Homilía pascual del cardenal Cañizares en la que anuncia la Beatificación del cardenal Sancha en Toledo el 18 de octubre

canizares-torreciudad11Reproducimo apara nuestros lectores el texto íntegro de la homilía del cardenal Antonio Cañizares Llovera, Prefecto de la Congragación para el Culto y Administrador Apostólico de Toledo, que ha pronunciado esta mañana en la Catedral Primada, en la Misa del Domingo de Pascua, y en la que ha anunciado que la beatificación del Cardenal Sancha tendrá lugar en Toledo, el próximo 18 de octubre. Adjuntamos también la Carta Pastoral que ha hecho pública con este motivo.

Homilía del Domingo de Pascua:
“Lucharon vida y muerte/ en singular batalla/ y, muerto, el que es la Vida, / triunfante se levanta… ¡Resucitó de veras/ mi amor y mi esperanza!” (Secuencia Pascual). “Vieron y creyeron. Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que El había de resucitar de entre los muertos”. Es más, “la fe de los Apóstoles en Jesús, el mesías esperado, había sufrido una dura prueba por el escándalo de la cruz. Durante su detención, condena y muerte se habían dispersado, y ahora se encontraban, de nuevo juntos, pero perplejos y desorientados; dispuestos a marcharse como aquellos que se retiraban cariacontecidos hacia Emaús. Nosotros, porque ellos vieron y creyeron, también creemos que Cristo ha resucitado: así lo profesamos en el centro de nuestra profesión de fe: “Fue muerto y sepultado, resucitó al tercer día”. Este es el misterio, fundamento de la fe y de la esperanza, la piedra angular en que se asienta el cimiento de nuestra vida.
“No tengáis miedo”, les dice el ángel a las mujeres que llegan al despuntar el alba al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús.” No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí; HA RESUCITADO, según lo había dicho” (Mt 28). Este es el gran anuncio para los cristianos de hoy; éste es el gran pregón para los hombres de todos los tiempos y lugares. La crueldad y la destrucción de esta crucifixión no ha podido retener la fuerza infinita del amor de Dios que se ha manifestado sin reservas en la misma cruz. Los lazos crueles de muerte con que se ha querido apresarle para siempre al Autor de la Vida, Jesucristo, han sido rotos de manera definitiva, no han podido con El. No busquemos entre los muertos al que está vivo. ¡Animo, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33), asegura el Señor.
Esta es nuestra fe. Esta es nuestra victoria: la fe de la Iglesia que vence al mundo, la que derrota al mal y a la muerte. La resurrección de Jesús de entre los muertos es el núcleo de nuestra fe. Ella es el acontecimiento culminante en que se funda la fe cristiana, la base última que la Iglesia tiene para creer, el fundamento para la esperanza grande que nada ni nadie puede hacer tambalear, la raíz de un amor que se entrega todo por encima de los poderes de muerte, de odio, de mentira, de venganza. La fe cristiana es fe en la persona de Jesús; y esa fe depende del acontecimiento del Hijo de Dios “venido en carne” y crucificado y de su resurrección de entre los muertos.
Por eso también nosotros resucitaremos. Y si nosotros no resucitamos, “si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado” (1 Cor 15,13). Pero entonces nuestra fe carece de sentido, no tiene fundamento ni consistencia, seríamos los más desgraciados de los hombres, seguiríamos hundidos aún en nuestros pecados. Por esto dice san Pablo: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación; vana también vuestra fe (1 Cor 15,4). Si Cristo no ha resucitado y si nosotros no resucitamos, entonces Cristo no es el Hijo único de Dios venido en carne, sólo sería un hombre y un ejemplo para la lucha, un ideal inalcanzable o un modelo para los más fuertes. No sería el salvador, no nos habría redimido ni rescatado de los poderes de la muerte y del pecado; no nos habría salvado. Continuaríamos en
la soledad, cargados con el pesado fardo de nuestra miseria sin poder deshacernos de él y, encima, con la terrible tarea, imposible de alcanzarla por nuestra parte, de liberarnos de la muerte y alcanzar la vida para siempre. No habría salvación para el hombre. La esperanza humana sería una pobre esperanza, una mera resignación, una esperanza limitada a unos bienes o a un recuerdo, nada más; la muerte continuaría dominando de manera inexorable y la vida carecería de sentido. Porque para qué amar, trabajar, casarse, luchar, esforzarse. Todo sería vanidad, ilusión.
