«Sombras en la vida matrimonial», carta del arzobispo de Tarragona

mnpujol1 17 de mayo de 2009. A lo largo de bastantes semanas y alternando con otros temas de actualidad, he ido tratando los puntos del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica que se refieren al Matrimonio. En este “sacramento grande”, como le llama san Pablo, se dan una gracia y unos efectos maravillosos, pero no se nos oculta que, por la dureza del corazón y por el pecado, las sombras también pueden hacer acto de presencia en la vida matrimonial. Como el Compendio las tiene presentes y habida cuenta de que no pocas veces se producen malentendidos sobre esas situaciones difíciles, quisiera referirme a ellas, aunque sea brevemente.
Por un lado, la Iglesia admite la separación física de los esposos cuando la cohabitación, por motivos graves, se hace prácticamente imposible. Es preciso procurar siempre la reconciliación y es necesario también buscar todas las posibles soluciones, pero en algunos casos puede ser verdaderamente difícil. Los separados, mientras vive el otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión.
Otra cosa es el divorcio, que se opone a la indisolubilidad del Matrimonio. Parece que ha quedado claro que facilitar el divorcio —en ocasiones por motivos que piden, más que romper el matrimonio, intntar con humildad la reconciliación— ha sido abrir la puerta a una verdadera plaga. El preocupante número de matrimonios rotos es la prueba.
Todo esto no debe confundirse con lo que se conoce, técnicamente, como la nulidad; eso es, la declaración por parte de la autoridad eclesiástica —mediante un proceso bien instruido— de que el matrimonio es nulo; es decir, que nunca existió. No es admisible pensar que se conceda más fácilmente a algunas personas porque son famosas o porque tienen más dinero: todo católico casado tiene derecho a que se examine si su matrimonio es nulo en el supuesto de existir indicios serios, y la justicia le ampara también en caso de que tenga una situación económica difícil.
Más complicada es la situación de aquellos católicos divorciados que se han vuelto a casar civilmente. Las palabras de Jesús que recoge san Mateo en el evangelio son muy claras: el divorciado o divorciada que se casa con otro vive en una situación irregular, en contra de los planes de Dios. Como no puede ser de otra manera, la Iglesia muestra una solicitud atenta hacia esas personas, hijos de Dios y de la Iglesia que, recordémoslo, no están excomulgados como tantas veces se dice erróneamente. Esas personas forman parte de la Iglesia y están invitadas a la plegaria, a la vida de fe, a las obras de caridad, a la educación cristiana de los hijos…
Es cierto que se encuentran en una situación irregular que, objetivamente, va contra la ley de Dios y que eso les impide acceder al sacramento de la penitencia y a la comunión eucarística mientras permanezcan en esa situación, pero no han perdido la comunión eclesial. Tengo muy claro que esas situaciones son difíciles y dramáticas y que, a veces, se llega a ellas sin culpa; por esto es Dios, Padre de misericordia, quien en última instancia nos juzgará a todos. Esos hijos de la Iglesia son algunos de los principales destinatarios de mis oraciones.
Oremos todos por la santidad del matrimonio y de los esposos y para que, con humildad y con un amor auténtico, busquemos siempre el bien de las familias.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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