“Saber de quién nos fiamos”, carta de Mons. Jesús Sanz para el Domingo de Oración por las Vocaciones

dsc_3469La cuestión de la confianza es algo que aprendemos apenas abrimos nuestros ojos. Siendo como somos seres que nacemos en la más total dependencia, nuestros primeros pasos en la vida son fruto del mucho amor por parte de quienes más nos quieren, que deciden por nosotros pensando en nuestro bien. Y a base de dejarnos cuidar, terminamos por aprender qué significa vivir en un descuido; a base de experimentar el cobijo de quien nos protege por amor, llegamos a saber y a valorar agradecidamente el regalo de la confianza.
Esto ha pasado a nuestro lenguaje corriente, y los padres y los amigos nos avisan su cautela: fíate o no te fíes, cuando algo o alguien merodea nuestra vida. Así, una de las dádivas más hermosas que se nos pueden dar en la vida, es el tener cerca a alguien de quien podamos fiarnos. Una confianza tejida de gestos amables, de palabras sabias, de silencios elocuentes, de respeto maduro, de ternura delicada, de paciencia inmensa, de alegría sincera. Todos tenemos esta experiencia junto a las personas en las que hemos sido bendecidos, las que verdaderamente nos han querido.
Así le ocurrió a San Pablo, tan pagado de sí mismo y tan seguro de sus incertezas, hasta que se encontró con Cristo y sólo entonces pudo decir aquello que le valió por toda una vida: “sé de quién me he fiado” (2 Tim 1,12). Bien pudo él comparar sus falsas y fugaces confianzas de antaño, con la que encontró en el Señor, cuando sin cita previa, casi de modo fortuito pero sin duda providencial, Jesucristo se le cruzó en aquel día, a aquella hora, en su camino de Damasco cuando descabalgó para siempre sus desconfianzas para empezar a fiarse de Dios como con sus padres hacen los niños.
Esta frase de San Pablo y esta experiencia humana, es la que se nos propone este año en la Jornada de Oración por las Vocaciones, que siempre concurre en el cuarto domingo de Pascua. Pedir por esas vocaciones de especial consagración que coinciden con el sacerdocio y la vida consagrada. El Papa ha escrito un precioso mensaje para esta jornada, en la que se destaca que «creer en el Señor y aceptar su don, comporta fiarse de Él con agradecimiento adhiriéndose a su proyecto salvífico. Si esto sucede, “la persona llamada” lo abandona todo gustosamente y acude a la escuela del divino Maestro; comienza entonces un fecundo diálogo entre Dios y el hombre, un misterioso encuentro entre el amor del Señor que llama y la libertad del hombre que le responde en el amor, sintiendo resonar en su alma las palabras de Jesús: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure” (Jn 15, 16).
¿Quién puede considerarse digno de acceder al ministerio sacerdotal? ¿Quién puede abrazar la vida consagrada contando sólo con sus fuerzas humanas? Una vez más conviene recordar que la respuesta del hombre a la llamada divina, nunca se parece al cálculo miedoso del siervo perezoso que por temor esconde el talento recibido en la tierra (cf. Mt 25, 14-30), sino que se manifiesta en una rápida adhesión a la invitación del Señor, como hizo Pedro, que no dudó en echar nuevamente las redes pese a haber estado toda la noche faenando sin pescar nada, confiando en su palabra (cf. Lc 5, 5). Sin abdicar en ningún momento de la responsabilidad personal, la respuesta libre del hombre a Dios se transforma así en «corresponsabilidad», en responsabilidad en y con Cristo, en virtud de la acción de su Espíritu Santo; se convierte en comunión con quien nos hace capaces de dar fruto abundante»
El Señor os bendiga y os guarde.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca

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