“Ungidos para ungir”, homilía de Mons. José Sánchez en la Misa Crismal de Sigüenza-Guadalajara

sanchez_gonzalezCelebramos esta Eucaristía en la que bendecimos los Óleos y consagramos el Crisma que serán utilizados a lo largo de todo un año para determinados sacramentos y para otras acciones sagradas. El cambio de día no debe impedirnos situarnos en el ámbito y en el tiempo de los grandes acontecimientos y del Misterio sublime de la Noche Santa, en la que Cristo, cuando iba a ser entregado, más aún, en su ánimo ya entregado, nos dejó el memorial de su Pasión, instituyó el Sacerdocio para perpetuar su presencia y su acción salvadora y nos dejó en testamento el Mandamiento del Amor cristiano. “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12)

En este clima de contemplación, de sobrecogimiento ante el gran Misterio y de gratitud por la parte que nos ha correspondido, escuchamos la palabra de Dios, participamos en la celebración de la Eucaristía, cada uno desde nuestro propio carisma – sacerdotes, personas consagradas, fieles cristianos laicos presentes – y nos sentimos destinatarios, los sacerdotes también ministros y administradores, de los santos Óleos y del Santo Crisma que hoy bendecimos y consagramos y ponemos en manos de los presbíteros para su acción santificadora en nombre y por encargo del Señor, Único, Sumo y Eterno Sacerdote.

Si tuviera que resumir en pocas palabras lo que esta celebración, en el momento actual, me sugiere y, de algún modo, deseo trasmitiros, lo formularía con de esta manera: Ungidos para ungir

