“Que nuestras manos ungidas modelen el mundo con amor”. Homilía de Mons. Barrio en la Misa crismal

Mons. Julián BarrioHomilía en MISA CRISMAL Catedral de Santiago – 7 de abril 2009
“El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha ungido… Hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,18.21).
Con admiración contemplativa dirigimos nuestra mirada hacia el Cenáculo para acercarnos al misterio de la Eucaristía y del Sacerdocio y agradecer al Señor este don, con la preocupación de que la rutina no lo banalice. Cada año en la misa Crismal se nos llama a renovar el sí que dimos el día de nuestra ordenación sacerdotal. Entonces el Señor a través del obispo, nos impuso sus manos, consagrándonos para su misión. Después han sido diferentes los caminos recorridos con la gracia de quien nos ha llamado, procurando acrecentar el celo en el ministerio que, por su misericordia, nos ha sido encomendado (cf. 2Cor 4, 1). Fue en nuestra ordenación sacerdotal cuando el Señor nos tomó bajo su protección, pudiendo recitar con el salmista: “El Señor es mi pastor, nada me falta; aunque camine por cañadas oscuras, nada temo; tu vara y tu cayado van conmigo”. El quiso que nuestras manos se transformasen en las suyas para transmitir su impronta divina, y que fuesen instrumentos al servicio de su amor y, por tanto, expresión de la persona que actúa en nombre de Cristo. Esta misión es eclesial porque nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que todo sacerdote debe ser bien consciente de llevar a Dios mismo a los hombres pues es la única riqueza que, en definitiva, éstos desean encontrar en un sacerdote. Es una misión de comunión en la intimidad divina de la cual el sacerdote está llamado a ser experto, para poder conducir, con humildad y confianza, las personas confiadas al encuentro con el Señor. Es una misión jerárquica” y “doctrinal, reafirmando la importancia de la disciplina eclesiástica y de la formación teológica, no sólo la inicial sino también la permanente.
Necesitamos la unción del Espíritu Santo para que nuestras manos ungidas modelen el mundo con amor. La persona ungida está expropiada de si misma en función de un servicio, en el que se pone a disposición de alguien que es mayor que él. Este Alguien para nosotros es el Señor que sin embargo nos dice: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15). Nos hace sus amigos y se encomienda a nosotros de forma que podamos hablar en su nombre. Ser sacerdote es ser amigo del Señor y esta amistad nos compromete cada mañana con toda su novedad, viviendo la comunión de pensamiento y de voluntad con él, teniendo sus mismos sentimientos (Flp 2, 2-5), y manteniéndonos en espíritu de oración. Sólo así podremos realizar en verdad el ministerio sacerdotal. Toda actividad pastoral queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima comunión
con Cristo. El tiempo dedicado a la oración es realmente un tiempo de actividad auténticamente pastoral. De la oración brotan las aguas de la vida capaces de fecundar la tierra a veces árida del compromiso pastoral. En medio de un activismo agobiante, deberíamos dedicarnos más a la oración. Necesitamos un poco de silencio para nuestra alma para separarnos de tantas cosas que nos distraen, pues a veces damos la impresión de estar pendientes de todo menos de Dios. Damos gracias al Señor que “nos hace dignos de servirle en su presencia”, de vivir por él, con él y en él, de estar en vigilancia ante las fuerzas del mal comprometidos en el bien y la verdad, y “contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús” (Hch 5, 41). El servicio sacerdotal significa aprender a conocer al Señor y darlo a conocer. Nadie está tan cerca de su señor como el servidor que tiene acceso a la realidad más privada de su vida. En este sentido, “servir” significa cercanía, requiere familiaridad y conlleva obediencia. El servidor de Cristo debe tener siempre muy presente que en todo momento se ha de cumplir no su voluntad sino la de Dios Padre (Lc 22, 42). El sacerdote ejerce su ministerio en representación de los demás, mostrándoles el horizonte de Dios e indicándoles que la Eucaristía es el centro de la vida sacerdotal. Al celebrar la Eucaristía realiza un servicio a Dios y a los hombres, insertándose en el culto que Cristo rindió al Padre al entregarse hasta la muerte por los hombres. De aquí brota una correcta comprensión y celebración de la liturgia y de los sacramentos en general, desarrollando una viva familiaridad con ella de forma que llegue a ser el alma de nuestra vida diaria. Esta familiaridad encierra también un riesgo: el de que lo sagrado con lo que tenemos contacto continuo se convierta para nosotros en un hábito más, apagándose poco a poco el temor reverencial que hemos de tener al misterio, que nos fascina y nos sobrecoge a la vez. Condicionados por las costumbres, ya no percibimos la sorprendente realidad de que Cristo está presente, nos habla y se entrega a nosotros. Es en la Iglesia, frondosa vid animada por el Señor de quien somos los sarmientos, donde Cristo sigue siendo contemporáneo nuestro. Na Misa crismal lembramos a unción de Cristo que é como aceite perfumado sobre a Cabeza que descende sobre todos os membros da familia cristiá ata a orla do vestido. O óleo bendicido e o crisma consagrado derramaranse sobre todos os candidatos ao Bautismo e á Confirmación, sobre todos aqueles que este ano serán elixidos para o ministerio sacerdotal, e sobre os enfermos que pedirán ser confortados na proba da enfermidade. Este óleo e crisma son unha epifanía gozosa da sobreabundancia da graza e da nosa vital unión con Cristo.
Na medida en que somos unxidos pola sabiduría da cruz, o noso corazón anchea superando os raquitismos espirituais. Aceptar a cruz é participar do amor de Deus. Neste espírito renovamos as promesas sacerdotais coma expresión da nosa vontade de percorrer o camiño da santidade en fraternidade, levando os uns as cargas dos outros nas circunstancias ordinarias da vida e do ministerio. A unción do Espírito fíxonos servidores de todos no medio do Pobo de Deus. Cando Xesús mandou chamarnos a seguilo foi para que procuraramos a santificación do pobo cristián e a liberación dos homes da escravitude do pecado. Non cesamos de experimentar asombro e agradecemento pola gratitude con que nos escolleu, pola confianza que deposita en nós e polo perdón que nunca nos nega. Así nos dispoñemos a celebrar un especial Ano Sacerdotal que o Papa anunciou a partires do dazanove de xuño con ocasión do cento cincuenta aniversario da morte do Santo Cura de Ars, Juan María Vianney, co lema: Fidelidade de Cristo, fidelidade do sacerdote. A vós, benqueridos membros da Vida Consagrada e leigos, pedímosvos que encomendedes as nosas inquedanzas persoais e pastorais. O pobo cristián ten bos motivos para dar grazas a Deus polo don da Eucaristía e do sacerdocio e pregar incesantemente para que non falten sacerdotes na Igrexa. Que o Apóstolo Santiago e María nos obteñan a graza da unción divina para anunciar a Boa Noticia e o Ano de graza do Señor. Amén.

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