“Vengo a ser vuestro pastor y hermano”. Texto completo de la homilía del nuevo arzobispo de Valencia en el inicio de su ministerio

carlosososroconsagracionHermanos y hermanas todos en el Señor: Gracias a todos los que estáis aquí presentes: mis queridos hijos y hermanos de Valencia. Con vosotros vengo a vivir y a ser vuestro pastor y hermano. En el camino de mi ministerio episcopal no puedo olvidar a la Diócesis de Orense y de recordar a Santa María Madre y a todos los cristianos de aquella tierra gallega que me ayudaron y me enseñaron a vivir mis primeros pasos en el ministerio episcopal.
Asturias ha sido mi segundo lugar de servicio y aprendizaje: queridos hermanos de Asturias, sacerdotes, religiosos y laicos, he vivido el ministerio episcopal intensamente con vosotros durante siete años; gracias por haberme dado algo de vuestro corazón lleno de riqueza. Tenéis un corazón muy grande (grandón decimos en Asturias), con él me habéis enseñado a vivir el Evangelio, el mismo que desde hace muchos siglos descubrieron, vivieron y transmitieron los asturianos; en ese corazón siempre hay un hueco para el otro, sea quien sea. Gracias por haberme ayudado a encontrarme más con Jesucristo en su Iglesia.

Queridos hermanos de Cantabria, queridos hermanos que venís del pueblo donde nací para este mundo y para Dios, Castañeda. A todos vosotros, queridos paisanos, os debo el haber conocido a Jesucristo en aquella tierra y haber aprendido a amar a la Iglesia; el haberme incorporado a la Iglesia de Jesucristo desde el nacimiento, el haber sido llamado al ministerio sacerdotal y al episcopal siendo miembro de aquel presbiterio diocesano; junto a vosotros tengo un recuerdo especial para mis padres que ya fallecieron y para mis hermanos y sobrinos que me acompañan hoy. Gracias de corazón a todos: orensanos, asturianos y cántabros.

Germans i germanes, fills molt estimats en Jesucrist, Nostre Senyor, vull que les meues primeres paraules com a Pastor vostre arriben als vostres oïts en la llengua que molts de vosaltres haveu escoltat als braços de les vostres mares. Al dirigir-me a vosatros així, ho faig amb la clara convicció i voluntat que el Senyor m’ha enviat a València per a ser pastor segons el cor de Crist i amb vosaltres anunciar-lo a tots el hòmens, i així mostrar, rescatar i reafirmar a Jesucrist que està en l’arrel de la vostra cultura i les vostres tradicions. Sé, com vosatros, que anunciar a Jesucrist no es fa des d’una transmissió memoritzada i gelada, ja que no és una doctrina. Ell és una persona, per això este anunci es fa fonamentalment amb el testimoni de la pròpia experiència de l’encontre amb Jesucrist, que té la força d’obrir els cors dels hòmens al contacte amb la Veritat. Aquella mateixa experiència que va fer valents a Pere i a Joan quant digueren: “Nosaltres no podem deixar de parlar d’allò que hem vist i sentit”, i que va fer al Sanedrí haver d’expressar-se d’esta manera: “és evident per a tots els habitants de Jerusalem, que ells han realitzat un senyal manifest i no podem negar-ho” (Fets 4, 13-21).

Demaneu al Senyor que jo visca així entre vosaltres i d’esta manera, amb el presbiteriat diocesà, que ho expresse amb la meua vida als seminaristes, futurs sacerdots i col•laboradors. Ajudeu-me vosatros, els sacerdots, a ser testimoni fidel de Déu, ací i ara, ja que l’home hui té fonamentalment ànsia de trobar la Veritat, de viure en la Veritat, de buscar la Veritat. Es per açò, perquè vos vull dir des de l’inici del meu ministeri que sols units a Jesucrist, sols amb Ell, l’arxidiòcesi de València trobarà el seu present i el seu futur i viurà amb passió la missió d’anunciar l’Evangeli.

