El obispo de Plasencia propone a los sacerdotes el ejemplo evangelizador de San Pablo

rodriguezmagroComo Pablo, testigos de la Palabra de Dios
Hermanos sacerdotes:
1. Sin restarle valor a la Eucaristía que celebraremos (D.m.) el Jueves Santo, y que evoca siempre la Cena inaugural del misterio eucarístico y del misterio de nuestro sacerdocio; ésta que hoy celebramos quiere ser “memoria” personal y comunitaria de nuestra ordenación sacerdotal. Hoy, en efecto, renovamos nuestras promesas sacerdotales. Este rito actualiza espiritualmente nuestra identidad existencial, y en él renovamos la acción sacramental que nos transformó, al tiempo que recordamos con gratitud la historia de nuestra vida ministerial en su fidelidad y también en sus pecados. Hoy todos nos peguntamos si hemos sido presencia y representación de Jesucristo, el Buen Pastor. Hoy todos indagamos, confiados en la misericordia de Dios, si hemos vivido en nuestros sentimientos, actitudes y acciones bajo la caridad pastoral; o si, por el contrario, el desacierto de nuestra vida ha estado en no querer o no saber expresar la caridad del corazón de Cristo. De todo eso, de su concreción habla el interrogatorio que con tanto fervor meditamos y proclamamos cada año en esta Misa Crismal.
Lo hacemos, insisto, ante el pueblo sacerdotal que tiene a bien acompañarnos, sobre todo porque también ellos son hoy protagonistas de esta celebración eclesial en el corazón del año litúrgico. Los óleos y el crisma que bendeciremos y consagraremos son instrumentos al servicio de la gracia divina, que da nueva vida, sella la presencia del Espíritu Santo, consagra al servicio de la Iglesia o es cauce de la gracia sanante de Dios en el cuerpo y en el alma. Con cada uno de estos elementos se realiza, sobre todo, la obra maravillosa de la identidad cristiana, y la gracia de la identidad de los ministros.
2. Juntos hemos escuchado la Palabra de Dios que, una vez más, se convierte en nuestra compañera y guía. Hoy nos recuerda la misión profética de la Iglesia: la diseña en Isaías y la realiza en Jesucristo, “ungido” de la potencia del Espíritu Santo, en quien todos participamos en la Iglesia. Hoy, en efecto, se cumple la Palabra que acabamos de oír: el Espíritu Santo que está sobre Jesús, está en la Iglesia y, en ella, participamos de la vida de Dios. En la Iglesia el Espíritu Santo ha realizado y sigue realizando maravillas, de las que nosotros somos testigos privilegiados, pues también las realiza en nuestra propia vida y en nuestra actuación ministerial. “Y con la gracia del Espíritu Santo, la Palabra de Dios dé fruto en el corazón de los hombres…” decía la plegaria de Ordenación, que fiaba al Espíritu Santo el Orden sacerdotal en la Iglesia. Y en la fórmula de consagración se dijo para cada uno: “Renueva en su corazón el Espíritu de santidad…”.
Por eso hoy y cada día, tenemos derecho a decir: “El Espíritu del Señor está sobre mí; yo también he sido ungido por el Espíritu Santo para anunciar la buena noticia.” La promesa de Isaías, que es designio de Dios y esperanza del pueblo de Israel, se cumple en Jesús de Nazaret, y, por ser y vivir en él, se cumple hoy en mí, sacerdote del nuevo pueblo de Dios, pueblo de la alianza, para que sea testigo del Señor y anuncie su evangelio en el mundo, que es evangelio de la esperanza. En efecto, esa conciencia de nuestra identidad sacerdotal ha de ser para nosotros impulso en la misión. “Me ha enviado”, dice el profeta del tiempo de la deportación a Babilonia del personaje misterioso, llamado “Siervo de Yahvé”. Y “me ha enviado” lee Jesús para sí mismo.
3. Esa misma urgencia misionera la siente Pablo de Tarso al descubrirse enriquecido por la gracia de Dios. “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Cor 15,10). Ante eso, él muy a su estilo también dice: “Me ha enviado”. “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1 Cor 1,17), son sus palabras. La urgencia es el tono de la misión de Pablo. Por la urgencia de una novedad que le quema por dentro con el fuego de la alegría, Pablo se convierte en un evangelizador que rompe los esquemas apostólicos, en un arrollador misionero y en un testigo infatigable en el anuncio del Evangelio. Pablo es misionero porque se siente amado, profundamente amado por el Hijo de Dios que “me amó y se entregó por mí”. Y el amor que siente Pablo es un amor de identificación: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Ga 2,19-20). Y ese amor, como no podía ser de otro modo, también en Pablo procede del Espíritu. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). En efecto, el “Espíritu es esa potencia interior que armoniza el corazón con el corazón de Cristo”. Es más, “nos pone en el ritmo mismo de la vida divina, que es vida de amor”, decía San Agustín. (citado por Benedicto XVI en Deus Cáritas est)
Pues bien, hermanos sacerdotes, también nosotros, por la acción del Espíritu, hemos de alimentar el aliento misionero de nuestra vida en la identificación con Cristo Jesús; para poder, como él, “llevar la buena noticia a los pobres, proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos, la vista; poner en libertad a los oprimidos; proclamar el año de gracia del Señor”. Lo haremos especialmente en encuentros que nos permitan alimentar día a día nuestra vida en Cristo. De un modo especial os animo hoy a alimentaros de la Palabra divina eficaz, creadora y salvadora con la que el Señor sale al encuentro de la humanidad. No olvidemos que a través de nuestro ministerio sacerdotal el Señor dice a los hombres nuestros hermanos a los que servimos: “Lo digo y lo hago” (Ez 37,14). En efecto, si hablamos “en virtud de la Palabra de Cristo” (Rm 10,17), de algún modo en nuestro ministerio le damos rostro a la Palabra. Y eso siempre será un acicate para que la Palabra sea escuchada, meditada, vivida por nosotros.
