El obispo de Plasencia explica el misterio de la Iglesia en una carta dirigida especialmente a los jóvenes

rodriguezmagro
Éste es el segundo año en el que Monseñor Rodríguez Magro ha escrito una carta, que reporducimos a continuación, dirigida a los jóvenes. El año pasado por estas mismas fechas escribió su primera epístola dedicada a Jesucristo, «Él murió por tí, vive tú por Él». En esta ocasión el prelado placentino ha dedicado su misiva a la Iglesia, «La Iglesia mi Madre». En ella habla de diversos temas como la iglesia es confianza de Dios, la iglesia vive del amor, el «misterio» de la iglesia, lo que significa vivir en la iglesia o la importancia de la Eucaristía, entre otros asuntos.
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AmadeoRodríguez Magro
Obispo de Plasencia
La Iglesia, mi Madre
carta a jóvenes de cualquier edad

Querida joven, querido joven:

Aquí me tenéis de nuevo compartiendo con vosotros mis experiencias personales como cristiano y como obispo; ésas que me consta que tanto os interesan por las preguntas queme hacéis cuando me encuentro con vosotros. Vuestras preguntas, en efecto, son siempre muy interesadas e interesantes, y desean llegar al fondo de la fe y de la vida cristiana. Sobretodo, reflejan el punto de vista de la juventud, que sin duda hay que tener siempre en cuenta, porque suele tener un aire, en ocasiones inesperado, por el deseo que tenéis de que las cosas de Dios abran caminos nuevos para vuestra vida.

Todo lo he recibido de la Iglesia

La buena acogida que tuvo la carta que os escribí hace ahora un año, me anima a seguir en contacto con vosotros con la misma sinceridad y el mismo estilo en ésta que ahora comienzo a escribiros. Entonces os hablé de mi experiencia de Jesucristo y os conté, poniendo ante vosotros la verdad de mi corazón, que Jesucristo lo es todo para mí: por él vivo, sin él mi vida no tendría sentido y, es más, creo que sin él no sería feliz. No sé si os acordáis, pero en esa carta de la que os hablo os decía que todo lo que soy y sé como cristiano lo había recibido en la Iglesia. Mis palabras fueron estas: «En la Iglesia, mi madre, a la que quiero y respeto porque de ella he recibido lo mejor que tengo, he conocido a Jesucristo, le he amado y le he seguido al escuchar su Palabra, en la que pude oír que me decía: «Ven y sígueme». Y terminaba la carta con un capítulo que llevaba por título: Fíate de la Iglesia.
Pues bien, en esta ocasión os quiero hablar precisamente de esa confianza en la Iglesia. Es más, quiero unir a Jesucristo con la Iglesia, porque a Jesús sin la Iglesia no se le puede ni encontrar ni conocer ni amar; pues Jesús dejó todo lo que dijo e hizo al grupo que él formó en torno a su persona, a sus apóstoles, para que continúen su obra, sean su Iglesia y transmitan su Evangelio. Así lo recuerda San Mateo:»Acercándose a ellos (los discípulos) Jesús les dijo: id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-21).