Sobre esta verdad, sobre Cristo resucitado de entre los muertos, sobre esta piedra angular se asienta todo y sin ella no hay posibilidad de edificar la humanidad. No podemos silenciarla. Es la gran alegría para todo el mundo, la gran esperanza que los hombres necesitan para poder arrostrar el futuro y fundamentar la vida. Esta es la gran verdad que todo hombre requiere para hallar razones que le impulsen a vivir con sentido y a amar con toda la fuerza del corazón, sin reserva alguna.
Con el Crucificado resucitado se hace presente de verdad el Señorío de Dios, su Reino. Aquello que se había iniciado en la vida pública de Jesús, anuncio y promesa de que el Reino de Dios había llegado, y que parecía anulado después con su muerte, eso aparece ahora con nueva y poderosa eficacia. Dios, en efecto, está y es verdaderamente cercano a los pobres, a los pecadores, a los enfermos, a los fracasados de la historia, a los muertos sepultados en la tierra. Su amor creador y fiel va a llevar a cabo las esperanzas más profundas del hombre: que el hombre viva, que el hombre viva en plenitud, que el hombre viva para siempre, que el hombre alcance la felicidad y la dicha supremas que sólo Dios, el Amor infinito puede dar y colmar.
Por eso la Iglesia proclama con todo lo que es y con toda su voz que Cristo ha vencido a la muerte, que El que ha muerto en la Cruz revela la plenitud de la Vida y nos ha traído la Vida, vida eterna. El mundo de hoy, sectores de este mundo que parecen querer la desaparición o la muerte de Dios, el silenciamiento de Dios, su confinamiento al sepulcro y al olvido, su expulsión de nuestro mundo al mundo de los muertos, necesita escuchar el mensaje de la Resurrección, abrirse a El, detenerse y pensar que si Dios ha muerto, que si Cristo no vive, también para el hombre se le cierra toda esperanza. La muerte de Dios puede comportar, está comportando, desgraciadamente la muerte del hombre, el olvido del hombre. Sin Dios, que resucita a Jesucristo de entre los muertos, no hay futuro para el hombre.
Cristo ha resucitado para que el hombre encuentre el auténtico significado de la existencia, para que el hombre viva en plenitud su propia vida, para que el hombre que viene de Dios, viva en Dios, y así tenga futuro, un futuro grande, el de Dios, que es Amor y Vida. Cristo ha resucitado. El es la piedra angular. Ya entonces se quiso rechazarlo y vencerlo con la piedra vigilada y sellada del sepulcro. Pero aquella piedra fue removida. Cristo ha resucitado. No rechacemos a Cristo, si queremos y debemos construir el mundo humano, el mundo de hoy y de mañana; el mundo de la cultura y de la civilización, el mundo de la economía y de la política, el mundo de la ciencia y de la
información, el mundo de la familia y de las relaciones sociales, el mundo del trabajo y el del comercio, el mundo de la educación y de una nueva civilización, de una humanidad renovada en todas sus esferas y dimensiones, el mundo del ocio o de cualquier espacio humano donde el hombre se construye y desarrolla su vida. Acojamos sin ninguna reserva y no rechacemos nadie a Cristo. ¡El es la piedra angular!, sobre la que se construye la historia de la humanidad entera y la de cada uno de nosotros. Que no lo rechace ningún hombre, porque cada uno es responsable de su destino: constructor o destructor de la propia existencia.
Abramos de par en par nuestras puertas a Cristo, al Redentor que vive. No tengamos miedo. Acojamos a Cristo resucitado en nuestras propias vidas. Y seremos hombres nuevos y se alumbrará una nueva primavera para la Iglesia y para el mundo, se abrirá paso una nueva humanidad hecha de hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida conforme al Evangelio de la Resurrección. Acojamos a Cristo, el Amor que ha triunfado sobre el odio y vive para siempre, la verdad que nos hace libres sobre la mentira que esclaviza y mata, y será posible una civilización del amor, una nueva cultura, la cultura de la solidaridad y de la vida. Exultemos de gozo en este día. Porque se nos ha abierto para todos los hombres la gran esperanza del gran Día en que actuó el Señor. Avivemos nuestra fe y nuestra esperanza en Aquel, Cristo, que, al despuntar el alba de un nuevo Día, ha roto la tiranía de la muerte y ha revelado la fuerza divina de la Vida y de su Amor que no tiene medida. El es el único nombre en el que podemos ser salvos. El es nuestra esperanza. Ahí está la alegría y la dicha para todo el mundo de la que somos testigos. Llenos de la alegría de la Pascua podremos hoy hacer presente a Dios en este mundo, como se muestra en la resurrección de Jesucristo, y en la vida de los testigos de su resurrección, testigos de Cristo que venció la muerte y es Vida.
