Mons. José Mazuelos fue ordenado obispo ayer en Jerez por el cardenal Amigo

mazuelos55El nuevo obispo de Asidonia-Jerez, mons. José Nazuelos, fue ordenado ayer obispo por rl cardenal Carlos Amigo Vallejo, arzobispoo de Sevilla, quien estuvo acmpañado de un grupo destacado de obispos, especialmente de la egión andaluza, actuando como cconsagrantes Mons. Monteiro de Castr, nuncio del Papa en España, y Mons. Juan del Río, arzobispo castrense y hasta ahora obispo y administrador apostólico de Jereaz.
La ceremonio se cele bró en la catedral jerezana que estuvo¡ llena de numerosos fieles y sacerdotes.
Ofrecemos el trxto completos de la homilía del Cardenal Amigo y la primera alocución de Mons. Mazuelosm nuevo obispo de jerez.

Homilía del Cardenal de Sevilla
Palabras de Mons. D. Carlos Amigo, Cardenal Arzobispo de Sevilla, en la Ordenación Episcopal de Mons. José Mazuelos Pérez, Obispo de Asidonia-Jerez.

1. Grande es el honor que hoy recibes, querido hermano Obispo, pues Cristo te ha elegido para formar parte de quienes fueron sus más cercanos discípulos y apóstoles. Abundante la gracia que se pone en tus manos, pues cuanto hizo Cristo, en memoria del Él lo has de hacer. Y desbordante de gozo debes estar, pues el Señor te considera como un íntimo de los suyos.

Llegas a esta diócesis de Asidonia-Jerez. Una Iglesia antigua y renovada. Con hondas raíces cristianas. Renovada y nueva por la pujanza de la vida cristiana y el servicio pastoral de insignes obispos, como monseñor Rafael Bellido Caro y don Juan del Río Martín, a los que con tanto afecto y gratitud recordamos.

2. Al querer perfilar la fisonomía del Obispo evangelizador han venido a mi mente unas expresivas palabras de San Agustín, que bien retrata lo que en la Iglesia han de ser y hacer los Pastores. Hablando de los Obispos de Dios, dice que lo que encontraron en la Iglesia, lo conservaron. Lo que aprendieron, lo enseñaron. Lo que recibieron de los Padres, ésto mismo entregaron a sus discípulos (Contra Jul, 11, 10, 34).

La misión propia del Obispo, como la de la Iglesia no es otra que la de evangelizar. La evangelización es su vocación, su tarea, su fatiga, su gozo (Cf. Evangelii Nuntiandi 15). El Obispo está llamado a realizar la “profecía de la Evangelización”, que Jesús pronunció en el monte de los olivos el día de la Ascensión: Id y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 1920).

Esta misión, el Obispo sólo la puede realizar bien, si se fija e imita a Jesucristo evangelizador y si lo hace sirviéndose de los colaboradores que el Señor ha puesto en la Iglesia para realizar con los Obispos el plan salvífico de la evangelización del mundo: los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, religiosas y laicos.

Tan admirable oficio y magisterio tiene también sus cargas. Los clásicos hablan de algunos riesgos para el obispo: Riesgo para su hacienda, pues la ha de repartir entre los pobres. Riesgo de su vida, pues ha de entregarla al servicio de los demás. Riesgo de su honra, pues ha de comprometerla por defender a los humillados. Riesgo de su ánima, pues la puede perder si no cumple fielmente todo lo anterior.
Junto a esas cargas y riegos, acompañan al obispo unos gozos inconmensurables, pues lo son de caridad pastoral, y la medida de este amor es un amor sin medida.

3. Gozo del obispo ha de ser el poder llevar a los demás el alimento de la palabra. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero (Salmo 118). Con la lámpara encendida para alumbrar tu camino y el de cuantos han de caminar contigo. Pero siempre has de recordar que tu llevas la lámpara, pero que solamente Cristo es la luz. Tu eres la voz, pero únicamente Cristo es el dueño de la Palabra.