Vull ser amb vosaltres pastor sant, perquè per a santificar-vos he vingut i desitge junt amb vosatros complir la missió que el Senyor encomana a l’Església. Ho vull fer a l’estil i manera dels meus predecessors, entre els que es troben grans sants i hòmens de fe i força evangelitzadora. Recorde ara als darrers arquebisbes D. Marcelino Olaechea Loizaga, el servent de Déu D. José Maria Garcia Lahiguera, D. Miguel Roca Cabanellas i D. Agustín Garcia-Gasco i Vicente, que hui m’acompanya i m’anima com a verdader pare i germà. Gràcies, D. Agustin.

Vengo como pastor de esta archidiócesis. El Señor Jesús eligió de entre sus discípulos a Doce para que estuvieran con Él. La elección de los Doce fue un acto de amor querido libremente por Jesús en unión profunda con el Padre y con el Espíritu Santo. Hoy doy gracias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo porque aquel don espiritual de los comienzos ha llegado hasta nosotros mediante la imposición de las manos, es decir, la consagración episcopal, que otorga la plenitud del sacramento del orden. Así a través de los Obispos y de los presbíteros que les ayudan, el Señor Jesucristo, aunque sentado a la derecha de Dios Padre, continúa estando presente entre los creyentes. Doy gracias al Santo Padre el Papa Benedicto XVI, a quien de un modo especial Valencia se ha vinculado con su presencia entre nosotros con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias, porque al nombrarme vuestro arzobispo, nos hace ver cómo el Buen Pastor no abandona a su rebaño, sino que lo custodia y protege mediante mi ministerio y en virtud de la participación ontológica en su vida y su misión, haciendo posible que se desarrolle de manera eminente y visible el papel de maestro, pastor y sacerdote. Actuaré en su nombre en el ejercicio de las funciones que comporta el ministerio pastoral porque he sido constituido como vicario y embajador suyo (cf. LG 21; 27).

Vengo en nombre de Jesucristo a quitar los miedos, a dar esperanza y a ser testigo de cómo hay que vivir en el amor. “Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado….. Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana y se apareció primero a María Magdalena… Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos” (Mc 16, 6b; 9-10). Esto fue lo que el mensajero de Dios dijo a las mujeres y lo mismo nos dice a nosotros: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar nosotros el camino de la vida. Vemos junto a Cristo resucitado con ojos de esperanza a esta humanidad. Es verdad que, resucitando el Señor no ha quitado el sufrimiento y el mal del mundo, pero lo ha vencido en su raíz con la superabundancia de la gracia. A la prepotencia del mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Como vía para la paz y la alegría nos ha dejado el Amor que no teme a la muerte. Por eso nos dijo, “que os améis unos a otros como yo os he amado”(Jn 13, 34).

Queridos hermanos sacerdotes: en la Pascua nos alegramos de que Cristo no ha quedado en el sepulcro. Su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos y no al de los muertos. Su muerte fue un acto de amor. No estamos tristes y llorosos como los primeros discípulos que, ante el anuncio de la resurrección, tuvieron dificultades para creer. Nosotros creemos no sólo porque aceptamos una doctrina, sino que creemos por habernos encontrado con Jesucristo muerto y resucitado. En la última cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios y este amor es la verdadera potencia contra la muerte. Es más fuerte que la muerte. De ahí que la resurrección sea como un estallido de luz, una explosión del amor que inaugura una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada y a través de la cual surge un mundo nuevo.