“La vida y la muerte se trabaron en duelo”, pero este duelo secular que acompaña toda la historia Iglesia y del peregrinar de los hombres, desemboca en el triunfo del Señor de la vida, que ha venido y viene, está entre nosotros hasta el fin de los siglos, para que los hombres vivan, vivan en plenitud de vida eterna. Por eso, contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia que es presencia de Jesús resucitado está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel “sí” a la vida y a 1 hombre, de aquel “amén” al amor en favor del hombre, que es Cristo resucitado mismo. Al “no” a la vida que invade y aflige el mundo, la fe en el Resucitado, que es afirmación del hombre por parte de Dios, contrapone este “Sí” viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida. Nuestra confesión de fe en Jesucristo resucitado de entre los muertos que hoy renovamos es fe en el Dios de la vida, en el hombre querido por Dios como acredita la resurrección de Jesús de Nazaret, Hijo del hombre e Hijo único de Dios inseparablemente. Dejaríamos de ser cristianos, renunciaríamos a la fe que proclama que Jesucristo ha resucitado si los cristianos estuviésemos ausentes en la batalla por la vida, ya tan dura y cruel en estos momentos, pero que aún se prevée que sea mayor en los años sucesivos con normativas o formas de actuar que favorezcan el “no” a la vida y el “sí” a la muerte. La fe, la apuesta por el hombre y la vida
que surge de la Resurrección llevará a derrotar todos los signos de una cultura de muerte, que no tiene futuro alguno, porque la muerte ha sido definitivamente vencida.
Seamos testigos de la resurrección de Jesucristo, como testigo singular de ella ha sido el Siervo de Dios, Cardenal Ciriaco María Sancha y Hervás, arzobispo que fue de Toledo y que ahora hace cien años pasó a la casa del Padre. Hoy, queridos hermanos y hermanas, os anuncio la gran alegría, vinculada a la Pascua del Señor, que ya hay fecha para su beatificación y tendrá lugar en esta Santa Iglesia Catedral de Toledo, donde reposan sus restos mortales, el día 18 de octubre próximo, fiesta de San Lucas, domingo del Domund, día de las misiones para anunciar hasta los confines de la tierra a Jesucristo, Salvador y esperanza de los hombres de hoy. La Divina Providencia ha querido bendecirnos, en este día de Pascua, con la gran noticia de la fecha de la beatificación del que fue nuestro buen Pastor y sigue siéndolo desde la gloria de Dios velando por su pueblo. Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Por eso, hoy mismo, ante la próxima beatificación del cardenal Sancha, he firmado una carta pastoral ofreciéndoos una carta pastoral que trata de recoger un resumen de su vida, testimonio vivo de la resurrección del Señor. A los sacerdotes, a las personas consagradas, a todos los fieles cristianos de la diócesis me dirijo y a todos os ruego que conozcáis a este gran y singular testigo del Resucitado para los tiempos que vivimos. Sin duda que la beatificación del venerable Ciriaco María Sancha y Hervás servirá para ahondar y consolidar nuestra fe que proclama que Jesucristo ha vencido a la muerte y que estamos llamados a participar de su victoria llevando, por el Espíritu Santo, una vida nueva. Preparémonos con esmero, con docilidad, con apertura total a Jesucristo, a lo largo de estos meses para este acontecimiento de gracia, acontecimiento de resurrección. Que el cardenal Sancha, el hombre que invita a la esperanza, proteja a Toledo, a la Comunidad de castilla-La Mancha, a España y a la Iglesia Universal.
“Buscad los bienes de allá arriba”, leemos en san Pablo. Para comprometernos en la tierra y en la obra de renovación de la humanidad, como el cardenal Sancha, no podemos olvidar la dimensión en la que ésta se fundamenta, la dimensión que nos descubre la resurrección de Jesucristo de la que fue testigo singular nuestro santo Arzobispo: es la afirmación de Dios, Cuando no se conoce a Dios, no se conoce a sí mismo el hombre, y destruye la tierra. Feliz Pascua de resurrección”.
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cardenalsancha2CARTA PASTORAL DEL CARDENAL ANTONIO CAÑIZARES, ANTE LA PRÓXIMA BEATIFICACIÓN DEL CARDENAL SANCHA, ARZOBISPO DE TOLEDO, PRIMADO DE ESPAÑA

1. SALUDO
Queridísimos hermanos: la Divina Providencia ha deseado bendecirnos con la gran noticia de la beatificación del cardenal Sancha, Arzobispo de Toledo y Primado de España, para el próximo 18 de octubre. Precisamente en este año, en el que celebramos el centenario de su partida a la Casa del Padre, la noticia no puede por menos de alegrar nuestros corazones, por cuanto este pastor ejemplar ha sido y sigue siendo un regalo de Dios para toda la Iglesia y para nuestra nación.
