Obispo de Girona: «Un cristiano triste es un triste cristiano»

tristeza“Os he hablado de esto para que mi alegría esté con vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”. Son palabras de Jesús que proclamamos en el evangelio del presente domingo. Algunos grandes pensadores, radicalmente críticos con el cristianismo, han señalado especialmente que los cristianos somos unos seres tristes, que disfrutamos con el sufrimiento y no con los gozos; que nuestro objetivo es privarnos de los placeres y las alegrías de la vida; que somos personas resentidas y crueles con nosotros mismos, que nuestro objetivo es la mortificación, dominados por un permanente sentimiento de culpabilidad. En definitiva, que somos unos “desgraciados”.
Si únicamente atendemos a esta descripción u otras parecidas ¿Quién va a apuntarse? Al contrario, uno sentiría deseos de darse de baja.
Si a todo ello añadimos los planteamientos que se formulan desde ciertos medios de comunicación de masas, que acentúan dicha visión, más de uno se plantea abandonar, otros aguantan como pueden el temporal y viven su fe de forma casi clandestina, sin hablar nunca de ella públicamente, reduciéndola al ámbito individual, sin atreverse a testimoniarla. Otros afrontan la situación sin importarles lo que se diga, se trata de personas con suficiente experiencia y suficientes razones para vivir con profunda alegría merced a la fe en Cristo.

Hay que reconocer que, en ciertos momentos, nuestros rostros, nuestro talante de creyentes, no reflejan alegría. Si escrutamos con curiosidad les rostros de los fieles que participamos en la misa dominical, a la salida del templo vemos que la mayoría no reflejan una alegría mayor que la que experimentamos cuando hemos ido al consultorio médico o a la delegación de hacienda.
No me refiero a la sonrisa sarcástica, frívola, inconsciente o alienante de quien se niega a afrontar la realidad de la vida, que pasa de todo y de todos. Me refiero al rostro sereno de quien, a pesar de todo, se siente profundamente amado y unido a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida; a Aquel que lo ha dado todo para que pueda sentirme liberado y perdonado de toda culpa; a Aquel que me ha comunicado la mejor Noticia de mi vida. Que ha estado en compañía y en comunión con Aquel que con toda certeza me ofrece todo lo que necesito para afrontar la vida, incluso para afrontar lo que no me gusta tratar y me da mucho miedo: la enfermedad y la muerte. El rostro alegre de quien sabe que ha amado y ruega por todos, por los familiares y amigos, por los que no quieren saber nada de Jesús, por los enemigos y por todos cuantos viven pendientes de alguna necesidad. El rostro de quien ha podido dialogar con Dios sobre aquellos a quienes ama y a quienes nunca les puede hablar de Dios. Orar es amar.

La cuestión es la siguiente: cuando vivimos las celebraciones, cuando hablamos de nuestra fe, cuando nos acercamos a las personas, cuando actuamos y servimos… ¿cuál es nuestro proceder? ¿El de hombres y mujeres “ya salvados”, “liberados”, “amados”, “perdonados”, “confiados en el amor de Dios”, “convencidos de la presencia del Espíritu”…. y, por ello, radiantes de felicidad, serenidad y paz? ¿O todo lo contrario?
¡Un cristiano alegre, es un gran testimonio de Jesús!
¡Todos desean asemejársele!
Vivamos contentos, muy contentos de ser cristianos, y que se note, os lo pido por favor.

+Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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