El Papa recuerda en Israel que la fe se vive siempre en la cultura y subraya el poder de la razón para vivir juntos en profundo respeto, estima y aprecio

papaisrael2(RV). Benedicto XVI se ha encontrado esta tarde, en el último acto de este lunes, con varias organizaciones para el Diálogo Interreligioso. Al encuentro -celebrado en el Centro Nuestra Señora de Jerusalén- han acudido unas 500 personas, entre las que estaban representantes de las diferentes religiones de Tierra Santa. A todos ellos el Pontífice les ha recordado que “la fe se vive siempre en la cultura”.

En este sentido el Papa ha señalado que hoy en día el encuentro de las religiones con la cultura se realiza más allá del plano geográfico, gracias sobre todo, al mundo globalizado y a instrumentos como Internet. Alabando la capacidad de este medio para crear “un sentido de cercanía y de unidad”, Benedicto XVI ha invitado a utilizar la red con cautela, porque en ocasiones “el uso ilimitado de portales” que a veces no dan una correcta información “puede transformarse fácilmente en un instrumento de creciente fragmentación”.

La pregunta que surge en este contexto, ha señalado el Papa, es cuál es la contribución que las religiones pueden dar a la cultura del mundo globalizado. La respuesta la ha ofrecido el propio Pontífice: “proclamar con claridad lo que las religiones tenemos en común”. Desde esta perspectiva Benedicto XVI ha proclamado la posibilidad de unidad “que no depende de la uniformidad”.

“Mientras las diferencias que analizamos en el diálogo interreligioso pueden aparecer a veces como barreras”, el Papa ha recordado que el respeto por lo universal, por lo absoluto, y por la verdad, “impulsa en primer lugar a los creyentes a relacionarse”. De este modo la religión no sólo enriquece la cultura, sino que la plasma en base a los principios y a las acciones que provienen de la fe, porque “la fe religiosa presupone la verdad”, y por esta razón hay que proseguir con los esfuerzos de testimoniar la verdad.

Juntos podemos proclamar que Dios existe y que puede ser conocido, que la tierra es su creación, que nosotros somos sus criaturas, y que Él invita a todo hombre y mujer a seguir un estilo de vida que respete su diseño para el mundo. Porque más allá de amenazar la tolerancia de la diferencia, la verdad hace que el consenso sea posible y mantiene el debate público razonable y honesto, abriendo el camino a la paz.

Los creyentes, ha afirmado el Pontífice, pueden compartir con los demás la verdad de Dios ofreciendo un servicio a la sociedad a través del instrumento de la razón. El Papa ha invitado a los representantes de las organizaciones para el Diálogo Interreligioso a reflexionar, sobre todo en esta época de acceso inmediato a la información y de tendencias sociales que generan una especie de monocultura. “Nuestras diferencias no tienen que aparece como fricciones o tensiones entre nosotros o con la sociedad. Al contrario, éstas ofrecen una esplendida oportunidad a las personas de diferentes religiones para vivir juntos en profundo respeto, estima y aprecio”.

Visita al presidente de Israel

Benedicto XVI se ha encontrado con el presidente israelí en el Palacio presidencial de Jerusalén ante quien ha reiterado que “la seguridad, la integridad, la justicia y la paz, en el designio de Dios son inseparables. En su discurso el Papa ha subrayado que “ningún individuo, ninguna familia, ninguna comunidad o nación queda exento del deber de vivir en la justicia y trabajar por la paz. Naturalmente se espera que los líderes civiles y políticos aseguren una seguridad justa y adecuada para el pueblo a cuyo servicio han sido elegidos.

Retomando su discurso a las Naciones Unidas del año pasado el Papa ha recordado que los valores y los fines auténticos de una sociedad siempre tutelan la dignidad humana y son indivisibles, universales e interdependientes. “Se sirve verdaderamente a los intereses de la nación cuando se persigue la justicia para todos”.

El Santo Padre ha aludido en numerosas ocasiones a la cuestión de la seguridad, que será duradera si está basada en la confianza, alimentada con la justicia y sellada con la conversión de los corazones “que nos obliga a mirar al prójimo directamente a los ojos y reconocerle como a un semejante”. El Papa se ha interrogado sobre la posibilidad de transformarse en una comunidad de aspiraciones nobles, donde todos tengan acceso a la educación, al hogar y a la posibilidad de trabajar, una sociedad preparada para construir sobre los fundamentos duraderos de la esperanza.