La Iglesia es Confianza de Dios Jesucristo quiso que su misión la continuaran seres humanos mortales y débiles. En realidad así eran aquellos sobre los que Jesús construye su Iglesia: Pedro, los otros apóstoles y los demás discípulos. Y así somos también nosotros, sobre los que ahora recae la responsabilidad de continuar la misión de Jesús y de los apóstoles. Es posible que os parezca poco digno que los humanos seamos el cauce por el que Dios habla y actúa en favor de los hombres. Pero afortunadamente esa no es la opinión de Dios. Él, al contrario que nosotros, sí confía en los seres humanos. Dios nuestro Padre, a pesar del deterioro que a veces muestra la condición humana, cuenta con nosotros en todo lo que hace en favor nuestro. Dios no realiza ninguna de sus acciones a favor del hombre sin contar con el mismo hombre. Incluso para salvarnos nos envió a su propio Hijo, que se despojó de su rango y categoría de Dios y, pasando por uno de tantos, fue como un hombre cualquiera: lloró como un niño, tuvo miedo en las dificultades, fue feliz en la fiesta, amó con sentimientos humanos, trabajó con manos de obrero e incluso murió como todos los seres humanos. Como bien sabéis, lo único que no compartió con nosotros fue el pecado. Jesús, en efecto, es la prueba de que Dios cree en nosotros, se fía de nosotros y quiere que nosotros seamos presencia de su Hijo en medio del mundo. Por mi parte os puedo decir que, cuando descubrí esto, ya nunca dejé de confiar en la Iglesia: si Dios confiaba en ella aun a sabiendas de que iba a cometer errores, ¿por qué iba yo a creerme más que Dios? Si hay defectos, que los hay, más se manifiesta la grandeza y la bondad de Dios, que confía en seres humanos pobres, débiles y pecadores, y a los que, no lo dudéis, cuida para que se conviertan, escuchen su palabra y sean siempre fieles testigos de su amor al mundo. Por eso lo que más abunda en la Iglesia, aunque no siempre se haga notar, es la santidad heroica de sus hijos e hijas; desde los orígenes se pueden contar por multitud los santos, ya sean conocidos o anónimos. Pero también es cierto que el mal no ha dejado de acechar a los cristianos y muchos han desfigurado el rostro de santidad de la Iglesia a lo largo de sus veinte siglos de historia. Por todos esos pecados, consciente de que la Iglesia cuenta con la debilidad de sus hijos, el Siervo de Dios Juan Pablo II, el amigo de los jóvenes, pidió en el año 2000 humildemente perdón. Los pecados reconocidos sirven de llamada a ser humildes y de acicate que nos afiance en un mayor deseo de fidelidad; pues cuanto más santos seamos, más humildad hemos de tener para reconocer nuestras debilidades y flaquezas en relación con la fuerza y la sabiduría de Dios que nos sostiene y anima.
En cualquier caso, esa Iglesia de santos y de pecadores a la vez, queridos jóvenes, merece todo nuestro amor, nuestro respeto y nuestra confianza.

La Iglesia vive del Amor

Lo que sí conviene que sepáis es que la Iglesia está fecundada permanentemente por la santidad de Dios. La Iglesia es obra de Dios: procede del amor del Padre, que la preparó durante siglos en el pueblo elegido, el pueblo de Israel; y del Hijo, que formó el nuevo Pueblo de Dios en torno a su persona; y del Espíritu Santo que acompaña con su luz y su fuerza la vida de la Iglesia y la construye con sus dones. Es precisamente este origen lo que hace que la Iglesia sea algo más que el conjunto de personas que viven en torno a unas creencias, y se ponen de acuerdo en unas normas de convivencia yen un estilo de vida. La intervención del mismo Dios en ella hace que la Iglesia sea un «misterio». Como dice el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: «La Iglesia es Misterio en cuanto que en su realidad visible se hace presente y operante una realidad espiritual y divina, que se percibe solamente por los ojos de la fe».