1. Jesucristo, el Ungido
«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4, 18) – acabamos de oír de boca del mismo Señor en la Sinagoga de su pueblo, en el Evangelio que ha sido proclamado. Comentando esta expresión del Señor, dice la Exhortación postsinodal Pastores dabo vobis (PDV) “El Espíritu no está simplemente sobre el Mesías, sino que lo llena, lo penetra, lo invade en su ser y en su obrar. En efecto, el Espíritu es el principio de la consagración y de la misión del Mesías: porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva… (Lc 4, 18). En virtud del Espíritu, Jesús pertenece total y exclusivamente a Dios, participa de la infinita santidad de Dios que lo llama, elige y envía. Así el Espíritu del Señor se manifiesta como fuente de santidad y llamada a la santificación” (PDV, 19)
Aparece claro que el sentido de la unción por el Espíritu no sólo significa la investidura para un cargo, como en el caso de los sacerdotes, reyes y profetas en el Antiguo Testamento, sino que es la acción santificadora del Espíritu y por el Espíritu de aquél que es ungido. Por ella, el Espíritu comunica al Ungido la misma santidad de Dios y la exigencia de llevar una vida santa, como corresponde a la nueva naturaleza de santo recibida por la unción. Jesucristo, como Hijo Unigénito del Padre, igual a Dios, es santo con la santidad de Dios. Como hombre, necesita ser ungido, para ser plenamente el Mesías, el Profeta, el Sacerdote, el Pastor y Cabeza de la Iglesia.
Porque, además, “Jesucristo – nos dice la citada Exhortación Apostólica – es Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo en el sentido nuevo y original de ser «Siervo», según sus mismas palabras: «Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45). El servicio de Jesús llega a su plenitud con la muerte en cruz, o sea, con el don total de sí mismo, en la humildad y el amor: «se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz …» (Flp 2, 78). La autoridad de Jesucristo Cabeza coincide pues con su servicio, con su don, con su entrega total, humilde y amorosa a la Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre: él es el único y verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote y Víctima a la vez” (PDV, 21)
Vemos, por tanto, que Cristo, además de su condición de Hijo de Dios y, además de haber recibido la Unción por el Espíritu es Cabeza de la Iglesia y, por lo mismo máximo exponente, testigo y fuente de la Iglesia Santa, por su servicio, por su entrega generosa hasta la muerte y muerte de cruz
2. Los cristianos, ungidos por el Espíritu
“Este mismo «Espíritu del Señor» está «sobre» todo el Pueblo de Dios, constituido como pueblo «consagrado» a Él y «enviado» por Él para anunciar el Evangelio que salva. Los miembros del Pueblo de Dios son «embebidos» y «marcados» por el Espíritu (cf. 1 Cor 12, 13; 2 Cor 1, 21ss; Ef 1, 13; 4, 30), y llamados a la santidad” (PDV, 19) Porque, como dice San Pablo, “esta es la voluntad de Dios: que todos sean santos” (I Tes 4, 3) En otro lugar dice el mismo San Pablo: «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gál 5, 25). “Con estas palabras – dice la Exhortación postsinodal Pastores dabo vobis – el apóstol Pablo nos recuerda que la existencia cristiana es «vida espiritual», o sea, vida animada y dirigida por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad (PDV, 19)
3. Los sacerdotes especialmente ungidos por el Espíritu
Todo lo que dice el Concilio acerca de la santidad y de la vida santa de todos los fieles cristianos es aplicable también al sacerdote por estar bautizado. Pero a ello se añade un nuevo “título” con “modalidades originales”; a saber, el Sacramento del Orden
Como no me es posible formularlo mejor, cito parte del número 20 de PDV. “El Concilio afirma, ante todo, la «común» vocación a la santidad. Esta vocación se fundamenta en el Bautismo, que caracteriza al presbítero como un «fiel» (Christifidelis), como un «hermano entre hermanos», inserto y unido al Pueblo de Dios, con el gozo de compartir los dones de la salvación (cf. Ef 4, 4-6) y el esfuerzo común de caminar «según el Espíritu», siguiendo al único Maestro y Señor. Recordemos la célebre frase de San Agustín: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquél es un nombre de oficio recibido, éste es un nombre de gracia; aquél es un nombre de peligro, éste de salvación».
Con la misma claridad el texto conciliar habla de una vocación «específica» a la santidad, y más precisamente de una vocación que se basa en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico del sacerdote, en virtud pues de una nueva consagración a Dios mediante la ordenación. A esta vocación específica alude también San Agustín, que, a la afirmación «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano», añade esta otra: «Siendo, pues, para mí causa del mayor gozo el haber sido rescatado con vosotros, que el haber sido puesto a la cabeza, siguiendo el mandato del Señor, me dedicaré con el mayor empeño a serviros, para no ser ingrato a quien me ha rescatado con aquel precio que me ha hecho ser vuestro consiervo».
El texto del Concilio va más allá, señalando algunos elementos necesarios para definir el contenido de la «especificidad» de la vida espiritual de los presbíteros. Son éstos elementos que se refieren a la «consagración» propia de los presbíteros, que los configura con Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia; los configura con la «misión» o ministerio típico de los mismos presbíteros, la cual los capacita y compromete para ser «instrumentos vivos de Cristo Sacerdote eterno» y para actuar «personificando a Cristo mismo»; los configura en su «vida» entera, llamada a manifestar y testimoniar de manera original el «radicalismo evangélico» (PDV, 20)
4. Los Óleos y el Crisma para ser ungidos y para ungir
Del triple oficio que todo cristiano recibimos y en el caso del sacerdote, oficio específico, de santificar, hablar en nombre de Dios y gobernar su pueblo, la bendición de los Óleos y consagración del Crisma nos recuerda e invita a considerar que el uso de los santos Óleos y del Santo Crisma está vinculado a varios sacramentos y varias acciones sagradas, directamente destinadas a ser santificados y a santificar por parte de las personas que reciben una u otra unción.
Todos los presentes hemos recibido varias unciones: Con el Óleo de los Catecúmenos y con el Santo Crisma en nuestro Bautismo, con el Santo Crisma en nuestra Confirmación y en nuestra Ordenación Sacerdotal – yo también en la Ordenación Episcopal; algunos de los presentes, sin duda, también la Unción de los enfermos. Alguna vez habremos asistido o habremos celebrado la consagración de un altar o de un templo. Son acciones destinadas a significar y hacer efectiva la santidad de las personas, incluso de los lugares, que reciben la unción. Al mismo tiempo recibimos por la unción la misión de colaborar con el Sumo Sacerdote Jesucristo, el Ungido, en la misión y en la tarea de la santificación.