2 PRIMEROS AÑOS DE VIDA Y COMO SACERDOTE
Don Ciríaco María Sancha y Hervás nació en Quintana del Pidió (Burgos) en 1833 y murió en Toledo en 1909. Este primer dato nos da idea de cómo su vida abraza uno de los períodos más intensos de la historia de España. De extracción muy humilde-nació en el seno de una familia de jornaleros y él mismo, hasta su ingreso en el Seminario, trabajó en las diversas faenas del campo-, llegaría a ocupar los puestos más relevantes de la jerarquía eclesiástica de su tiempo.
A los cinco años de su ordenación sacerdotal -verificada en 1858 en su diócesis de Osma- marchaba a las Antillas como secretario del arzobispo de Santiago de Cuba. La situación mísera de la Isla -consecuencia de una seria crisis mundial y agravada por la guerra de los diez años- le obligó a centrar sus esfuerzos en la atención a los más desfavorecidos, para lo cual fundó una congregación religiosa, las Hermanas de los pobres inválidos y niños pobres -en la actualidad Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha-. La pronta muerte de su prelado abría un cisma en aquella diócesis, desencadenado por el gobierno español al imponer un candidato no aceptado por la Santa Sede. Sancha se puso al lado del Sumo Pontífice y esto le valió varios meses de prisión en lugares inhóspitos de la Isla. Su testimonio heroico en circunstancias tan lamentables, así como su inteligencia en la defensa de los derechos de la Iglesia, se vieron reconocidos con el episcopado en los primeros compases de la Restauración.
3. SANCHA OBISPO DE AVILA. MADRID, VALENCIA Y TOLEDO
El 13 de marzo de 1876 era consagrado como obispo auxiliar del primado Moreno Maisonave. Su ministerio, aparte de cursar la visita pastoral por la entonces extensísima diócesis de Toledo, se centró principalmente en Madrid, donde preparó su pronto nacimiento como diócesis e inspiró la construcción de la futura catedral de la Almudena. Los años de pastoreo en la Capital le dieron un conocimiento muy amplio y
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cercano de la realidad eclesial española y de los graves problemas que la comprometían, no siendo el menos importante la división de los católicos.
Seis años más tarde, en 1882, era nombrado obispo de Ávila. En la diócesis de santa Teresa, aparte de organizar el centenario de la mística carmelita, fundó la primera Trapa femenina de España para dar respuesta a tantas jóvenes que no podían ingresar en la vida monástica por falta de dote. Las continuas injerencias del poder civil desvelaron muy pronto la personalidad del pastor celoso por la libertad y unidad de la Iglesia. En Ávila ideó un proyecto de Congreso católico nacional para unir las fuerzas católicas de España en momentos muy difíciles para la existencia del Papado; asamblea inspirada en la Opera dei Congressi italiana, que tan buenos resultados estaba dando en distintos países del ámbito occidental.
El nacimiento de la diócesis madrileña fue ocasión para que la Santa Sede se fijara en él como primer obispo de Madrid-Alcalá. Sin embargo, ciertas presiones políticas impidieron el proyecto. A pesar de ello, al cabo de unos meses, el asesinato de don Narciso Martínez Izquierdo haría irrevocable el deseo pontificio de situar a don Ciríaco María al frente de la naciente diócesis. En Madrid se pusieron de manifiesto las cualidades organizativas y el apasionado amor a la Iglesia de su prelado. Fue el verdadero fundador y organizador de la diócesis, impulsando el Seminario, estructurando la Curia y erigiendo varias parroquias nuevas. La situación del clero era muy precaria; don Ciríaco María destacó como un gran obispo reformador, dotando a sus sacerdotes de medios eficaces para dignificar su vida y ministerio. En Madrid hizo realidad lo que venía acariciando durante los últimos años: organizó el primer Congreso católico nacional, al que seguirían cinco más, celebrados en distintas ciudades españolas; nacía así el movimiento católico en España y se daba un decidido impulso al laicado para su proyección en la vida social y eclesial.
