Mons. Asenjo recuerda en su carta semanal la necesidad de orar por las vocaciones

diaseminario2009En este domingo IV de Pascua, domingo del Buen Pastor, celebramos también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En ella se nos recuerda que en la tarea salvadora, que nace del misterio pascual, el Señor Jesús necesita colaboradores para cumplir la misión recibida del Padre y que Él confió a sus Apóstoles. A través de nosotros, sacerdotes y consagrados, el Señor sigue predicando, enseñando, santificando, perdonando los pecados, sanando las heridas físicas y morales, consolando a los tristes y acompañando a los que sufren. Son las distintas vocaciones que el Espíritu suscita en su Iglesia para seguir cumpliendo la misión del Buen Pastor al servicio del Pueblo de Dios.
En el Mensaje que el Papa Benedicto XVI nos ha dirigido para esta Jornada, titulado La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana, nos invita en primer lugar a pedir, con mucha fe y de forma ininterrumpida, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9, 38), pues la vocación es un don divino. Es Él quien llama y tiene la iniciativa, escogiendo a algunos para que le sigan más de cerca y sean sus ministros y testigos. A pesar de que en estos momentos en muchos países la crisis vocacional es profunda, el Señor sigue llamando. Por ello, nuestra primera obligación, desde las familias, las parroquias, los movimientos y grupos apostólicos y las comunidades religiosas, es orar incesantemente para que la iniciativa divina encuentre acogida en el corazón de nuestros jóvenes, de forma que sean muchos los que se decidan a entregar su vida al Señor para colaborar con Él en su obra de salvación.
Afirma el Papa en su mensaje que el mejor modelo de docilidad y adhesión generosa al plan divino es Jesucristo, que se inmola por nosotros en el árbol de la Cruz y que continúa cada día ofreciendo su vida en la Eucaristía. En ella sigue ofreciéndose para la salvación de la humanidad. En ella tienen nuestros jóvenes el modelo más eximio de diálogo vocacional entre la libre iniciativa del Padre y la respuesta confiada de Cristo, un diálogo que debe estar impregnado de gratitud y confianza, que despeje todos los temores ante la propia flaqueza o ante la incomprensión de los demás. Por ello, la Eucaristía, contemplada, recibida y adorada es el ambiente más propicio para descubrir la llamada, abandonarse a la voluntad de Dios, fiarse de Él y responder con prontitud.
Mirando a Cristo y atraídos por Él, a la largo de la historia de la Iglesia, muchos hombres y mujeres dejaron familia, posesiones y proyectos vitales para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio en la vida contemplativa, en los institutos de vida consagrada y en el ministerio sacerdotal. Todos ellos han vivido la experiencia que entraña toda vocación, un diálogo fecundo entre Dios y el hombre, un misterioso encuentro entre la predilección del Señor que llama y la libertad del hombre que responde con amor, escuchando al mismo tiempo estas palabras alentadoras: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16).
En el camino del discernimiento vocacional es natural que afloren los miedos, considerando la propia flaqueza y al mismo tiempo lo insólito de la llamada. En este sentido el Papa se pregunta: ¿Quién puede considerarse digno de acceder al ministerio sacerdotal? ¿Quién puede abrazar la vida consagrada contando sólo con sus propias fuerzas? Él mismo responde que es al Señor a quien corresponde llevar a término su proyecto de salvación. Por ello, la respuesta nunca puede parecerse al cálculo miedoso del siervo indolente que esconde el talento recibido en la tierra (Mt 25, 14-30). Más bien debe ser análoga a la respuesta de Pedro que, confiando en el Señor, no duda en echar de nuevo las redes pese a haber estado toda la noche faenando sin éxito (Lc 5, 5). Semejante fue también la respuesta de la Santísima Virgen en la Anunciación, en la que se abandona a los designios del Altísimo y pronuncia su sí, que le convierte en Madre de Dios.
Concluyo mi carta dirigiéndome a los jóvenes que ahora mismo se plantean su futuro vocacional y sienten en su corazón la caricia del Señor y su propuesta de futuro. ¡Sed valientes! ¡No os desaniméis ante las dificultades y las dudas; confiad en Dios y seguidle con fidelidad! ¡Contad siempre con su gracia y con la ayuda maternal de la Virgen, que cuidará de vosotros! El premio no es otro que la alegría recrecida y la bienaventuranza de aquellos que escuchan la palabra de Dios y la acogen con gratitud y humildad de corazón.
Al mismo tiempo que pido a todas las comunidades cristianas de la Diócesis que en este domingo organicen actos especiales de oración por las vocaciones, a todos os envío mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Administrador Apostólico de Córdoba

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