Ayudadme a entregar de primera mano esta experiencia que quita y elimina los miedos y da siempre esperanza. En nuestra existencia diaria son muchas las ocasiones que tenemos para comunicar de modo sencillo y convencido nuestra fe a los demás. Os lo digo a vosotros los sacerdotes y a los diáconos. Por eso os digo que siempre nuestros encuentros despierten la fe, la esperanza y el amor en los demás. Ayudadme a hacer verdad el

mandato del Señor a los discípulos: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”(Mc 16, 15)

Queridos seminaristas: habéis sido llamados a proclamar la Buena Nueva a toda la creación. Sois para mí siempre el don más grande que Dios regala a su Iglesia para que se mantenga en la esperanza y dé esperanza al mundo. Permitidme hacer esta afirmación después de haber proclamado el Evangelio que hemos escuchado: la Pascua constituye el corazón del cristianismo. Por eso en vuestra formación es esencial el encuentro con Jesucristo crucificado y resucitado. Os aseguro que sin esta experiencia personal y comunitaria, sin una íntima amistad con Jesús, la fe es superficial y estéril, la esperanza desaparece y el amor es inconstante. Eliminad los miedos. No busquéis seguridades más que en Cristo. Vuestra vida, para que contagie a otros jóvenes que se incorporen con vosotros al anuncio del Evangelio, ha de fundarse en no querer ofender al otro, en el miedo de destruir por culpa propia las bases del amor. Queridos seminaristas, mirad, quien ama a Dios sabe que únicamente existe una amenaza real para el hombre: El peligro de perder a Dios mismo. Quien aparta a Dios de su vida para liberarse del verdadero miedo, entra en la tiranía del miedo sin esperanza.

Queridos miembros de la vida consagrada: seguid dando un sí total a Jesucristo con el que aproximáis el cielo a la tierra. Monasterios contemplativos, religiosos de vida activa, institutos seculares, sociedades de vida apostólica, vírgenes consagradas y otras formas de consagración en la Iglesia: anunciemos la Buena Nueva a todos los hombres. Que cada día penetre más ese sí de Jesucristo en vuestra vida, de tal manera que regenere vuestra alma. Que vuestro yo esté en Él y así podáis decir con San Pablo: “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Es entonces cuando se realiza el misterio del Cuerpo de Cristo, tal y como lo expuso San Juan Eudes en su tratado sobre el corazón de Jesús: “Te ruego que pienses que Jesucristo es tu verdadera cabeza y que tú eres uno de sus miembros. Él es para ti lo que la cabeza para sus miembros, todo lo que es suyo es tuyo: espíritu, corazón, cuerpo, alma, todo. Lo puedes utilizar como si fuera tuyo…Tú eres para Él como un miembro para la cabeza, que desea intensamente adoptar todas tus capacidades como si fuesen suyas” (F. Cayré, Patrologie et histoire de la théologie III, París 1950, pp. 81-85). Espero de vosotros, queridos hermanos y hermanas, ayuda en el anuncio del Evangelio en nuestra tierra de Valencia.

Queridos hermanos laicos, cristianos todos: la Iglesia es nuestra casa. Ésta es nuestra casa. En la Iglesia católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo. Deseo deciros que quien acepta a Cristo, “camino, verdad y vida” en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad en ésta y en la otra vida. Vale la pena ser fieles, vale la pena perseverar en la propia fe. Pero la coherencia en la fe necesita de una sólida formación doctrinal y espiritual, ya que así contribuimos a la construcción de una sociedad más justa, más humana y más cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica, incluso en su versión reducida, titulada Compendio, ayuda a tener nociones claras sobre nuestra fe. Los laicos debéis tomar una nueva conciencia de vuestra misión particular en el seno de la única misión de la Iglesia: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”. Comprometeos en la edificación de una sociedad justa, solidaria, fraterna. Sed mensajeros de la Buena Nueva de Jesús. Contribuid a la venida del Reino de Dios. Santificad el mundo e infundid el espíritu del Evangelio. Servid al bien común y conoced la doctrina social de la Iglesia. Afrontad la tareas diarias en los campos político, económico, social y cultural. Cuidemos los movimientos apostólicos y las nuevas comunidades surgidas en estos años como un don privilegiado del Espíritu Santo a la Iglesia, como nos ha dicho el Papa Benedicto XVI, para así responder de manera eficaz a los desafíos de nuestro tiempo. El Espíritu Santo quiere la multiformidad de los movimientos al servicio del único Cuerpo que es la Iglesia.