4. Los sacerdotes, en efecto, hemos de sentir una especial veneración por la Palabra. Y hemos de escucharla siempre en el mismo recorrido con que llega al corazón de la gente en la empresa evangelizadora. En estos tiempos de urgencia misionera, es necesario que resuene en lo más íntimo de cada uno de nosotros el anuncio primario y fundamental que llama a la fe. Sólo así podremos trasladar a los oyentes la fuerza del kerigma tanto en su contenido como en su tono. En efecto, la palabra fundante de la fe, el anuncio de la muerte y la resurrección de Cristo, y la confesión explícita y sentida de que Jesús, el Hijo de Dios, es el Señor, ha de ser el contenido esencial de nuestro ministerio. El sacerdote hoy no puede olvidarse de que el primer anuncio “es como la reja del arado que rompe el terreno y permite formar el surco y renovar la tierra” (Raniero Cantalamessa). De ahí que el kerygma haya de ser el alma misma de nuestra predicación. En el fondo, la última fuente del fervor apostólico está en que conservemos en nuestro corazón el tono explosivo y aún candente de un anuncio que lo ha cambiado por completo y por eso somos sacerdotes.
Al calor del kerygma, la Palabra de Dios ha de ser nuestro alimento permanente: lo será en la oración, y en especial en la liturgia de las horas, en la preparación de la predicación, especialmente para la Eucaristía, y lo será en el estudio constante, ese que obliga a estar al día para penetrar cada vez con mayor hondura la sabiduría de la fe. Y todo eso lo hace el sacerdote en la Iglesia, en su Tradición viva, que es la casa de la Palabra, como la define el reciente Sínodo. Y todo lo hace para mejor servir al pueblo que nos ha sido encomendado, para invitar a la hondura de la fe, para alimentarla y sostenerla en las dificultades del camino de la vida, que hoy se le plantean con especial crudeza.
5. Este ferviente amor a la Palabra nos hará recordar que, por ella, se construye y se consolida la vida de la Iglesia, y que el servicio de la Palabra del ministerio sacerdotal es una contribución esencial a esa tarea artesanal de la Palabra de Dios. Lo hace con el anuncio del keriygma, con la catequesis y con la predicación. Lo hace en definitiva con todo el proceso evangelizador. Y no sólo la palabra de Dios enriquece a la Iglesia en el servicio de la Palabra, también lo hace en cada una de sus manifestaciones.
La enriquece en los sacramentos, y en especial en la Eucaristía; hasta el punto de que en el propio sacrificio eucarístico se sirve la Palabra en una mesa propia, que ha de ser especialmente preparada y venerada por nosotros y por los fieles. “La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de la vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo” (DV 21).
La Palabra enriquece desde sus orígenes a la Iglesia en su oración: “La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados” (Co 3,16). Hemos de cuidar esta presencia de la Palabra en la vida espiritual de nuestras comunidades parroquiales. Con el Sínodo, recomiendo encarecidamente la lectio divina, para lo que hemos de esmerarnos en la formación bíblica de los fieles.
La Palabra es siempre la mejor maestra en el camino del amor cristiano y enseña el servicio en las relaciones eclesiales y humanas, así como el compromiso social. La Palabra, en efecto, compromete: “No todo el que dice: ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). De ese magisterio de la Palabra en el compromiso cristiano ha nacido esa herramienta imprescindible en manos de un sacerdote, que es la Doctrina social de la Iglesia. Ella es la respuesta actualizada de la Palabra de Dios a los grandes retos, que hoy plantea a los cristianos la justicia en el mundo. La Palabra es también fuente de inspiración para el anuncio del evangelio de la vida, que proclama el respeto a la persona humana desde su concepción hasta su muerte natural.
6. Pues bien, hermanos sacerdotes, al evocar el Año Paulino y el Sínodo sobre la Palabra, como San Pablo, apoyemos nuestro ministerio sobre la Palabra de Dios. Sobre todo nuestra predicación ha de estar siempre impregnada de su contenido, de su verdad, de su fuerza, de su estilo. Somos servidores de la Palabra al servicio del pueblo de Dios, que tiene derecho a que se la entreguemos. Y lo somos en la casa de la Palabra, en la que toda predicación es una traditio. Nosotros, como recordaba Pablo, transmitimos lo que hemos recibido de la Tradición viva de la Iglesia (cf 1 Cor 15,3-5).
Y, ante todo, no olvidemos nunca el origen de la Palabra: que procede del amor de Dios por el hombre, y por eso es Palabra de salvación. La Palabra es el camino, la verdad y la vida; es decir, es el Hijo con el que Dios se quiere acercar al hombre, con el que recorre el camino hacia los hombres. De ahí que el servicio de la Palabra siempre haya de mostrar la condescendencia y la delicadeza con que Jesús se dirige a sus interlocutores; “nunca lo hace con un lenguaje vago, abstracto y etéreo, sino que les conquistaba partiendo justamente de la tierra donde apoyaba sus pies, para conducirlos desde lo cotidiano a la revelación del Reino de los cielos” (Mensaje…, 11). Y esa sabiduría en el hacer y en el hablar provocaba profunda admiración: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le ha sido dada? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María? (Mc 6, 2-3).
Pues bien, no se equivocaban; no me cabe ninguna duda de que ese asentamiento en lo humano lo aprendió y lo compartió con la que para nosotros es Trono de la Sabiduría, con María su Madre y Madre nuestra, y con el bendito José, carpintero de Nazaret.
Plasencia, 8 de Abril de 2009

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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