Como veis, entramos en materia profunda y utilizo unas palabras que quizás os resulten más bien complicadas; pero me atrevo a hablaros así porque los jóvenes sois realmente expertos en ese tipo de lenguaje. Según dicen los que os conocen, os hacéis entender entre vosotros con lo que llaman «metalenguaje». Eso me anima a no renunciar a utilizar el lenguaje de la fe; entre otras razones porque ciertas realidades, y la Iglesia es una de ellas, sólo se pueden comprender, si captamos su identidad más allá de nuestros modos ordinarios de ser, de vivir, de pensar, e incluso de hablar. Por eso, con vuestro permiso, os hablo ahora de la raíz misma de la Iglesia. Los cristianos creemos en un Dios que es una Trinidad de personas, la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo; creemos en un Dios que no es un solitario, sino que vive el amor en la relación entre las tres personas divinas. Pues bien, ese amor no se queda en la intimidad de Dios; al contrario, sale de sí y llega hasta nosotros, porque Dios ama lo que creó y sigue sosteniéndolo; es más, quiere ser un Dios «con nosotros». Y eso lo hace Dios en la Iglesia, ella vive y se sostiene de ese amor, y ella existe para ofrecer ese amor; es en la Iglesia donde Dios ama y se deja amar. Os explico esto un poco más. El amor de Dios se vierte todo entero hacia nosotros en Jesús, él es el «Dios con nosotros» (Emmanuel). La encarnación, el nacimiento y la redención en la cruz del Hijo de Dios, de Jesucristo, así como la resurrección, son actos de las tres divinas personas, es decir, del Dios que se da a los hombres y ya siempre está disponible para nosotros. Se puede decir que en todo lo que hace o vive Jesucristo no sólo muestra su amor, sino que muestra también el amor de su Padre y el del Espíritu Santo. Si os asomáis al Evangelio, veréis que Jesús vivía una relación de intimidad y presencia con su Padre y el Espíritu, como él mismo manifiesta en diversas ocasiones. Pues bien, si la Iglesia existe por voluntad que Jesucristo para continuar su misión, es evidente que la Iglesia participa de ese amor. Es más, la Iglesia es fruto del amor de Dios, vive de él, lo comunica en su vida a cada uno de sus miembros y lo ofrece permanentemente a todos los hombres; porque ella existe para ofrecer y transmitir el amor de Dios, la buena noticia de que Dios nos ama. Es la Iglesia el ámbito en el que Dios encuentra al hombre y se da a él. En efecto, del mismo modo que lo fue para Jesús, el ser humano es el camino de la misión de la Iglesia. Por eso la Iglesia ha de estar entre los hombres y mujeres de cada tiempo, hablar con ellos, comprender los deseos más profundos de su corazón. A los jóvenes les ofrecerá la Iglesia el amor de Dios en la medida que sabe llegar a ellos para ofrecerles el camino, la verdad y la vida que es la persona de Jesucristo. Para esa misión de cercanía a los hombres, la Iglesia ha de estar localizable, por eso se le llama Iglesia local o particular a las diócesis; por ellas, la Iglesia ocupa lugares concretos, espacios humanos, culturales y geográficos. Y como la Iglesia siempre busca ser más cercana, estar entre las casas de sus hijos y de sus hijas o ser la fuente de la aldea, está junto a nosotros también en nuestra parroquia. Es así como está presente en las ciudades, en cada uno de sus barrios, así como en cada pueblo, por muy pequeños que sean. Y esa cercanía la va repitiendo en el mundo entero a medida que la Iglesia católica se hace presente en cada país y lugar. Cuanto más cercana, más a mano, y por tanto más servidora. Sin embargo, hay que decir que la extensión y la diversidad de la Iglesia en diócesis no la divide; al contrario, la hace una en la diversidad, es decir, la hace universal. Al frente de cada diócesis están aquellos a los que Jesús eligió para guiar a su Iglesia. Me refiero a San Pedro, el primero de los Apóstoles, y a sus sucesores, los Papas, que son obispos de Roma y pastores de la Iglesia universal; y también a los Obispos, pues ellos son sucesores de los Apóstoles, que guían las diócesis del mundo en comunión con el Santo Padre. Y con los obispos colaboran los sacerdotes. Y todos están al servicio del pueblo de Dios, que en su cabeza y en sus miembros hace presente a Jesucristo en medio del mundo.