Por eso, y ayudado por el consejo de San Pablo, harás muy bien en prestarle atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones la luz del Señor (p 1, 19).

4. Gozo del obispo es el de llegar a ser padre de los pobres. Si ellos, los pobres, revestidos de las más dolorosas indigencias, llegan a tu lado, piensa que Cristo es quien te los manda y recomienda para que tu les recibas y socorras como lo harías con Él mismo. Lo más querido de Dios, para el elegido de Dios.

La caridad no se contenta con hablar de necesidad y tiempos de crisis, sino que pone en marcha los más adecuados y eficaces proyectos para conseguir que las personas, en mayor indigencia y exclusión, puedan vivir con dignidad.

Esta caridad, sólida e incuestionablemente basada en la justicia y el derecho, proviene de “un corazón limpio, una conciencia recta y una fe sincera” (Tim 1, 5). Una caridad que procede de la más recta de todas las intenciones: el amor a Jesucristo presente en nuestros hermanos más necesitados.

5. Gozo del obispo es el de ser en cualquier tiempo y lugar ministro de la misericordia. Cristo es siempre nuestro ejemplo y camino. Sus heridas curan las nuestras. El es el médico y la medicina. Nuestra caridad misericordiosa proviene del mismo amor de Cristo. No podemos tener una motivación más digna y de mayor responsabilidad. Pues en nuestros hermanos necesitados vemos el mismo rostro de Cristo sufriente. Ayudar al necesitado es servir al mismo Cristo.

Al decir de San Juan de Ávila, los obispos hemos de ser administradores y repartidores de misericordia, como los ojos para llorar los males, como abogados por el pueblo de Dios, ofreciéndose para buscarle cobijo ante el tribunal del Padre. Sentirse atrapado por la misericordia de Cristo, pues somos representación de su persona, propagación de su acción apostólica e imitación de su misma vida.

El secreto de tan admirable programa está en “mirar a los demás como Cristo te mira a ti”, pues quien ofrece a Cristo está llamado a ofrecerse con él y poner los ojos en Cristo, porque si se han de “ganar a las ánimas enajenadas” sólo podrá hacerse desde la compasión, que es mirar el dolor de Dios en sus hijos. Y hacerse pan para Cristo, manjar que Él comiere, vestidos que Él vistiere, casa donde Él morase (Sermón 48).

6. Gozo del obispo, en fin, es el de llevar la cruz de Cristo. “El amor -siempre siguiendo al maestro Ávila- con sólo amor se contenta. Cristo padeció por nuestro amor, padezcamos por el suyo; Cristo llevó la cruz, ayudémosela a llevar; Cristo deshonrado, no quiera ella honra; Cristo padeció dolores, vénganme a mí; El tuvo necesidades; El fue por mí aquí extranjero, no tenga yo en que repose mi corazón; por mí murió, sea mi vida por su amor una muerte continua. Viva yo, mas ya no yo; mas Cristo viva en mí, y Cristo crucificado, atormentado, desamparado, y de sólo Dios recibido. Este Cristo quiero, aquí lo busco, y fuera de aquí no lo quiero. Haga El lo que mandare de mí, que yo trabajos quiero por El; déme galardón o no, que sólo el padecer por El es muy sobrado galardón. Y si mercedes me quisiese dar, no le pediré otras sino trabajos; porque en esto conoceré que le amo y que me ama, si me pone a mí en la cruz, donde El aquí estuvo. Que aunque yo no busque mi provecho, bien sé que, si persevero en su cruz, me llevará a su reino” (Epistolario. Carta 1).