En 1892 era nombrado arzobispo de Valencia. Al poco tiempo de tomar posesión de la diócesis, organizó el primer Congreso eucarístico nacional. En la tierra levantina -inmersa en una gran efervescencia industrial y zarandeada por un republicanismo de corte anticlerical-desplegó una intensa actividad en favor de los obreros, auxiliado por el jesuita padre Vicent. Fundó el Consejo Nacional de las Corporaciones Católico-Obreras y en 1894 organizó la primera peregrinación nacional obrera a Roma, conduciendo a la Ciudad Eterna ni más ni menos que 18.000 obreros. Al poco tiempo sería creado cardenal. Aparte de la visita pastoral, sin obviar pueblos muy hostiles al catolicismo, trabajó incansablemente por elevar el nivel cultural, moral y espiritual de su clero, liberándolo de afecciones políticas que tanto empañaban su ministerio entre el pueblo. Igualmente favoreció el diálogo con los intelectuales, instaurando tertulias con los católicos más prestigiosos en todos los ámbitos del saber y fundando una revista científica para difundir ese diálogo fe-cultura tan escaso en la Iglesia española finisecular.
Su labor incansable en favor de la unidad y organización de las fuerzas católicas, así como su indudable valía personal -ya despuntaba como el prelado de mayor influjo en el episcopado español y el interlocutor más eficaz que la Santa Sede tenía en sus relaciones con el Gobierno-, lo elevaron a la archidiócesis primada cuando ésta quedó vacante. Entraba en Toledo el 5 de junio de 1898, en plena crisis de ultramar y en medio de una profunda decadencia nacional. La Santa Sede buscó en el cardenal Sancha el hombre que restituyera al primado un prestigio necesario para servir a la

unidad de los obispos y de toda la Iglesia española. Y no se equivocó. Don Ciríaco María supo desempeñar este ministerio como un carisma al servicio de la unidad eclesial y nacional. Es más, su fiel adhesión al Romano Pontífice libró a la Iglesia española de inquietantes derivas cismáticas, producidas por fuerzas centrífugas ya desde el inicio de la Restauración. La unidad de los católicos tendría que ser precedida por la no menos difícil de sus pastores. Fue precisamente en un contexto de anticlericalismo y de profunda crisis cuando organizó la primera Asamblea episcopal en Madrid, precedente de la actual Conferencia Episcopal Española. Ya para entonces comenzaba a despuntar un nuevo episcopado, más libre, más pastoral, más universal; menos atado a compromisos políticos de parte, siempre efímeros. En definitiva, unos obispos cada vez más parecidos al nuevo estilo episcopal que representaba don Ciríaco María.
En Toledo, cuna espiritual de España, pero que en ese momento compartía la gran decadencia de la nación, no abandonó su preocupación por las condiciones míseras en las que se encontraba el pueblo y sus sacerdotes. Tampoco descuidó su interés por la vida consagrada, fundando con la beata Dolores Rodríguez Sopeña las Damas Misioneras de Cristo Redentor -conocidas como las Damas Catequistas-, en la actualidad Instituto Catequista Dolores Sopeña. Muy pronto dieron copiosos frutos entre los obreros, sus familias y en el interior de las cárceles; también en pueblos reacios al catolicismo. La ciudad, que se vio favorecida por varias academias para la promoción de los obreros, así como por un Protectorado para dignificar su precaria situación, quiso agradecer lo mucho que debía al Cardenal, nombrándole hijo adoptivo.
Una gélida mañana de febrero de 1909 disponía que se cargase de víveres y ropas el carromato del Arzobispado. Quiso ir él, personalmente, a aliviar la hambruna y el frío de su gente. Regresó a casa aquejado de un severo enfriamiento. Aun así, gravemente enfermo como se encontraba, salió al día siguiente para dar una plática a sus amadas catequistas del Cerro de Gracia. Cuando por fin volvió a casa, se acostó para nunca más levantarse. El 25 de febrero fallecía en Toledo aquél a quien todos conocían como el padre de los pobres. Partía a la Casa del Padre el pastor fiel que dio todo por sus ovejas. Su último aliento fue una ofrenda fina y delicada por la Iglesia. «Vivió pobre, murió paupérrimo», reza su lápida sepulcral en la Catedral Primada; tumba en la que nunca ha faltado un sencillo ramo de flores depositado por gente humilde.