El «Misterio» de la Iglesia

Quizás ahora entendáis mejor que la Iglesia es un misterio y, además, que nosotros los seres humanos somos parte importante de ese misterio. Con nuestra intervención humana se anuncia el Evangelio, se comunica la vida divina en los sacramentos, se traslada el amor de Dios a los pobres y en nuestro modo de amarnos se muestra el amor mismo de Dios. Es verdad que lo hacemos en nuestra condición de vasijas de barro, como decía el Apóstol Pablo, pero eso es para que se vea que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios. Hemos, por tanto, de saber aceptar que Dios se hace presente entre nosotros a través de lo ordinario; es decir, de nosotros y de lo que nosotros usamos. Esa intervención del amor de Dios sucede especialmente en los sacramentos. En ellos, además de la actuación del ministro, el agua, el aceite, la sal, una vela encendida y una vestidura blanca son los medios a través de los cuales los recién nacidos o los adultos se convierten en hijos e hijas de Dios por el Bautismo. El aceite perfumado pone un sello sobre los cristianos con el don del Espíritu Santo en la Confirmación, y prepara las manos de los sacerdotes y del obispo para su ministerio; también el aceite conforta a los enfermos en el sacramento de la Unción; el pan y el vino se convierten en el cuerpo y en la sangre del Señor en la Eucaristía; el sacramento del matrimonio se lo confieren mutuamente el marido a la mujer y la mujer al marido, etc. Como veis, los bienes de Dios nos llegan no sólo a través de nuestras personas, sino que utiliza cosas de la naturaleza, frutos de la creación que, aunque tengan sus propias leyes, se convierten, por la acción de Dios, en frutos de santificación y de vida nueva. Pues bien, queridos jóvenes, así es la Iglesia, y así ha querido Dios que intervenga: con nosotros y con las cosas de la creación. En cuanto a nuestra participación en la Iglesia todo sucede dentro de un orden. Para que todo en su vida esté bien encauzado y ordenado, el Espíritu Santo da diversidad de dones, a los que llamamos «carismas», que son gracias del Señor que capacitan para asumir tareas con las que contribuir a su vida. Porque la Iglesia, además de ser ámbito en el que se reciben los bienes de Dios, también es espacio para dar lo mejor de nosotros mismos; pues en la Iglesia siempre recibimos para dar. En ella, cada uno de sus miembros contribuye, con los dones que recibe, a la tarea común. Por eso cada cristiano ha de descubrir la misión que el Espíritu Santo le encomienda, sin pretender ser más o realizar una tarea distinta de aquella para la que ha sido elegido. Y esa variedad de dones y de servicios conforma también diversidad de formas de vida, es decir, de modos estables de configurarse con Cristo y de seguirle: el estado laical que tiene como compromiso ser testigo del Señor en medio del mundo; los ministros ordenados, que re-presentan en su vida y en su misión a Jesucristo Cabeza y Pastor de su Iglesia; y los consagrados, que se convierten en testigos del mundo que ha de venir, con una vida según el espíritu de las bienaventuranzas, que son el verdadero autorretrato de Jesús. Vivir en la Iglesia Para ser imagen y presencia de Jesucristo enel mundo, hemos de vivir cada día, en la Iglesia, de los bienes de Dios y alimentarnos de ellos. En la Iglesia nos encontramos enseguida con el bien de la Palabra divina. Con la ayuda de la familia y más tarde de la parroquia, la Palabra va entrando poco a poco en la mente y en el corazón, hasta convertirse en alimento que hace crecer y vivir en la fe. Por medio de la catequesis de iniciación cristiana se entra en contacto con la Palabra de Dios de una forma directa, pues en ella se nos enseña a escucharla, meditarla, acogerla y proclamarla. La catequesis acerca al texto de la Sagrada Escritura y ayuda a conocer la Palabra como fuente de la fe que la Iglesia cree, vive, reza y transmite de gene-ración en generación. En efecto, la catequesis de iniciación cristiana ofrece certezas sólidas y sencillas que guían la inteligencia y son luz para el caminar del cristiano por la vida, pues la Palabra es lámpara que ilumina sus pasos. La Palabra de Dios es el tesoro inagotable del que la Iglesia saca verdad para vivir según Dios en cada tiempo y circunstancia. También en la Iglesia se recibe el amor de Dios y, por supuesto, se ofrece. Porque Dioses amor, la caridad es para la Iglesia un mandamiento imprescindible. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». La caridades el signo de que Dios está con nosotros.»Donde hay caridad y amor, allí está el Señor»,se suele afirmar cantando. Es por tanto la caridad, o sea el vivir el amor en Cristo Jesús, una forma esencial de vida de los cristianos, ala que han de ser totalmente fieles, del mismo modo que lo son a la doctrina cristiana y a las normas que se proponen para un comporta-miento en coherencia con la fe. Es más, la caridad ha de ser un impulso que mantiene a los cristianos siempre disponibles a socorrerlas necesidades de los hermanos, que son todos los que los necesiten. Para hacer eficaz el amor cristiano, Juan Pablo II invitó en su momento a la «imaginación de la caridad»; lo que significa que hay que mantenerse muy despiertos para detectar las necesidades humanas, bien sean materiales o espirituales, y acudir en su ayuda. Otro de los bienes preciosos que se reciben en la Iglesia es el encontrar en ella el clima y los medios para vivir la intimidad con Dios: si Dios es amor, un amor que incluso nos hace hijos, hemos de vivir en confianza e intimidad con el Padre. Eso es lo que sucede en la oración: la oración es escuchar y hablar, es diálogo con quien sabemos que nos ama, decía nuestra Santa española Teresa de Jesús. Por eso os recomiendo encarecidamente que recéis, que Dios no sea nunca para vosotros un ser lejano, sino que lo encontréis en vuestra intimidad y estéis atentos a lo que quiera deciros, que siempre será bueno; pues a Dios sólo le interesa el bien, la verdad y la dignidad del hombre. Dios nunca es un rival. Lo sería, si su grandeza y su omnipotencia fueran orgullosas, pero no lo es. La grandeza de Dios no humilla, al contrario levanta, eleva; porque Dios nos dala oportunidad de ser en Él, de vivir en Él, decrecer en Él. Los grandes creyentes, cristianos que a lo largo de la historia han conocido bien a Dios, nos dicen que su amor por nosotros llega hasta el punto de hacernos participar de su vida divina. Ya San Pablo recordaba a los habitantes de Atenas que «en Dios vivimos, nos movemos y existimos».Por eso no le tengáis miedo a Dios y decidíos a hablarle de todo lo que os preocupa y os interesa, de lo que amáis e incluso de lo que os avergüenza; todo lo vuestro le interesa. Hablad sobre todo con «el Dios con nosotros»,con su Hijo Jesucristo. Él vive en todas partes, pero sobre todo vive en la Iglesia, se ha quedado en ella y está siempre a disposición de aquellos que quieran encontrarlo. Os recomiendo que vayáis al sagrario de vuestra parroquia como lugar de encuentro con Jesús, y que lo busquéis también en los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía. Y descubridlo en los pobres, en los que él pasa hambre, sed o está desnudo. Acudid a Dios con cualquier deseo, con cual-quier sentimiento, en cualquier situación.Hacedlo en las alegrías y las penas, en la paz interior o en la zozobra del pecado.No dejéis de acudir a Dios cuando necesitéisla paz que da el perdón. No sé si os acordáisde la parábola del hijo pródigo. Recordad que,como aquel hijo menor, hay hoy entre losjóvenes muchísimos hijos que han abandonadola casa de su Padre para vivir lejos de él. Quieren buscar la felicidad al margen de Dios. Pero, como le sucedió al hijo de la parábola, la nostalgia por la casa del Padre no tarda en llegar. Los que se han ido y han vuelto, como San Agustín, cuentan que no hay lugar para la felicidad completa fuera de Dios: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Pues bien, uno de los sacramentos de la Iglesia recuerda siempre que Dios espera, que hay una