3. En una de nuestras oraciones pascuales pedimos al Señor que la santidad del rebaño sea siempre el mejor gozo del pastor. Por eso, querido hermano, dedícate a Dios y busca tiempo para Él. ¡Tu rostro buscaré, Señor¡ ¡No me escondas tu rostro! ¡Cuándo veré el rostro de Dios! (Salmo 26). Este deseo se hace oración y súplica llena de sinceridad. El conocer a Dios se convierte en la ilusión más grande de la existencia. Se vive en el convencimiento de que estar cerca de Dios trae la felicidad. Alejarse de Él supone caer en la tristeza y en la desesperanza.

Asume con alegría las cargas de tus hermanos. Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo. (Gál. 6, 2). Que si un hermano sufre, todos los demás sufren con él. Si un hermano es honrado, todos los demás toman parte en su gozo (1Cor 12, 26).

Y confía en el Santo Espíritu de Dios que se te promete. Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El Espíritu Santo, que el Padre envíe, te recordará permanentemente lo que Cristo te ha dicho (Cf. Jn 14, 23-26).

Como riesgo gozoso del obispo es el de ser permanentemente anunciador del misterio de Cristo, nunca se deben olvidar las palabras referidas a los testigos del evangelio: daban testimonio su vida en las plazas porque ya la habían entregado a Cristo en la celebración de la Eucaristía.

María, Mater episcopi. Los apóstoles recibían el Espíritu junto a María, la Madre de Jesús. Ella se cuidará de que nunca falte el óleo santo que ungieron tus manos sacerdotales y que ha de seguir alumbrando la llama del Espíritu que se ha posado sobre tu cabeza.

“Y que tu rostro resplandezca en nosotros por el bien de la paz” (San Clemente). Amén.

ALOCUCIÓN DE MONSEÑOR JOSÉ MAZUELOS EN SU ORDENACIÓN EPISCOPAL Y TOMA DE POSESIÓN COMO NUEVO OBISPO DE LA DIÓCESIS DE ASIDONIA-JEREZ
Santa Iglesia Catedral. Sábado 6/Junio/2009

