obispo de Jaén escribe sobre la unidad inseparable entre Eucaristía y Caridad

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El día 14 de junio celebramos la Solemnidad del Corpus Christi y el Día de la Caridad.
Estos dos elementos esenciales, Eucaristía y Caridad, se encuentran admirablemente ensamblados y desarrollados en la primera Carta Encíclica del Pontífice Benedicto XVI, bajo el título Dios es amor.

1. Son muchos los testigos cristianos, de todos los tiempos, que unieron íntimamente su devoción y cercanía al Santísimo Sacramento con su amor a favor, sobre todo, de los más necesitados. El Papa nos recuerda en esta Encíclica varios de estos nombres.
San Juan de Dios decía, en este sentido, que el amor a Dios es pura ilusión si no estamos atentos a la situación del prójimo y, a la vez, advertía que el amor al prójimo podría convertirse en pura filantropía si no se fundamenta en Jesucristo y en el amor a Dios.
Estos dos mandamientos no son dos realidades separadas. El cristiano encuentra en el amor a Dios la fuerza para amar al prójimo y, a la vez, sólo alcanzará su encuentro con Dios si ama de corazón a sus hermanos.

2. Es cierto que el amor de Dios se percibe especialmente desde el conocimiento y contemplación de Jesucristo que, por amor, entregó su vida por la salvación de todos.
Esta entrega de Cristo se perpetúa, en el tiempo, a través de la Eucaristía, en la que nos unimos a Él convirtiéndonos en un solo cuerpo. De esta manera, el amor de Dios y al prójimo, se fusionan en Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía, con una conexión indisoluble entre el mandamiento del amor a Dios y el mandamiento del amor al prójimo.
Así aparece en el texto evangélico de San Mateo, culminación de la parábola sobre el juicio final: “Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te acogimos; o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y acudimos a ti? Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuando hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Mt 25, 37-40).

3. ¡Qué grande y sublime es la presencia eucarística del Señor entre nosotros! ¡Qué admirable misterio de su amor! Pero no lo es menos su presencia vestida de soledad y de harapos en tantos rostros. Ese amor de Cristo en la Eucaristía debe llegar por nuestros corazones a cuantos tienen necesidad de pan, de consuelo, de amor.
No existe, entre los hechos milagrosos narrados en el Evangelio, uno solo que no sea un milagro de ternura, de amor y compasión de Jesús.
A los apóstoles, en ocasiones, como a nosotros, les molestaban los gritos de los pobres y enfermos. A Jesús, no. Y el que les lavó los pies el mismo día en que les dio a comer su cuerpo y a beber de la copa con su sangre, les dijo también, y a nosotros hoy: “Os he dado ejemplo para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.” (Jn 13, 15).

4. En todas las comunidades cristianas, la caridad organizada, se llama CÁRITAS.
Desde el principio de la prolongada historia de la Iglesia ha existido una conciencia clara de esta necesidad y respuesta de la comunidad desde su unión eucarística.
“Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones… todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.” (Hch 2, 42 y 44).
Más adelante se vio la necesidad de una organización para llevar a cabo, con mayor eficacia, la atención a los necesitados y surgió la diaconía como servicio del amor hacia el prójimo. Este fue el origen de las Cáritas parroquiales, interparroquiales o diocesanas, y de tantas instituciones eclesiales a favor del necesitado.

5. “Dadles vosotros de comer”
En la escena evangélica de la multiplicación de los panes y los peces, anticipación de la institución de la Eucaristía en el Jueves Santo, Jesús no despidió a la multitud sin comer, con hambre. Podía haber multiplicado el pan sin recurrir a la colaboración de nadie, pero solicitó la generosidad de aquel joven anónimo que puso a su disposición lo que tenía: cinco panes y dos peces. Con aquella ofrenda hizo el milagro de alimentar a la multitud (cf. Jn 6, 5-15).
Jesucristo ve tantas necesidades que nos mira a ti y a mí. Espera que le prestemos también “algo de lo nuestro”. Él lo multiplicará y nos saciará con creces, conforme a nuestra generosidad, con su amor divino.
Pongamos nuestros “panes y peces”, como aquel joven, en manos de Cáritas, Iglesia de Jesucristo, para luego adorarle en el Santísimo Sacramento y gustar de su presencia.
Con mi saludo y bendición.
+Ramon del Hoyo, obispo de Jaén

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