Dirigiéndose directamente a las familias de esta tierra el Papa les ha preguntado: ¿Cuántos padres quiere la violencia, la inseguridad o la división para sus hijos o para sus familias? ¿Cómo se puede servir a un objetivo político mediante los conflictos y la violencia? “Oigo el clamor de quienes viven en este país e invocan justicia, paz, respeto de su dignidad, seguridad estable y una vida diaria libre del miedo, de amenazas externas y de violencia insensata”.

Benedicto XVI se ha dirigido también a los líderes religiosos diciendo que “deben ser conscientes que cualquier división o tensión, cualquier tendencia a la introversión o a la sospecha entre creyentes o entre nuestras comunidades, fácilmente puede conducir a una contradicción que oscurezca la unicidad del Omnipotente, traicione nuestra unidad y contradiga al Único que se revela a sí mismo como ‘rico de amor y fidelidad’”.

En este contexto el Santo Padre ha hablado de Jerusalén como la encrucijada de pueblos de distinto origen, la ciudad que desde hace tiempo permite a judíos, cristianos y musulmanes asumir el deber y el privilegio de ser testigos juntos de la coexistencia pacífica, tan deseada desde hace tiempo.

DISCURSO COMPLETO

Señor Presidente,

Excelencias,

Señoras y Señores,

Qué gentil acto de hospitalidad, el Presidente Peres nos ha acogido en su residencia, ofreciéndome la posibilidad de saludar a todos y de compartir, al mismo tiempo, con ustedes algunas breves consideraciones. Señor Presidente, le doy las gracias por la cortés acogida y por sus calurosas palabras de saludo, que de corazón contracambio: Doy las gracias además a los músicos que nos han entretenido con sus elegantes interpretaciones.

Señor Presidente, en el mensaje de felicitaciones, que Le envié en ocasión de Su toma de posesión, tuve de buen grado recordar Su ilustre testimonio en el público servicio marcado por un fuerte compromiso en alcanzar la justicia y la paz. Hoy le deseo asegurarle a Usted y al Primer Ministro Netanyahu y a su gobierno apenas constituido, así como a todos los habitantes del estado de Israel, que mi peregrinación a los Lugares santos es una peregrinación de oración en favor del don precioso de la unidad y de la paz para Oriente Medio y para toda la humanidad. Verdaderamente, cada día rezo para que la paz que nace de la justicia vuelva a Tierra Santa y a toda la región, trayendo seguridad y renovada esperanza para todos.

La paz es ante todo un don divino. La paz en efecto es la promesa del Omnipotente a todo el género humano y constituye la unidad. En el libro del profeta Jeremías leemos: “qué bien me sé los pensamientos que pienso sobre vosotros – oráculo de Yahvé – pensamientos de paz, y no de desgracia, de daros un porvenir de esperanza” (29, 11). El profeta nos recuerda la promesa del Omnipotente que “se dejará encontrar”, que “escuchará”, que “nos reunirá juntos”. Pero existe también una condición: debemos “buscarlo” y “buscarlo de todo corazón” (cfr ibid. 12-14).

A los líderes religiosos hoy presentes les que quiero decir que la contribución particular de las religiones en la búsqueda de paz se funda, en primer lugar, en la búsqueda apasionada y de acuerdo con Dios. Nuestro deber es el de proclamar y testimoniar que el Omnipotente está presente y es conocible, también cuando parece escondido a nuestra vista, que Él actúa en nuestro mundo para nuestro bien y que el futuro de la sociedad está marcado por la esperanza cuando vibra en armonía con el orden divino. Es la presencia dinámica de Dios que acerca y reúne los corazones y asegura la unidad. De hecho, el fundamento último de la unidad entre las personas está en la perfecta unicidad y universalidad de Dios, que ha creado al hombre y a la mujer a su propia imagen y semejanza, para conducirnos dentro de su vida divina, de manera que todos podamos ser una cosa sola.