oportunidad para volver al amor infinito que perdona, purifica y restaura el corazón y la vida, tras haber descubierto en nuestra conciencia nuestros pecados, tanto en su raíz, como en su número y formas. En efecto, el amor de Dios que perdona pertenece al ser de la Iglesia, y sólo a través de ella, en el gesto sacramental de confesar los pecados al sacerdote, se perdonan los pecados. Os recomiendo, pues queridos jóvenes, que valoréis el Sacramento de la Reconciliación; por él la Iglesia os acompaña en la búsqueda de la libertad frente al mal y os dice que, en la marcha difícil y a veces con recaídas de vuestra vida, siempre merece la pena levantarse, porque el amor de Dios está a la espera. La Iglesia y la Eucaristía En la Iglesia encontramos también el amorque da la Vida. Se trata de la Eucaristía. De entrada ya os digo que entre el misterio de la Iglesia y el de la Eucaristía hay una relación muy profunda. La Eucaristía es el sacramento que continuamente hace crecer y vivir a la Iglesia. Es más, la celebración de la Eucaristía muestra el rostro de la Iglesia. Por eso los cristianos hemos de participar en ella conscientes de que nuestro ser y vivir en Cristo nace, crece, se alimenta y se configura en la mesa del Señor. Así nos recordaba esto mismo Benedicto XVI: «En la Eucaristía, el Señor se entrega a nosotros con su cuerpo, su alma y su divinidad y nosotros llegamos a ser una sola cosa con Él. De ese modo la Eucaristía se transforma en el manantial de la energía espiritual que renueva nuestra vida de cada día» .En efecto, al participar con hondura de la Eucaristía se va diseñando poco a poco nuestra identidad cristiana. La Eucaristía «es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano». A pesar de lo que acabo de decir, yo sé que a los jóvenes la Misa no os va mucho; que para algunos decir «misa» es decir aburrimiento. Cuando os escucho esa opinión de algo que para mí es tan querido y tiene en mi vida tanto valor, además de entristecerme, os confieso que también pienso que quizás no os falte razón. En efecto, en ocasiones el tono de la misa dominical produce poco entusiasmo e interés. Desde luego queda mucho por hacer en formación, creatividad y espiritualidad, para que la Eucaristía sea «fuente y cumbre de la vida cristiana» de todos, no sólo de los jóvenes. Yo mismo me pregunto con frecuencia: ¿qué hacer para que valoréis la Misa y participéis en ella? Y aunque no estoy del todo seguro de ser capaz de convenceros, pues me consta que tengo que luchar contra convicciones muy arraigadas, lo voy a intentar con el argumento, a mi juicio, más convincente de todos: es un regalo del Señor.
Como sabéis, Jesús le dio la Eucaristía a su Iglesia la víspera de su Pasión, como anticipo del sacrificio de la cruz que tendría lugar al día siguiente. En realidad lo que sucedió en la cruz se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía en «memoria» de Jesús. «Haced esto en memoria mía» fueron sus palabras. Por eso, pienso yo que la solución para que los jóvenes valoréis más la Eucaristía es que hagamos todo lo posible, también vosotros, para que conozcáis a fondo lo que en ella se celebra; es decir, el valor que tiene el regalo que nos hace Jesús que, como todo regalo, es un gesto de amor, en este caso del mismo Dios. Y como todo ayuda a ese fin, hay que cuidar sobre todo el estilo celebrativo: el clima de fe, de fervor, y también el de alegría y fraternidad de la comunidad que celebra. Lo importante es que sacerdotes y fieles descubran en cada paso de la celebración la presencia entrañable del Señor entre ellos. De la Eucaristía hay que valorar especialmente el atractivo interior, aunque también haya que cuidar las formas; sobre todo las que durante siglos le han dado fuerza y vida a la celebración y han alimentado a cuantos cristianos, jóvenes y mayores, han participado en ella. ¿Por qué lo que es fecundo en el siglo primero, el tercero o el dieciocho, no va a ser fuente de vida en el veintiuno? Por eso, a mi juicio, estos serían los atractivos de la Eucaristía que tendríais que buscar:
