El cardenal Martínez Sistach pone de relieve la grandeza de la actividad política

capilla-sant-jordiEl Cardenal Martínez Sistach presidió ayer la celebración del día de San Jorge, patrono de Cataluña. En la eucaristía celebrada en la capilla de Sant Jordi del palacio de la Generalitat puso de relieve la importancia y grandeza de la actividad política.
Con palabras del Concilio Vaticano II, el cardenal ha afirmado que “la Iglesia considera digna de elogio y de atención la tarea de los que se consagran al servicio de los hombres para alcanzar el bien común y aceptan las cargas de este servicio”. “El compromiso político –ha añadido- vivido con espíritu de servicio ha sido calificado como una ‘dura escuela de perfección’ y como un ‘exigente ejercicio de virtud’”. Citando la primera carta encíclica del Papa Benedicto XVI ha añadido que “el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política”.
El arzobispo de Barcelona también ha hablado de la necesidad de acoger con amor y respeto a las personas que vienen de fuera y ha subrayado que “esto ha sido posible porque hemos conocido y valorado nuestra propia identidad y así hemos podido dialogar, ofrecer lo que tenemos y ellos darnos lo que traen”.
Haciendo referencia a la aportación de la Iglesia a la sociedad ha indicado los siguientes puntos: “el valor trascendente de la persona; el don de la vida humana, desde su concepción hasta la muerte natural; el don de la familia valorada y protegida, sin que sea vea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas; el derecho de toda persona a unas condiciones de vida dignas, siempre pero especialmente ante esta realidad de la crisis económica para que todos participemos de la austeridad de vida e intensifiquemos la solidaridad hacia los que sufren las consecuencias de la mencionada crisis; la valoración del derecho de los padres en la educación de sus hijos y la necesidad de que la regulación de la enseñanza sea fruto de un amplio consenso”.

Al final de la misa el cardenal ha procedido a la tradicional bendición de los puestos de rosas.

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Homilía del Sr. Cardenal de Barcelona, Dr. Lluís Martínez Sistach, en la misa de Sant Jordi, Patrono de Cataluña, en la capilla del Palacio de la Generalitat de Cataluña, el 23 de abril de 2009