1.- En este momento en el que, por mi ordenación episcopal, he ingresado en el Colegio Apostólico debo, en primer lugar, bendecir a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que me ha elegido y destinado en la persona de Cristo para desempeñar con la gracia del Espíritu Santo esta gran misión (Ef 1, 3-10). No tengo palabras para manifestar el amor y la misericordia de Dios, a quien no ha importado mi debilidad para confiarme tan gran tesoro. Al igual que Pedro, sólo puedo decirle: “Señor tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero” (Jn 21,17).
2.- Igualmente quiero expresar mi gratitud al Santo Padre por la confianza que ha depositado en mí, al encomendarme el cuidado de esta parcela de la Iglesia de Jesucristo de Asidonia-Jerez. Deseo manifestar públicamente mi plena y total comunión con su persona y su ministerio apostólico, mi admiración por su entrega a la verdad, su valentía a la hora de proclamar el Evangelio y su amor a todos los hombres, especialmente a los más desfavorecidos.
3.- El Señor ha realizado esta obra a través de la imposición de manos. Dirijo mi agradecimento al señor cardenal D. Carlos Amigo, mi obispo, que me ordenó presbítero y del que hoy he recibido la ordenación episcopal. A cada uno de los obispos consagrantes, al señor Nuncio mi estima, mi aprecio y mi agradecimiento por todo. Agradezco a D. Juan del Río, con el que me unen vínculos particulares desde mi estancia en el seminario, la amistad y el afecto demostrado siempre. Vaya también mi reconocimiento al cardenal D. Pedro Rubiano, no sólo por estar aquí mostrándome su afecto, sino por representar a la Iglesia de Colombia, en la que tuve la suerte de dar mis primeros pasos sacerdotales, y de la que aprendí la entrega y, sobre todo a saborear, la providencia divina. Gracias, señor cardenal, también por esa riqueza de vocaciones a la vida contemplativa que compartís con nosotros y que son siempre un estímulo, un aliento y un motivo más de alabanza a Dios. No puedo olvidar a D. Juan José Asenjo, por su fraterna acogida, su disponibilidad y su ánimo a lo largo de toda la preparación al episcopado. Envío mi saludo fraterno y mi gratitud a los Obispos de las Provincias Eclesiásticas de Sevilla y Granada y a todos los Obispos concelebrantes
4.- Quiero expresar mi gratitud a todos aquellos que han sido fieles instrumentos del Señor para mostrarme su amor. En primer lugar a mis padres, de los cuales he recibido el don más precioso de la vida y de la fe cristiana. A mis hermanos, entre los que incluyo a José María y Alicia, que me han asistido y ayudado siempre con humildad y discreción. Doy las gracias a todos los amigos y paisanos de Osuna por acompañarme en estos momentos. Todos ellos tienen mucho que decir en mi biografía. Pido a todos que me tengáis presente en vuestras oraciones a Jesús Nazareno y a la Santísima Virgen de los Dolores. No puedo de dejar de agradecer al Camino Neocatecumenal, y muy en concreto a las comunidades de la parroquia de los Remedios, que me han ayudado a crecer en la fe recibida de mis padres, me han enseñado a vivir la Palabra de Dios como una Palabra viva y a amar a la Iglesia como a una madre. Incluyo igualmente a todos los sacerdotes que me han educado en la fe, y con los que he compartido ministerio en la Diócesis de Sevilla.
No quiero olvidarme de todos aquellos que me han enseñado a ser sacerdote y me han estimulado a intimar con el Señor. Me refiero a los feligreses y paisanos de las parroquias de San Isidro Labrador del Priorato, en Lora del Río, y de Santa María de las Nieves de Benacazón, representados hoy aquí por algunos de ellos. Tengo también un recuerdo especial a los compañeros en el Colegio español de Roma y a los hermanos de la Parroquia de Santa Francesca Cabrini. No puede faltar en este momento un recuerdo a la Universidad de Sevilla, a sus profesores, personal no docente y alumnos, sin olvidar a la Universidad Pablo de Olavide. Permitidme un agradecimiento especial a D. Miguel Florencio anterior Rector de la Hispalense, a D. Joaquín Luque, Rector Magnífico de la Universidad de Sevilla y a su Vicerrectora de Relaciones Institucionales, Doña Teresa García, por acompañarme en este día tan especial y, sobre todo, por el cariño y respeto que siempre me han mostrado. Por último, gracias a mi querida Hermandad de los Estudiantes y a sus dos juntas de gobierno, con las que he compartido tanto y donde he ejercido la dirección espiritual estos años.