• será atractiva, si los que participan escuchan atentamente la Palabra y la siguen, porque son conscientes de que es el Señor quien les habla;
• será atractiva, si la comunidad que celebra toma conciencia de la presencia del Señor, que escucha y acoge la oración de los fieles por las necesidades de la Iglesia y del mundo;
• será atractiva, si en ella nuestra vida se suma, como ofrenda, al sacrificio que Jesús hace de la suya;
• será atractiva, si se acoge con fervor la acción sacramental en la que se renueva, por las palabras del sacerdote que actúa en la persona de Cristo, el mismo sacrificio redentor de la cruz;
• será atractiva, si se mueven los corazones a adorar a Cristo al ser elevado en la Hostia de pan y en el Cáliz con vino, y que ya son Cuerpo, entregado por nosotros, y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, derramada por nuestra salvación;
• será atractiva, si se come con gratitud el Pan de Vida que alimenta y fortalece para caminar en medio de las dificultades de la vida;
• será atractiva, si el Pan vivo crea unida den cuantos lo comen, porque son conscientes de que, al comerlo, se convierte para los comensales en un pan de fraternidad;
• será atractiva, si, al salir de ella, los que han participado sienten que han de ser testigosde todo lo vivido: se van en paz con el compromiso de glorificar a Dios con sus vidas.¿Verdad que así la misa es algo más que ese rollo que tanto te aburre? Yo sé que no es fácil, pero os recomiendo, mientras procuráis conocerlo que se vive en la Eucaristía, que no dejéis de asistir. Si perseveráis llegaréis a comprender que la Eucaristía es el corazón auténtico de vuestras vidas, y seguro que terminaréis porno poder vivir sin ella, como les sucedía a los mártires de Abitinia, en el Norte de África. Éstos, a principios del siglo IV, arriesgaron su vida por la Misa dominical, desafiando la orden del Emperador que prohibía celebrarla. Al ser detenidos e interrogados, ante la pregunta del proconsul romano de por qué arriesgaban su vida por la Eucaristía del domingo su respuesta fue contundente, y con tono de confesión de fe: «Sine domenica non possumus» (Sin el domingo no podemos vivir).

El Seno Materno de la Vocación

Sólo me queda deciros que la Eucaristía esla meta de la iniciación cristiana y, por tanto, uno de los sacramentos que hacen al cristiano. El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía son un maravilloso gesto del amor de Dios hacia cada uno de nosotros, y por los tres se adquiere un nuevo modo de ser: los tres hacen al cristiano. Eso significa que, al recibirlos, se concreta la vocación del cristiano, que es reflejar, en actitudes, sentimientos y hechos, el «rostro de Jesucristo», es decir, ser santos. En efecto, en el seno materno de la Iglesia hay una vocación común, la llamada universal a la santidad para todos los cristianos. Sin embargo, esa vocación universal es también concreta y personal, y cada uno ha de encontrar su camino de santificación. Para encontrar la vocación propia hay que fiarse de Dios y de la Iglesia, porque, aunque el Señor nos habla personalmente al corazón, también nos hace oír su voz a través de personas que tienen el «don» de acompañar, como los sacerdotes, los consagrados y consagradas, y muchos laicos catequistas que trabajan con jóvenes .Cuando sintáis algo en vuestro interior no lo apaguéis, acudid a quien os pueda ayudar. Es importante que sepáis que Jesús sigue llamando a los jóvenes; que en vuestra vida interior, esa que es muy activa, aunque a veces deis la impresión de superficialidad, la voz de Jesús sigue sonando con un «sígueme» fuerte y concreto. Cuando la sintáis, no hagáis como algunos, que la alejan o la ocultan, para que parezca que era sólo una ilusión. Y no seáis como los que perciben esa llamada de Jesús, pero al encontrar dificultades, que a primera vista les parecen insalvables, optan por hacer como que no la oyeron, y miran para otro lado. Procurad también que no os suceda como