Martes Santo: los defectos de Simón Pedro y los nuestros

lagrimas-de-s-pedroPor José María Gil Tamayo
Hoy es Martes Santo y el texto bíblico del Evangelio de San Juan (Cf. Jn 13, 36-38) que ilustra la liturgia de este día, además de la dramática y confidente despedida de Jesús con sus discípulos, nos muestra las miserias no sólo de Judas, sino también del resto de los apóstoles, especialmente de Simón Pedro.
Ante las palabras de Cristo de que llega el final de su vida en la tierra y donde él va no le podrán seguir los suyos, Simón Pedro, en un alarde –nunca mejor dicho- de fidelidad le dice a su Maestro: “Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti”. Jesús le contestó: “¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces”.
Como todos sabemos, así ocurrió realmente. No pasarán dos días y, después de ser detenido Jesús, Pedro, el príncipe de sus apóstoles niega en los aledaños del palacio de Caifás, donde tienen preso al Nazareno, que conoce a Jesús. Señala reiterativamente que él no es de sus discípulos. Simón Pedro se nos muestra así con sus defectos: le da miedo ser detenido, castigado e incluso condenado como su Maestro. Teme perder si no la propia vida sí las seguridades que la hacen llevadera. Vemos que sucumbe también ante lo “políticamente correcto”, ante el ambiente dominante. Lo mismo que nos pasa a la mayoría de los mortales.
No sé a ustedes, pero a mí personalmente me ayuda conocer que los apóstoles también tenían defectos, como cualquier hijo de vecino, como el resto de los humanos. Aunque esta sinceridad del relato evangélico: de no ahorrar ni tan siquiera a los “jefes” de la primitiva Iglesia la referencia de sus miserias, es para nosotros una prueba más de su autenticidad, lo que a mí realmente me agrada y conforta es que los apóstoles son como cada uno de nosotros: nos cuesta ser buenos. Tienen defectos innegables. En ellos también hay trecho entre “los dichos y los hechos”… Pero, como Pedro, supieron vencer sus carencias, superarse y sobre todo confiar en Jesús, en su ayuda, en su perdón. Con Él todo tiene arreglo. Al mismo Pedro, que niega a su Maestro, instantes después sólo le bastó la elocuente mirada de Jesús para caer en la cuenta de su pecado, llorar su culpa y arrepentirse.
La distancia entre las previsiones, la imagen que tenemos de nosotros mismos, de nuestras fuerzas y posibilidades, y los resultados reales quizá produzcan en nosotros la decepción, la desilusión y, como efecto secundario, hasta el desaliento. Eso, amigos, es algo que no puede pasarnos si somos realistas.
Dios siempre nos da nuevas oportunidades: podemos ser mejores y para ello contamos con su ayuda. Vamos a dárnosla a nosotros mismos y a los demás con nuestra compresión hacia ellos, ya que si a nosotros nos cuestas ser buenos por qué nos extraña que a los demás les pase igual. Pedro y los apóstoles lograron ser mejores, ¿por qué nosotros no?

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