Por lo tanto, los líderes religiosos deben ser conscientes de que cualquier división o tensión, toda tendencia a la introversión o a la sospecha entre creyentes o entre nuestras comunidades puede llevar fácilmente a una contradicción que oscurece la unicidad del Omnipotente, traiciona nuestra unidad y contradice al Único que se revela a sí mismo como “rico de amor y de fidelidad” (Es 34, 6: Sal 132,2; Sal (5, 11). Queridos amigos, Jerusalén, que desde hace muchísimo tiempo ha sido un lugar de tránsito de pueblos de diversos orígenes, es una ciudad que permite a los Judíos, Cristianos y Musulmanes asumirse tanto los deberes como el gozar del privilegio de dar juntos testimonio de pacífica coexistencia , desde hace tanto tiempo deseada por los adoradores del único Dios; de descubrir el plan del Omnipotente, anunciado por Abraham, para la unidad de la familia humana; y de proclamar la verdadera naturaleza del hombre como buscador de Dios. Comprometiéndose pues a asegurar que, mediante el amaestramiento y la guía de nuestras respectivas comunidades, las mantendremos en el ser fieles a aquello que verdaderamente son como creyentes, siempre conscientes de la infinita bondad de Dios, en la inviolable dignidad de todo ser humano y de la unidad de la entera familia humana.

La Sagrada Escritura nos ofrece también una comprensión suya de la seguridad. Según el lenguaje judío, seguridad – batah – deriva de la confianza y no se refiere solamente a la ausencia de amenazas sino también al sentimiento de calma y de confianza. En el libro del profeta Isaías leemos de un tiempo de bendición divina: “Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros un espíritu. Se hará la estepa un vergel y el vergel será considerado como selva. Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua” (32, 15-17). Seguridad, integridad, justicia y paz: en el designio de Dios para el mundo son inseparables. Muy lejos de ser un simple producto del esfuerzo humano, son valores que manan de la relación fundamental de Dios con el hombre, y residen como patrimonio común en el corazón de todo individuo.

Existe solamente un camino para proteger y promover estos valores: ¡ejercitarlos!, ¡vivirlos! Ningún individuo, ninguna familia, ninguna comunidad o nación queda ausente del deber de vivir en la justicia y de trabajar por la paz. Naturalmente, se espera que los líderes civiles y políticos aseguren una justicia y una adecuada seguridad para los pueblos para cuyo servicio han sido elegidos. Este objetivo forma parte de la justa promoción de los valores comunes de la humanidad y por lo tanto no pueden contrastar con la unidad de la familia humana. Los valores y los fines auténticos de una sociedad, que siempre tutelan la dignidad humana, son indivisibles, universales e interdependientes (cfr Discurso a las Naciones unidas, 18 abril 2008).

No se pueden por lo tanto realizar cuando caen en la presa de intereses particulares o de políticas fragmentarias. El verdadero interés de una nación se sirve mediante el querer alcanzar la justicia para todos.

Amables Señoras y Señores, una seguridad duradera es cuestión de confianza, alimentada en la justicia y en la integridad, sigilada por la conversión de los corazones, que nos obliga a mirar al otro a los ojos y a reconocer el “Tú” como un semejante, un hermano mío, una hermana mía. De esta manera, ¿no se convertirá posiblemente la sociedad misma en “un jardín colmado de frutos” (cfr Is 32, 15), ya no marcado por bloques y obstrucciones, sino por la cohesión y la armonía? ¿No podría convertirse en una comunidad de nobles aspiraciones, donde a todos de buen grado se les da el acceso a la educación, al hogar familiar, a la posibilidad de empleo, una sociedad dispuesta a edificarse sobre unos fundamentos duraderos de esperanza?

Para concluir, deseo dirigirme a las familias comunes de esta ciudad, de esta tierra. ¿Cuáles padres quieren la violencia, inseguridad o división para sus hijos o para sus familias? ¿Qué objetivo humano y político podrá jamás realizarse por medio de los conflictos y la violencia? Oigo el clamor de cuantos viven en este País que invocan la justicia, paz, respeto para su dignidad, seguridad estable, una vida cotidiana libre del miedo de amenazas externas y de insensata violencia. Sé que es un considerable número de hombres, mujeres y jóvenes los que están trabajando por la paz y la solidaridad, por medio de programas culturales e iniciativas de sostén práctico y de caridad; bastante humildes para perdonar, ellos tienen la valentía de aferrar el sueño que es su derecho.

Señor Presidente, le doy las gracias por la cortesía demostrada y Le aseguro todavía una vez mis oraciones por el Gobierno y por todos los ciudadanos de este Estado. Que una auténtica conversión de los corazones de todos, pueda conducir a un compromiso cada vez más firme por la paz y la seguridad, por medio de la justicia para cada uno.

¡Shalom!

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