5.- Doy las gracias a todas las autoridades aquí presentes por acompañarme. Manifestar mi alegría por contar con la presencia de la alcaldesa y la representación del ayuntamiento de Osuna, que hacen presente en este día de gozo a todos mis queridos paisanos a los que llevo siempre en el corazón. Muchas gracias Rosario. También envío mi reconocimiento a la alcaldesa de la ciudad que me acoge, Jerez, a las autoridades civiles y militares y a los representantes de ayuntamientos de diversos pueblos y ciudades de la Diócesis. Mi gratitud a todos y, desde ahora, os digo que no olvidaré el precepto del apóstol de rezar por los que nos gobiernan para que no desfallezcan en la construcción del bien común, para poder crecer en paz y en humanidad.
6.- Acabo de recibir la gracia de la plenitud del sacerdocio y, por tanto, he sido agregado al colegio episcopal. Siguiendo la costumbre de la Iglesia, se me ha entregado el báculo, que ha puesto de manifiesto que hoy la Iglesia de Asidonia- Jerez ha recibido un nuevo Pastor. Dicho báculo significa, entre otras cosas, que el fundamento de todo apóstol debe estar en Cristo. Él es la razón de todo mi ministerio y sólo con Él me siento capaz de llevar a delante la misión. Mi consuelo es “levantar los ojos a los montes para saber que el auxilio me viene del Señor” (Sal 120). Mi fuerza es la certeza de que Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Mi esperanza está basada en el mandato de anunciar el Evangelio (1Cor 9,18). Y mi oración es pedirle que no dude nunca de su amor, y que ese amor sea la seguridad en mi ministerio.
Debemos seguir viviendo y anunciando a Jesucristo y su Palabra, recogida en su Iglesia. Precisamente por eso, he escogido como lema para mi ministerio episcopal las palabras de la primera Encíclica de Juan Pablo II Redemptor hominis Iesus Christus. Dios es necesario para el hombre y, es más, no lo daña, sino que lo sana como nadie lo podrá hacer jamás. Él no es en absoluto una amenaza para el hombre, sino que, más bien, es el único camino a recorrer si se quiere reconocer al hombre en su entera verdad y exaltarlo en sus valores. Cristo es el que manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación. En Jesucristo es donde podemos encontrar la medida del verdadero humanismo, que tanto necesita nuestra sociedad para salir de la dictadura del relativismo. Él es la vida y la salvación para toda la humanidad porque sólo Él tiene palabras de vista eterna, y ha hecho posible que podamos degustar la eternidad aquí y ahora para ser luz de esperanza.
Ante este tesoro, debemos afirmar el significado de nuestra identidad y estar orgullosos de ser discípulos de Cristo. Hemos de gritar con fuerza que Cristo puede salvar al hombre siempre: con riqueza o con pobreza, con libertad o sin ella, con amores o con odios, en el Norte o en el Sur. No podemos olvidar que en Jesucristo el hombre está revelado en plenitud y, a la luz de esa revelación construimos un mundo más justo y humano.
7.- Quiero deciros a vosotros, mis hijos queridos de Asidonia Jerez, que sé que no parto de cero: tengo el sendero bien marcado por mis predecesores. Cuento con vosotros sacerdotes y diáconos, con vuestras oraciones, y con vuestra ayuda para emprender esta misión. Espero que no sólo seáis mi ayuda sino también mi consuelo. Animo a todos los religiosos y religiosas a seguir trabajando en la construcción del Reino de Dios. Recibid todo mi aliento y ayuda para manteneros fieles a vuestros carismas. A vosotros, queridos fieles laicos, la fe en Cristo, nuestro Salvador, os sitúa en medio del mundo como luz, sal y fermento. Entre todos debemos desear y buscar el auténtico progreso de la sociedad donde vivimos y el mayor bienestar para los hombres y mujeres de nuestro tiempo y del futuro, que pasa, sin lugar a dudas, por el anuncio del Evangelio de la vida. Animo a vosotros, familias cristianas, a desempeñar esa labor tan importante que os toca hoy: ser primicias y estandartes de la civilización del amor. Invito a vosotros, los jóvenes, a sentiros orgullosos de la fe de vuestros mayores, que ha hecho grande la historia de nuestro pueblo. No olvidéis que la auténtica libertad está en el seguimiento a Cristo. Merece la pena seguir a un Dios Padre que invita a una aventura gozosa de amor, y que ha introducido a muchos en una maravillosa aventura de entrega y servicio.
Por último, he de manifestaros que lo primero que haré como obispo será conoceros como hermanos en la fe de un Dios que nos ha amado en Jesucristo el Señor. Él debe llevar y llevará siempre la iniciativa. No nos fallará jamás. Y además, contamos con la ayuda de la Santísima Virgen Inmaculada. ¡Ánimo, hermanos! “Él nos mantendrá firmes hasta el fin, para que estemos sin tacha el día que venga Cristo Jesús, nuestro Señor” (1 Cor 1, 8), y, juntos, sigamos “luchando con la fuerza de Cristo” (Col 1,29). Y a todos los presentes y los que han seguido esta celebración a través de la radio y la televisión, que el Señor os bendiga y os proteja. Amén.

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