Llenos de gozo por la resurrección de Jesucristo nos hemos reunido para celebrar la solemnidad de Sant Jordi, Patrono de Cataluña, y dentro de pocos días celebraremos la solemnidad de la Virgen de Montserrat, Patrona del Principado. El 17 de abril de 1456, las Cortes Catalanas reunidas en el Claustro de la Catedral de Barcelona proclamaron a Sant Jordi como Patrón, recogiendo así una devoción ampliamente extendida entre el pueblo en relación con esta figura ejemplar. Es motivo de alegría para todos los que amamos esta tierra y a la vez una expresión muy clara de las raíces cristianas de Cataluña. El nacimiento, la historia y la cultura de Cataluña están íntimamente repletos de cristianismo. El cristianismo ha sido un elemento muy importante en la conformación de la identidad de Cataluña a lo largo de estos más de mil años de su historia.
Hoy, siguiendo un alarga y venerable tradición, nos reunimos en esta entrañable capilla de Sant Jordi en el corazón de esta sede institucional de Cataluña, el Palacio de la Generalitat, para celebrar la misa, recordando a nuestro Patrón y rediciendo después las rosas que, junto con los libros, dan una configuración muy específica arraigada en nuestro país, que pone de relieve el valor del amor y delicadez a la esposa, la madre, las hijas, las mujeres, muy conveniente en nuestro tiempo en medio de la violencia de género y el valor de la cultura que se manifiesta en la compra y el obsequio de libros.
Lo hacemos sintiéndonos muy unidos con todos los hombres y mujeres de nuestro país, porque nos ayuda a ello el testimonio de los primeros cristianos que se amaban, y amaban y eran bien vistos de todo el pueblo, tal como hemos escuchado en la primera lectura. La presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros, descrita en el evangelio que hemos escuchado, humaniza y diviniza nuestra vida y es una ayuda muy apreciada para la convivencia social y para alcanzar el bien común del país.
Las fiestas de nuestros patrones aumentan en nosotros la conciencia de nuestra identidad con una cultura y una lengua que han configurado a nuestro pueblo catalán más que milenario, fundado sobre “un fenómeno cultural que puede configurar a los individuos de las razas más diversas”, como afirma el canónigo Carlos Cardó.
Hoy, ante las crecientes corrientes globalizadoras, es muy necesario tomar conciencia de la propia identidad. Estamos conviviendo con muchos hermanos nuestros que provienen de muy diversos lugares del mundo, personas de otras culturas, etnias y religiones. Hemos de dar acogida fraterna a los hermanos que dejando patria, cultura y familia por necesidades materiales, viven entre nosotros. Sin embargo, la acogida humana y cristiana comporta, también, que seamos fieles a nuestra identidad, profundamente arraigada en el pasado, y que es fecunda y capaz de enriquecer y de enriquecerse acogiendo a los forasteros.
Nuestra capacidad de acogida, de amor y de respeto a los que llegan de fuera ha sido una característica bien peculiar. Cataluña, tierra de marca o de paso, desde el inicio ha sido crisol capaz de incorporar a su proyecto de pueblo a los que vienen del norte y del sur. “Somos frutos de diferentes semillas”. Pero esto ha sido así porque hemos conocido y valorado nuestra propia identidad y así hemos podido dialogar, ofreciendo lo que tenemos y dándonos ellos lo que traen.
La Iglesia ha de ser fiel a la identidad que Jesucristo le ha dado al fundarla. Sólo así se puede amar de verdad a los hombres y mujeres de cada lugar y de cada generación, y estar muy cerca de ellos, ofreciendo el tesoro que Jesús le ha confiado: la palabra de Dios, los sacramentos de vida nueva y el amor preferencial por los pobres y marginados. Este tesoro espiritual ha configurado a los cristianos y cristianas de Cataluña durante siglos y siglos, los cuales han dedicado y dedican hoy su vida para construir y hacer crecer a nuestro pueblo en los valores espirituales, culturales, artísticos y sociales. Los cristianos queremos colaborar en bien de toda la sociedad catalana desde nuestra fe en Jesucristo y desde su Evangelio. La voz profética de la Iglesia sobre la vida familiar, la vida social y también la vida política enriquece nuestra democracia. Sin esta voz profética se privaría a la sociedad de una antigua sabiduría que los cristianos hemos recibido de arriba y que ha estado presente y activa en las raíces de nuestra antropología y de nuestra historia.
Los cristianos ofrecemos a nuestra estimada sociedad una antropología que se fundamenta en el valor trascendente de la persona y salva a la sociedad del riesgo de un pensamiento único, que todo lo allana y uniformiza. Son los valores fundamentales como el don de la vida humana, desde su concepción a su muerte natural, el don de la familia valorada y apoyada, sin que se vea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas; el don del derecho de toda persona a unas condiciones de vida dignas, siempre pero especialmente en esta realidad de la crisis económica para que todos participemos de la austeridad de vida e intensifiquemos la solidaridad con los que más sufren las consecuencias de la mencionada crisis; la valoración del derecho de los padres en la educación de sus hijos y la necesidad de que la regulación de la enseñanza sea fruto de un amplio consenso.
La Iglesia de Cataluña tiene un reto prioritario que ha sido la gran invitación de nuestro Concilio Tarraconense: evangelizar a nuestra sociedad. Evangelizar es comunicar, hacer presente y manifestar Jesucristo a los hombres y mujeres de nuestra sociedad para facilitarles un encuentro personal con Él. El encuentro personal con el Señor Jesús está en la base de nuestra conversión y es el fundamento de la auténtica felicidad que todos los humanos anhelamos alcanzar. Hemos de asumir que la realidad de nuestra Europa occidental en este inicio del siglo XXI, es de misión. Nada hemos de temer. No nos hemos de lamentar de ciertos cambios culturales. La levadura cristiana pude hacer fermentar muchas culturas, también la que hoy vemos crecer y que a menudo nos desconcierta.
En esta sede institucional es pertinente poner de relieve la grandeza de la actividad política. El Concilio Vaticano II ha afirmado que “la Iglesia considera digna de alabanza y de atención la tarea de los que se consagran al servicio de los hombres para alcanzar el bien común y aceptan las cargas de este servicio”. Ya con anterioridad Pío XI, el Papa de la Acción Católica, afirmó que “nada, excepto la religión, puede ser superior al terreno de aquello que es la política, que hace referencia a los intereses de toda la sociedad y que, desde esta perspectiva, es el dominio por excelencia de la forma más amplia de la caridad, la caridad política”. El compromiso político vivido con espíritu de servicio ha sido calificado como una “dura escuela de perfección” y como un “exigente ejercicio de virtud”.
Benedicto XVI, en su encíclica “Dios es amor”, dice que “el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política”. La justicia no se conforma con dar sólo a cada cual lo que es suyo, sino que también tiende a crear entre los ciudadanos unas condiciones de igualdad en las oportunidades y, por eso mismo, busca favorecer a los pobres y marginados. Poner de relieve el valor de las diferentes funciones que los ciudadanos realizan es necesario para una ordenada, pacífica y enriquecedora convivencia social. Lo cual es todavía más indispensable para la debida formación de los miembros más jóvenes de la sociedad, tanto para saber valorar y agradecer el servicio que prestan los que ejercen responsabilidades, como para descubrir la necesidad de su compromiso social al servicio de los otros ciudadanos.
Con los catalanes que desde hace quinientos cincuenta y tres años se acogieron a Sant Jordi como patrono, proclamemos que en nuestro Santo Patrón vemos un ejemplo de la voluntad de hacer el bien, de la generosidad de hacerlo sin límites y de la convicción de que podemos vencer con esfuerzo todos los dragones. Que Sant Jordi tan presente en nuestra tierra y en muchos países del mundo nos proteja y bendiga a todos. Amén.

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