4. SEMBLANZA PERSONAL DE UN GRAN PASTOR
CONFORME AL CORAZÓN DE DIOS
Son muchas las facetas que sobresalen de la rica personalidad del cardenal Sancha. Su preparación intelectual como pocas cabezas en el episcopado -aparte de su gran formación en doctrina social, dominaba varios idiomas y poseía una excepcional erudición en distintos saberes-; su porte modesto y sencillo, su dulzura y amor en el trato con todos; su capacidad para dar respuesta a cada imponderable que surgiera -aquella España, como la nuestra, estaba llena de problemas a cual más grave-; su fidelidad a la Santa Sede, que todos -incluso sus adversarios- reconocieron como una de sus notas más características; su profundidad interior para captar las mociones del Espíritu y ser especialmente sensible a la vida consagrada -no sólo

fundó tres familias religiosas, sino que alentó decididamente otras muchas-…, hacen de él una figura del todo atrayente, actual y necesaria para la Iglesia y sociedad de nuestro tiempo.
Una figura, la del cardenal Sancha, que no queda circunscrita a los límites de una diócesis como Toledo, sino que abarca toda la Iglesia española y las dos orillas del Atlántico, abrazando los distintos países por donde están extendidas sus fundaciones. Una figura que alcanza resonancia europea, por cuanto fue el prelado español más conocido en Europa y la ventana por la que la Iglesia española se asomaba al viejo continente para asumir los cambios que precisaba.
Hablar del cardenal Sancha es hablar de un tiempo y del prelado más significativo de ese tiempo, el de la Restauración. Muy pronto se dio cuenta de que no eran las estructuras políticas ni las eclesiásticas las únicas que precisaban de reforma. Aquello que realmente había que restaurar era ni más ni menos que el alma española. Esto era lo verdaderamente importante, lo que España había dado al resto del mundo y que nació precisamente en el tercer Concilio de Toledo.
La grave crisis que padeció España a lo largo de todo el siglo xix le hizo sentir la urgencia de restaurar el valor de la persona, creada a imagen y semejanza del Creador; rescatar, por tanto, su capacidad racional, su sentido de la libertad y, sobre todo, su posibilidad de amar. El concilio Vaticano i había asentado como un principio básico del catolicismo la relación armónica entre la fe y la razón; en un tiempo en que cierto cientifismo materialista y simplificador afirmaba categóricamente que el universo era infinito y autosuficiente, los científicos católicos afirmaron lo que con el correr del tiempo asumiría la propia ciencia: la existencia de un universo finito y no autosuficiente, que el creyente acoge como uno de los mayores dones que Dios ha ofrecido a la humanidad. Ésta fue la línea armónica y genuinamente católica que el cardenal Sancha propuso en sus escritos y en el círculo de intelectuales que siempre alentó.
Fue el cardenal Sancha uno de los primeros en descubrir que el futuro de la Iglesia pasaba por un decidido impulso al laicado y su penetración en las estructuras sociales, culturales y políticas de su tiempo. Era mucho lo que había que restaurar, y los seglares no podían permanecer indiferentes, con los brazos cruzados ante la urgencia del momento. Fue el hombre que se dio cuenta de la encrucijada histórica por la que atravesaba España y el resto de Europa; y puso todo su empeño en movilizar y organizar las fuerzas católicas en beneficio de esas grandes transformaciones que el mundo precisaba. Sancha fue el gran sillar que propició el crecimiento del laicado católico hasta los altos niveles de preparación y fidelidad que goza en nuestros días. De ahí que con toda propiedad deba considerársele como el padre del movimiento católico en España.
Fue un gran español, que señaló el camino a seguir ante las dificultades de su época, tan parecidas a las actuales, y cuya verdad ha calado en los hombres de su generación y siguientes. Estamos en deuda ante los grandes servicios que el cardenal Sancha prestó a la nación española como hombre de equilibrio y pacificador de ánimos. Supieron reconocerlo los hombres de Estado, desde los reyes hasta los gobernantes de todos los ámbitos -administrativos e ideológicos-. Considerado como el sociólogo purpurado, en su tiempo uno de los especialistas más importantes a nivel

europeo sobre doctrina social católica, trabajó denodadamente por la conciliación entre el capital y el trabajo. La grave crisis económica y de identidad nacional precisaba aunar esfuerzos, no perderse en reproches de clase, tantas veces nacidos del egoísmo cuando no de la avaricia o de una inoperancia autocomplaciente. Don Ciríaco María no sólo conocía como pocos la realidad de los obreros; él mismo compartía con los más desfavorecidos un estilo de vida austero; es más, vivía pobremente y repartía entre los menesterosos cuantos bienes llegaban a él. Fue muy querido por los más humildes. Para ellos tuvo siempre el alma abierta, como abiertos estaban los bolsillos de su sotana. Y ellos trataron de agradecérselo, abarrotando las calles de Toledo cuando sus restos mortales desfilaron por la Ciudad Imperial; y costeando su hermosa lápida sepulcral. Ese ramo de flores frescas que ininterrumpidamente ha sido testigo de tantos ruegos de gente humilde, también testimonia una deuda aún no saldada con el padre de los pobres.