a aquellos que escuchan la llamada, y hasta llegan a tener claro lo que el Señor les quiere; pero se dejan llevar por su entorno, que consigue convencer-les de que es sólo una quimera que no merece la pena tener en cuenta. Que no os suceda tampoco lo que a los jóvenes que, tras escucharla llamada del Jesús, entran en diálogo íntimo con él, pero no encuentran a nadie que les ayude a aclarar sus ideas y sentimientos. Todos esos jóvenes saben que seguir a Jesús es extraordinariamente atrayente; sin embargo, se acobardan y, con tristeza, no dan el paso de seguirle. Pues para que no estéis en este elenco, os recomiendo que os dejéis ayudar y seáis como otros jóvenes, afortunadamente cada vez más, que, al escuchar la llamada del Señor, acuden a quien pueda ayudarles y, tras conocerlo que el Señor les quiere, dan el paso de seguirle y se ponen en camino hacia la aventura de la vocación. Para que no os falte nunca esa ayuda os voy a dar mi dirección de correo electrónico y me ofrezco para buscaros una compañante, si os está «runruneando» vuestra vocación: [email protected]

La Iglesia, una Familia

Por eso es importante fiarse de la Iglesia, porque la Iglesia es, en su santidad común, el ámbito en el que se encuentra el camino de la vocación. En efecto, todo lo bueno, lo noble, lo justo, lo auténticamente santo nace y vive en la Iglesia real, la que forman todos: obispos, sacerdotes, consagrados y laicos. Toda la santidad nace y vive en la «comunión» de la Iglesia. Por eso no os dejéis engañar por quienes intentan haceros ver que hay dos iglesias: la de los fieles y la de los misioneros, que sería la buena, y la Iglesia de la jerarquía, de los obispos, que según algunos, sería mala, porque se opone a las pretensiones de algunos de querer imponer sus criterios y formas de vida contrarias a la fe y a la moral cristiana. No hay dos iglesias, al contrario, la Iglesia es una y unida, y es en el seno familiar común, el que formamos todos juntos, donde nace la generosidad, la entrega, y el maravilloso des-prendimiento de muchos. En la Iglesia todos ayudan a todos, y cada cual lo hace con la misión específica que tiene en ella, por gracia de Dios. Los santos, los mártires, los misioneros, la multitud de cristianos admirables, todos nacen y viven su fe en el seno de la misma Iglesia. No hay una Iglesia para los mejores y otras para los del «montón». Es cierto que en la Iglesia hay santos y pecadores, pero con eso ya contaba el Señor al elegirnos para ser sus instrumentos; esa es la razón por la que nos da constantemente la gracia de la conversión, para que volvamos a él, si no estamos siendo fieles a su voluntad sobre nosotros, que seamos santos: «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Siempre con María Queridos jóvenes, siento que esta reflexión, que os ofrezco y dedico a todos con mucho cariño, está llegando a su fin. Me lo impone una sana pedagogía que dice que no es conveniente alargarse demasiado. Según parece se corre el peligro de cansar a los lectores –espero no haberlo hecho ya-. Atendiendo a este criterio, le pongo punto final a esta carta, pero no sin antes evocar entre nosotros la presencia entrañable de la Madre del Señor y Madre de la Iglesia. Todo lo dicho encuentra en María su modelo perfecto, ella es un miembro preeminente de la Iglesia y, sobre todo madre y modelo para todos nosotros. Sólo me queda recordaros de nuevo que todo lo que de maravilloso sucede entre el amor de Dios y nosotros, sucede en su Iglesia; por eso os animo a conocerla, y una vez conocida, me vais a permitir que os diga: amadla, respetadla, pues es un regalo de Jesús. Y, sobretodo, os animo a mostrarla en toda su verdad y belleza ante quienes tienen dificultades para comprender su sentido y su valor y, quizás por eso, la abandonan. Estoy convencido de que por la autenticidad de nuestro testimonio muchos emprenderán la vuelta a casa. Con todo mi afecto y amistad.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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