“¡Ven, oh Espíritu Santo!”, carta del obispo de Girona

obspogironaMe imagino la escena. Jesús envía a sus discípulos: id por todo el mundo y anunciad la Buena Nueva, devolved la salud a los enfermos, bautizad, perdonad…
Y los discípulos, mirándose unos a otros, y preguntándose:
Pero, Señor, ¿qué instrucciones nos dejas, qué normas a seguir?
¿De qué recursos materiales dispondremos? ¿Y con qué ayudas podremos contar para ir por todo el mundo? Somos muy pocos, no tenemos nada ¿qué podremos hacer?
RECIBIRÉIS EL ESPÍRITU SANTO QUE DESCENDERÁ SOBRE VOSOTROS.
La cara de los apóstoles y los discípulos debía ser todo un poema, por la sorpresa. Si uno hace un encargo, también tiene que facilitar los medios para cumplirlo. Y Jesús les dice que han de contar con el Espíritu Santo.
Y en cuanto reciben el Espíritu durante la fiesta de Pentecostés, no hay quien los detenga. Abren las puertas para expulsar el miedo, levantan la voz en la plaza pública, se enfrentan al tribunal supremo del Sanedrín, se sienten capaces de ir a todas partes para anunciar una nueva doctrina y una nueva realidad; incluso pueden superar las cadenas y la cárcel y levantar al paralítico: “No tenemos dinero -le dicen, te damos lo que poseemos: en nombre de Jesús, levántate y anda”. Además, aquellos hombres, tímidos hasta aquel momento, osan replicar con descaro a la autoridad: “Hay que obedecer antes a Dios que a vosotros”.
Ciertamente Jesús les regaló el único don que necesitaban: EL ESPÍRITU SANTO. Pero la historia ha continuado a lo largo de los siglos.
Sin el Espíritu, Cristo sería un gran maestro, pero no el Resucitado, presente entre nosotros aquí y ahora.
Su enseñanza sería una buena doctrina y una pauta de conducta, pero no una Palabra Viva, Buena Noticia, que cambia el corazón y la vida.
Sin el Espíritu, las limitaciones humanas, los pecados, las envidias, las rupturas… habrían aniquilado la comunidad cristiana. De la Iglesia no quedaría siquiera el recuerdo.
Sin el Espíritu, habría sido imposible la entrega generosa de tantas personas que, hasta el extremo de dar su vida, han proclamado el evangelio de palabra y obra por todos los rincones del mundo.
Sin el Espíritu, es imposible sufrir el martirio, las torturas, el aislamiento, el destierro, el desprecio, y seguir amando y perdonando a todos los verdugos y enemigos y orar por ellos.
Sin el Espíritu, los sacramentos son signos humanos, pero incapaces de ofrecer los dones salvadores de Cristo.
Sin el Espíritu, no podríamos decir “Padre nuestro”.
Sin el Espíritu, no seríamos lo que somos, ni viviríamos lo que vivimos.
Sin el Espíritu, nuestro entorno sería un desbarajuste total.
Por todo ello, Señor, envía el Espíritu, el del Padre y el tuyo, a los jóvenes y ancianos, a los niños, a los hombres y mujeres, a los de arriba y a los de abajo, desde donde sale el sol hasta el ocaso y de Norte a Sur.

Envía tu aliento sobre los que creen, sobre los que dudan, sobre los que aman, sobre los que están solos, sobre las palabras y sobre los silencios, sobre las lenguas y sobre los cantos de los hombres. Despierta tu Aliento en los que construyen el futuro, los que defienden el bien, los que aman la vida, los que crean belleza.

Derrama tu Espíritu sobre las casas y las ciudades, sobre el mundo, sobre las personas de buena voluntad. Ahora y aquí, sobre todos nosotros.

+Francesc Pardo y Artigas
Obispo de Girona

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