5. ACCIÓN DE GRACIAS POR EL CARDENAL SANCHA
Debemos dar muchas gracias a Dios por el regalo que nos ha hecho en el cardenal Sancha. En primer lugar la diócesis de Toledo. Sin lugar a dudas, el cardenal Sancha encarna la identidad y la vocación de nuestra diócesis. Identidad cristiana que hunde sus raíces en la fundación de España y constituye su gran aportación a Europa e Hispanoamérica. Don Ciríaco María abraza en una única identidad y vocación cristiana los dos continentes, el viejo y el nuevo, aportándoles la savia eternamente joven y actual del Evangelio. La historia de España es inseparable de Toledo. Cuando en los albores de la Edad Media España se perdió, la reconquista de Toledo supuso la recuperación de aquella España. Nuestra nación volvió a perderse en el desastre del 98. Dios suscitó en medio de nosotros a este gran hombre de Dios y gran español para la recuperación espiritual de aquella España y de nuestra España. Su vida no sólo supone una gran aportación a la Iglesia, sino a España y al mundo entero.
Atravesamos en estos momentos una situación difícil a nivel nacional e internacional. Es precisamente en este tiempo histórico cuando la Divina Providencia nos concede el regalo de la beatificación del cardenal Sancha. Como todos los grandes hombres, no es un personaje encerrado en la vitrina del pasado. Y como todos los dones de Dios, no es para un momento concreto ya transcurrido. Todos los regalos de Dios lo son también para el futuro y para agrandar la esperanza. Don Ciriaco María es una figura de esperanza. Es un gran faro de luz que debemos conocer; y entender lo que a través de él se nos dice que es posible. Hoy es posible llevar a cabo todo lo que el cardenal Sancha llevó a cabo. Hoy es posible que haya estabilidad y armonía social. Hoy es posible que se restaure el valor de la persona. Hoy es posible que haya un espacio grande de libertad. Hoy es posible que los pobres -que padecen más que nadie el zarpazo de la crisis económica, antes moral y espiritual- puedan ser atendidos y apreciados en su dignidad. Hoy es posible una justicia social. Hoy es posible apostar por la conciliación laboral y la superación de egoísmos de grupo. Hoy es posible conseguir una información enteramente veraz. Hoy es posible todo cuanto vemos en el cardenal Sancha si efectivamente seguimos y nos abrimos a lo que él aportó y de lo que fue testigo: una fe con rostro humano, Jesucristo. Don Ciriaco María nos ayuda a creer en el futuro y apostar por él.

No dudo en calificar a don Ciríaco María Sancha y Hervás como el Gran Cardenal de la España contemporánea. El hombre que supo conducir a la Iglesia española en la difícil encrucijada del siglo XIX al XX e introducirla en la modernidad. El padre del movimiento católico en nuestra nación, que fiel a Pedro y apasionado por la unidad de la Iglesia, organizó las fuerzas católicas y alentó la responsabilidad de los seglares en la vida social, cultural y política de su tiempo. En las líneas dibujadas por don Ciríaco María discurriría el devenir de la Iglesia española hasta el concilio Vaticano II. En dicha senda encontrarían su cauce varios movimientos e iniciativas apostólicas que surgieron tras su muerte. En él está el origen de lo que, pasados unos lustros, sería la Acción Católica en España. En él, igualmente, se encuentra a uno de los grandes inspiradores de una universidad católica que respondiera a los grandes retos que la sociedad occidental planteaba a la Iglesia. El cardenal Sancha fue asimismo un entusiasta inspirador de la prensa católica -él mismo fundador y patrocinador de periódicos-, intuyendo la enorme importancia que representaba el periodismo católico para la nueva sociedad que se estaba gestando.
Hay una gran faceta que destaca en el corazón del cardenal Sancha, y es su apasionado amor a la Eucaristía, su corazón enteramente eucarístico. Él es el padre de los Congresos eucarísticos españoles: organizó en Valencia -diócesis de gran tradición eucarística- el primer Congreso eucarístico nacional. Unos meses antes de morir y con una salud muy mermada, don Ciríaco María viajó a Londres para representará España en el Congreso Eucarístico Internacional. Deseó hacerlo para ofrecer un testimonio de catolicidad -amor a la Eucaristía- y españolidad. Toledo también es una diócesis eminentemente eucarística. El año próximo, pocos meses después de la beatificación del cardenal Sancha, celebraremos en Toledo el Congreso eucarístico nacional. Representa para nuestra querida diócesis un signo, un reto, una apuesta de futuro. Y es que en la adoración eucarística está el futuro: en el reconocimiento de Dios está el verdadero futuro y la fraternidad leal con los hombres. El futuro nos lo indica, como guía segura, el resumen de la vida de don Ciriaco María: «Hecho todo a todos con ardiente celo de caridad. Vivió pobre, murió paupérrimo». Ése es el gran futuro que parte de la Eucaristía.