Como todos los dones y carismas, también éste de la Unción sacramental tiene no solamente un destino personal individual, de santificación, sino proyección social, por lo que capacita al que lo recibe y le obliga a comunicar ese don a los demás; en este caso, a hacer partícipes de la santidad de Dios, que el ungido ha recibido por la Unción. Santificación personal y misión de santificar están inseparablemente unidas en toda unción. La persona que es santificada por la Unción recibe, al mismo tiempo la misión de ponerse al servicio de la santificación de los demás.
Del sacerdote, en concreto, se nos dice: “El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar el Evangelio (cf. Lc 4, 18). La misión no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración, sino que constituye su finalidad intrínseca y vital: la consagración es para la misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino también la misión está bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo santificador” (PDV, 24)
Escuchemos lo que dice a este respecto el mismo San Agustín, citado en PDV, con respecto al sacerdote, en razón de la exigencia de su configuración con Cristo: “El que es cabeza del pueblo debe, antes que nada, darse cuenta de que es servidor de muchos. Y no se desdeñe de serlo, repito, no se desdeñe de ser el servidor de muchos, porque el Señor de los señores no se desdeñó de hacerse nuestro siervo» (PDV, 21)
Continúa diciendo PDV; “La vida espiritual de los ministros del Nuevo Testamento deberá estar caracterizada, pues, por esta actitud esencial de servicio al Pueblo de Dios (cf. Mt 20, 24ss, Mc 10, 43-44), ajena a toda presunción y a todo deseo de «tiranizar» la grey confiada (cf. 1 Pe 5, 2-3). Un servicio llevado como Dios espera y con buen espíritu. De este modo los ministros, los «ancianos» de la comunidad, o sea, los presbíteros, podrán ser «modelo» de la grey del Señor que, a su vez, está llamada a asumir ante el mundo entero esta actitud sacerdotal de servicio a la plenitud de la vida del hombre y a su liberación integral” (PDV, 21)
5. Fortaleza y mansedumbre, vinculadas a la Unción
Además de las características propias de cada unción, llamada a producir efectos propios en cada caso en el ungido, según el sacramento o la acción litúrgica a la que esté vinculada la Unción, en toda unción se dan entre otras, estas dos características: fortaleza para el combate y suavidad, que quiero poner especialmente de relieve, porque las considero especialmente relevantes y necesarias en nuestro tiempo.
La fortaleza, como virtud, tiene su semejanza con los ungüentos que usan los deportistas y los luchadores en los combates. Es efecto y virtud muy propia del Óleo de los Catecúmenos, con el que se unge a los que son bautizandos, advirtiéndoles de que la vida del cristiano es lucha y combate. Es virtud hoy muy necesaria para todos los ungidos por el Señor, que habremos y habrán de acreditarla y demostrarla en su firmeza en la fe y en su valentía, constancia, resistencia y perseverancia en mantenerla y defenderla.
La otra virtud hoy muy necesaria en todos los ungidos es la de la mansedumbre, suavidad, dulzura, capacidad de ser bálsamo, factor de unión, de diálogo, de comunión y de concordia. Nuestro mundo y nuestros contemporáneos en él sufre dolorosas heridas y padece serios males, sobre todo del espíritu, de los que necesitan ser sanados y curados. ¿Quién sino los cristianos y, de modo especial los sacerdotes, podemos ejercer de bálsamo en las heridas, de consuelo en las penas, de alivio en los dolores a este mundo sufriente y enfermo? Inmensa y ardua, pero, al mismo tiempo apasionante es la tarea de la reconciliación entre los enfrentados, enemistados o en guerra, entre los necesitados de perdón y de ser perdonados, entre los violentos y sus víctimas.
Dos ejemplos de actualidad ilustran mi opción de destacar la necesidad de estas dos virtudes o actitudes – la fortaleza y la mansedumbre – El primero es la actitud de la Iglesia con los que sufren, justa o injustamente. Ha de armonizar la firmeza en los principios y en las leyes justas, sobre todo cuando se fundamentan en el derecho natural y en la Ley de Dios, son la cercanía, el consuelo y la sanación de los que sufren justa o injustamente.
El otro ejemplo de actualidad es la actitud de la Iglesia y de los cristianos ante leyes o propuestas de ley en asuntos que afectan al derecho ala vida de todo ser humano, especialmente del concebido aún no nacido. Hemos de manifestar, proclamar y defender el derecho a la vida y educar para una cultura de la vida. Al mismo tiempo, hemos de mostrar, comprensión, cercanía y acogida de la madre en dificultades y de su hijo. Que nadie pueda decir con verdad que la iglesia o los cristianos queremos que las madres que abortan vayan a la cárcel y pretendan fundamentar en ello el supuesto derecho a abortar. La Iglesia y los cristianos queremos que tanto las madres como sus hijos sean acogidos siempre.
La Unción por el Espíritu con los santos Óleos y con el Santo Crisma debe configurados en ungidos con la unción de las virtudes, de la semejanza a Cristo el Ungido y ha de reflejarse en nuestro rostro amable, en nuestra mansedumbre, que no anule nuestra firmeza y nuestra fortaleza, en nuestra humildad, en nuestra relación distante del poder, del dinero y del prestigio social, en nuestra actitud de servicio, en nuestra cercanía a los más pobres y humildes, en nuestra acogida fraterna a los alejados, extraños, marginados y pecadores.
Esta misma actitud ha de acompañarnos y aparecer fácilmente perceptible siempre que ejercemos como ministros de un Sacramento, especialmente cuando éste va acompañado de una unción. Pero, tal vez, donde más deba aparecer la perfecta armonía entre la fortaleza y la mansedumbre es un Sacramento que no tiene unción con óleo o Crisma, pero en el que son especialmente necesarias las dos virtudes y actitudes que hemos puesto de relieve hablando de la unción con óleo o crisma. Es el Sacramento de la Penitencia. Ni por una falsa condescendencia podemos renunciar a la claridad y firmeza de la doctrina, ni por mantenernos firmes en la doctrina podemos renunciar a la condición sanante y balsámica del Sacramento del perdón.
¿Entre las diversas causas del alarmante descenso de confesiones sacramentales, no estará también, por una parte, el excesivo rigor, la severidad y dureza de unos y, por otra, la ligereza y la falsa condescendencia de otros?
Tal vez la escena de Jesús con la pecadora delante de él sea la mejor expresión de la perfecta armonía de esas dos virtudes en el perdón: “Yo tampoco te condeno… Vete y no peques más” (Jn, 8, 11) Con lo primero expresa Jesús dulzura y mansedumbre en el perdón; con lo segundo, la firmeza, que reclama propósito de la enmienda. He ahí nuestra norma. Amen

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