El Papa denuncia los influjos negativos del mundo globalizado

(RV). Con la luz de Cristo que disipa la oscuridad – que las fuerzas del mal intentan propagar sin cesar en nuestro mundo – la voz auténtica de la fe lleva siempre justicia, caridad y paz a todos sin distinción, con especial atención a los menores víctimas de personas sin escrúpulos. Lo ha recordado Benedicto XVI, esta tarde, en la catedral greco melquita de San Jorge de Ammán. Con la celebración de las vísperas en este rito, el Papa ha mantenido un encuentro con los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y movimientos eclesiales, manifestando su profunda gratitud por esta «bella oportunidad de experimentar la riqueza de nuestras tradiciones litúrgicas».
Haciendo hincapié en el importante papel de las Iglesias Orientales y en el antiguo tesoro vivo de sus tradiciones, que enriquece a la Iglesia universal, el Santo Padre ha destacado los momentos de reconciliación, que han fortalecido maravillosamente la comunión de la Iglesia. Recordando asimismo que todos los cristianos están llamados a responder al mandamiento de Dios para llevar a los otros a conocer y amar al Señor – como hizo san Jorge de forma dramática, según la narración popular – el Papa ha evocado los antiguos lazos de las Iglesias Orientales con el Patriarcado de Antioquía, donde hace dos mil años, los discípulos de Cristo fueron denominados por primera vez ‘cristianos’.
Benedicto XVI ha puesto de relieve que así, también hoy, «como pequeñas minorías en comunidades diseminadas en estas tierras», se les reconoce a ellos también «como seguidores del Señor». Y en este contexto, el Papa se ha referido a las destacadas iniciativas de la caridad cristiana sin distinción alguna, también en esta región: «La demostración pública de vuestra fe cristiana no se circunscribe sólo a la solicitud espiritual que dedicáis los unos a los otros y a vuestro pueblo, por esencial que ello sea. Sino que vuestras numerosas iniciativas de caridad universal se extienden a todos los jordanos – musulmanes y de otras religiones – así como a un vasto número de refugiados que este reino acoge con tanta generosidad».
Reflexionando sobre las lecturas de estas vísperas – el salmo 103 y la carta de san Pablo a los Efesios – el Santo Padre ha recordado la «necesidad de mantenerse alertas, con la conciencia de que las fuerzas del mal obran continuamente para crear oscuridad en nuestro mundo». En «nuestra ordinaria experiencia humana reconocemos la lucha espiritual, advertimos la necesidad cotidiana de entrar en la luz de Cristo, de elegir la vida, de buscar la verdad. De hecho, este ritmo – de substraernos del mal y circundarnos con la fuerza de Dios – es lo que celebramos con el Bautismo, la entrada en la vida cristiana, el primer paso a lo largo del camino de los discípulos del Señor. Evocando el bautismo que Cristo recibió de Juan en las aguas del Jordán, la comunidad reza para que aquel que está por ser bautizado sea liberado del reino de la oscuridad y llevado al esplendor del reino de Dios, y así reciba el don de la vida nueva».
Este dinámico movimiento de «la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la desesperación a la esperanza, que experimentamos de manera tan dramática durante el Triduo y que es celebrado con gran alegría en el periodo pascual, nos asegura que la Iglesia misma permanece joven. Que vive, porque Cristo está vivo, ha resucitado verdaderamente. Vivificada por la presencia del Espíritu, la Iglesia avanza cada día conduciendo a hombres y mujeres hacia el Dios Viviente», ha reiterado también el Papa, refiriéndose luego a la importancia de las liturgias greco melquitas y al anhelo de la Iglesia universal de «conducir al pueblo a través del desierto hacia el lugar de la vida, hacia el Dios que nos da la vida en abundancia».
Anhelo que caracteriza todos los trabajos apostólicos de esta Iglesia local en Jordania cuya variedad y calidad son muy apreciadas, ha destacado Benedicto XVI citando las guarderías infantiles, los lugares de instrucción superior, los orfanatos, los asilos para ancianos, el trabajo con los refugiados, la academia de música, los centros de atención sanitaria, los hospitales, el diálogo interreligioso y a las iniciativas culturales:
«Vuestra presencia en esta sociedad es un maravilloso signo de esperanza que nos cualifica como cristianos. Esperanza que llega incluso más allá de las fronteras de nuestra comunidades cristianas. Así, frecuentemente vosotros descubrís que las familias de las otras religiones, para las cuales trabajáis y ofrecéis vuestro servicio de caridad universal, tienen preocupaciones y dificultades que sobrepasan las fronteras culturales y religiosas. Esto se advierte particularmente cuando se relaciona con las esperanzas y las aspiraciones de los padres paras sus hijos. ¿Qué padre o persona de buena voluntad no se sentiría turbada frente a los influjos negativos tan penetrantes en nuestro mundo globalizado, incluso los elementos destructivos de la industria de la diversión, que con tanta insensibilidad explotan la inocencia y la fragilidad de las personas vulnerables y del joven? No obstante, con nuestros ojos fijos en Cristo- la luz que dispersa todo mal, reconstruye la inocencia perdida y humilla el orgullo terrenal-, llevaréis una magnifica visión de esperanza a todos aquellos que encontréis y serviréis».
Benedicto XVI ha concluido sus palabras alentando a los que se están formando para el sacerdocio y la vida religiosa: «Guiados por la luz del Señor Resucitado, llenos de su esperanza y vestidos de su verdad y de su amor, su testimonio llevará abundantes bendiciones a aquellos que encontraran a lo largo del camino. De hecho, la misma cosa es válida para todos los jóvenes cristianos jordanos: no tengan miedo de dar su contribución sabia, comedida y respetuosa a la vida pública del reino. La voz auténtica de la fe llevará siempre integridad, justicia, caridad y paz».

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