También el cardenal Sancha se postula como un modelo de sacerdotes, inserto en la mejor tradición reformadora que prendió en las grandes figuras sacerdotales de finales del siglo XIX y primer tercio del XX. Si es verdad que el clero del siglo xix precisaba de reforma, no es menos cierto que emergió toda una pléyade de sacerdotes insignes que dignificaron el estado sacerdotal e hicieron creíble la penetración del Evangelio en todas las capas de la sociedad. Hombres como san Antonio María Claret, san Enrique de Ossó, san Pedro Poveda, san José María Rubio -al cual ordenó de sacerdote don Ciriaco María cuando era obispo de Madrid-, los beatos Marcelo Espinóla y Manuel Domingo y Sol; o don Andrés Manjón, don Saturnino López Novoa, don José Orberá… Y nuestro próximo beato Ciriaco María Sancha, ofrecieron un testimonio sacerdotal que ha perdurado hasta nuestros días en toda su frescura. Un estilo de vida el del nuevo beato marcado por un apasionado amor a Jesucristo y su Iglesia; por una austeridad que resultaba expresión de la fraternidad con los más débiles y necesitados; por una preparación intelectual seria y profunda, atenta a los problemas que más acuciaban al mundo, a fin de mejor servirle desde los valores
evangélicos. Así eran los sacerdotes que salieron de su escuela sacerdotal, los seminarios por él reformados. Así eran los sacerdotes que con el correr de los años darían su vida martirialmente cuando la persecución religiosa requirió testimonios heroicos de fidelidad sin fisuras; muchos de ellos fueron hijos espirituales del cardenal Sancha y su estilo sacerdotal.
De ahí que tengamos motivos sobrados para agradecer tanto el regalo que representa el cardenal Sancha. La Iglesia española, con sus obispos, sacerdotes, religiosos y seglares, está en deuda amorosa con él. Especialmente las diócesis que tienen una relación especial con don Ciríaco María: Osma-Soria, Ávila, Madrid, Alcalá, Getafe, Valencia, Toledo, así como la Iglesia en Cuba, República Dominicana y otros países de Iberoamérica. Diócesis que desean ofrecer el testimonio de un especial hermanamiento. Cuantos actos se organicen para dar a conocer su persona y misión, deben ir penetrados de su espíritu de comunión, amor al Santo Padre y servicio a los pobres.

6. LA BEATIFICACIÓN DEL CARDENAL SANCHA
La beatificación del cardenal Sancha constituirá para todos un motivo de enorme alegría y un mensaje de santidad y de equilibrio. Para el Colegio Cardenalicio, que un miembro suyo tan eminente alcance el honor de los altares y se postule como modelo de sencillez y de amor a Pedro. Para la diócesis toledana representará una satisfacción muy honda la beatificación de un Primado, circunstancia que no se verificaba desde tiempos visigodos. La diócesis madrileña sentirá el gozo de tener a su inicial pastor en los altares. Los seglares de toda España verán en él a un padre, fundador del movimiento católico; y una oportunidad para actualizar el don de la comunión eclesial, que tantos desvelos produjo al Cardenal. La vida consagrada, en sus tres vertientes -activa, contemplativa y laical-, podrá beneficiarse de ese delicado amor a la Iglesia y al Santo Padre que don Ciríaco María supo imprimir en sus fundaciones. Los obispos y sacerdotes contemplarán un modelo de santidad sacerdotal, que aunó en sí una profunda vida interior, una gran preparación intelectual y un apasionado amor a la Iglesia y al ser humano.
Sin duda que la beatificación del venerable Ciríaco María Sancha y Hervás servirá para ahondar en el sentido de comunión eclesial -tan vinculado a la Eucaristía y tan necesario en nuestros días-. Que el cardenal Sancha, el hombre que invita a la esperanza, amante del Corazón de Jesús, de la Inmaculada y de san José, proteja a Toledo, a España y a la Iglesia Universal.
En Toledo, a 12 de abril de 2009,
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

+ ANTONIO, Cardenal CAÑIZARES LLOVERA
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos,
Administrador Apostólico de la Archidiócesis de Toledo

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