Antes de terminar, permitidme tener tres recuerdos muy especiales.

Uno, para las familias cristianas que se ven muy amenazadas por motivos diversos. La Iglesia debe poner todos los medios a su alcance para ayudar a las familias que constituyen la célula fundamental de toda sociedad sana. Creedme familias cristianas: sin la confianza en Dios, sin la confianza en Cristo, que nos da también la capacidad de la fe y de la vida, la familia no puede sobrevivir. Hagamos todo lo que favorezca a la familia: círculos familiares, catequesis familiares, enseñar la oración en familia, pues donde se hace oración juntos, está presente el Señor y está presente la fuerza que puede romper la esclerocardía, la dureza del corazón, que es el verdadero motivo del divorcio.

Otro recuerdo va para los niños con quienes el Señor tuvo y expresó un cariño singular. Desde que soy obispo he tenido una relación especial con vosotros. Os he escrito una carta cada mes para expresaros que en el origen de todo ser humano está presente Dios Creador. Por eso tenemos el deber de acogeros como hijos que sois, no sólo de unos padres, sino también de Dios, que os ama por vosotros mismos y os llama a la filiación divina. Os ayudaré y estaré a vuestro lado para que la dimensión trascendente crezca cada día más en vuestro corazón, y, como el Señor, pediré a quienes os rodeen: “dejad que los niños se acerquen a mí”.

Y por último un tercer recuerdo para los jóvenes. Siempre ha estado vinculado mi ministerio a los jóvenes. Siendo obispo creí un deber mantener una correspondencia permanente con vosotros. En vosotros he visto siempre al joven a quien tanto quiso Jesús y que nunca le abandonó. Me refiero al Apóstol San Juan. Cuento con vosotros en el anuncio del Evangelio, como contó Jesús con San Juan e invoco para vosotros al Espíritu Santo, Espíritu de fortaleza y de testimonio, para que os haga capaces de proclamar el Evangelio sin temor hasta los confines de la tierra.

Que la Mare de Déu dels Desamparats os enseñe a acoger la Palabra de Dios, a conservarla y a meditarla en vuestro corazón como lo hizo Ella durante toda su vida.
Germans i germanes, Jesucrist es farà present ara entre nosaltres. En el Sant Sopar, al llavar els peus als seus deixebles, ens deixà el manament de l’Amor: “Com jo vos he estimat, així estimeu-vos també vosatros els uns als altres” (Jn 13,34). Això sols es possible units a Ell, com els sarments al cep (Jn 15,1-8). Així va decidir Ell mateix quedar-se en mig de nosaltres en l’Eucaristia, per a que poguérem permanéixer amb Ell.
Quan ens alimentem amb fe del seu Cos i de la seua Sang, el seu amor passa a nosaltres i ens fa capaços per a donar la vida pels nostres germans i no viure sols per a mosatros mateixos. És des d’ací, des d’on naix l’alegria cristiana, l’alegria de l’amor i de ser volguts. En esta alegria està la Fe, l’Amor, i l’Esperança.

La Dona eucarística per excel•lència és Maria, a Ella com un desemparat la invoque per que intercedisca per nosaltres i ens faça viure el misteri de l’Eucaristia. Mare de Déu dels Desemparats, prega per mosatros!
Invoquem també al mateix temps la intercessió dels sants que ací sempre invoqueu: sant Vicent Màrtir, sant Vicent Ferrer, santo Tomás de Villanueva, sant Juan de Ribera, Sants i Santes de Déu, màrtirs del segle XX de València, pregueu per nosaltres ara i sempre. Amén.

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