Vida humana y familia dones preciosos. Carta pastoral de Mons. Yanguas, obispo de Cuenca

mons-yanguasA todo el pueblo de Dios que peregrina en Cuenca

En las encuestas que con periodicidad se hacen a los hombres y mujeres de nuestros pueblos y ciudades con el fin de conocer las personas, instituciones o realidades sociales en general que merecen mayormente su confianza, la familia, con machacona insistencia que no distingue de países, cultura o condición social, ocupa frecuentemente el primer lugar. Para la mayor parte de los integrantes de nuestra sociedad la familia representa el valor social más seguro, la realidad humana más entrañablemente sentida, el entorno social más querido. Este hecho debería llevar a todos, Iglesia, legisladores, instituciones civiles, educadores, administraciones…, a una meditada reflexión, ajena a cualquier ideología, y abierta, en cambio, a todo aquello que signifique defensa, promoción y ayuda a las familias.

La Iglesia y el Estado, cada uno en el ámbito que le es propio y según su peculiar finalidad, están al servicio de la persona. Por lo que se refiere a la Iglesia, el Papa Juan Pablo II lo afirmó con especial vigor y con eficaz laconismo al afirmar en su primera encíclica Redemptor hominis que el hombre, cada hombre, es el camino de la Iglesia. Esta no tiene otra misión ni otro fin que el de ser mediadora de la Redención de Jesucristo para cada hombre.
En su servicio a los hombres, la Iglesia es consciente de que la familia es indispensable para que el ser humano nazca de manera acorde con su dignidad, para que crezca y desarrolle cada vez más su humanidad. Es también consciente de su importancia para el nacimiento de la fe en el niño y para el crecimiento de la misma. Desde los mismos comienzos del cristianismo la familia ha venido siendo considerada como iglesia doméstica. Así la ha denominado también el último Concilio ecuménico.
De ahí la insistencia de la Iglesia en situarla en el centro de su tarea pastoral, de hacer de ella lugar de intersección de sus trabajos, nudo que unifica las vías por las que desea llegar a cada hombre. Por eso también, la Iglesia, en su servicio a los hombres no duda en proponer a la familia como el camino que ha de recorrer. El Concilio Vaticano II lo sabía bien cuando, al tratar de los institutos matrimonial y familiar, encabezaba su exposición con el título: Sobre la promoción del matrimonio y de la familia.
Las distintas naciones perciben igualmente con claridad el servicio indispensable que la familia presta al hombre. Es significativo que las Naciones Unidas, no obstante la inquietante ambigüedad de la propuesta y de sus concretizaciones, promovieran en su momento la iniciativa de proclamar el año 1994 Año internacional de la familia, conscientes sin duda de que la cuestión familiar es fundamental también para los Estados a los que afecta muy de cerca.
Pero es a la vez manifiesto que la familia atraviesa graves crisis internas y que se ve sometida a influencias políticas, legislativas, culturales, sociales y económicas dañosas, que difuminan los claros perfiles de su identidad, así como los de la institución matrimonial que está en su origen ─ unión de un hombre y una mujer, abierta a la transmisión de la vida ─, dinamitan su solidez interior, facilitando su disolución incluso mediante medidas legales, y obstaculizan a veces su misma formación con discutibles o inaceptables políticas familiares.
Ya el Concilio Vaticano II hacía presente que “la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está obscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación” (Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 47). El Concilio hace mención en el mismo documento de dos crímenes de especial gravedad: el aborto y el infanticidio, a los que no duda en calificar de abominables (n. 51), y cita la eutanasia entre aquellas prácticas que (como los genocidios, el suicidio deliberado, las mutilaciones, la tortura, los conatos para dominar la mente humana, las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes, las condiciones laborales degradantes), son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador” (n. 27).
Lamentablemente, hoy vuelven a sonar en nuestra sociedad “voces de muerte”, de las que se hacen eco los medios de comunicación. Son voces que tienen que ver con el origen y el final de la vida humana ─ aborto y eutanasia ─, y por tanto con la familia misma, que es su “casa”, su “hábitat” más propio. Esas “voces” anuncian el arreciar de una tormenta que compromete radicalmente el bien común, cuya promoción en cambio corresponde a todos, de manera muy particular a los poderes públicos. Se trata de lesiones gravísimas de la justicia, es decir, de aquella virtud fundamental para la buena marcha de la sociedad, que obliga a dar a cada uno lo suyo, lo que le pertenece y constituye un derecho suyo nativo e inalienable.
Esas “voces de muerte”, queridos diocesanos, son las que me llevan a dirigirme a vosotros, de manera muy especial a los sacerdotes con cura de almas, para recordaros verdades y valores que bien conocéis, que están en la base de una convivencia de libertades, justa y pacífica, y cuya lesión debilita y aun elimina los fundamentos mismos que hacen posible una sociedad justa.
Con estas líneas, a la vista de las reformas legislativas, “voces de muerte” que representan una amenaza más para la vida, quiero secundar la iniciativa de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española, con la que se hace eco a las palabras del Papa Juan Pablo II: “Es urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida encaminada a promover una gran oración por la vida”.
Para facilitar la oración por la vida, la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida ha preparado unos sencillos y útiles subsidios, a los que conviene dar una amplia y capilar difusión y utilizar en las ocasiones más diversas. Sirven, en efecto, para la oración personal y comunitaria, para los momentos de adoración al Santísimo, para las preces de la Santa Misa y de la Liturgia de las Horas, etc.
La Delegación diocesana de Familia y Vida está a vuestro servicio para el pedido de los subsidios en cuestión. De acuerdo con ella se está pensando en una serie de actividades, a diverso nivel, que difundan en todos los ambientes el Evangelio de la vida y sostengan a las personas que quieren hacerlo guía de su vida matrimonial y familiar. Queremos que la defensa y promoción de la familia y de la vida, en su sentido más amplio (que abarca la catequesis familiar, la preparación próxima y remota al matrimonio, la pastoral de los matrimonios y familias jóvenes, la educación de los hijos, los sacramentos de iniciación, etc.), constituyan algunas de las líneas fundamentales del proyecto pastoral diocesano para los próximos años.
A la Sagrada Familia de Nazaret confiamos los esfuerzos de todos en favor del precioso y sagrado don de la vida humana y de la familia según el plan de Dios.
Cordialmente, con mi bendición.

+ José María Yanguas
Obispo de Cuenca

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 37453 Articles
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).