Cardenal Cañizares a los sacerdotes de Toledo: «Os llevo en el alma»

canizaresEl cardenal Antonio Cañizares, Administrador Apostólico de Toledo, ha anunciado esta mañana, en la homilía que ha pronunciado en la Misa Crismal, en la catedral primada, que el Cardenal Sancha será beatificado en la Catedral toledana, en el contexto del Año Sacerdotal, anunciado por Benedicto XVI, que se abrirá el próximo 19 de junio.
En su homilía, que reproducimos íntegramente a continuación, el cardenal Antonio Cañizares, se ha querido «despedir» del presbiterio toledano: «Para mí -ha dicho- esta celebración es un regalo de Dios, es una celebración particularmente gozosa, no exenta de una cierta tristeza, porque es, seguramente, mi última celebración de la Misa Crismal como Obispo vuestro. No es necesario, pero permitidme, no obstante, que lo diga: Os doy las gracias a todos y por todo y me siento y sentiré a vuestro lado, quiero estar muy a vuestro lado siempre; me tenéis enteramente a vuestra disposición; podéis acudir a mí cuando queráis o necesitéis, como hermano; vosotros sois lo principal para mí en el ministerio, habéis sido lo fundamental en estos años…Os llevo en el alma»».
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MISA CRISMAL

Homilía del Sr. Cardenal don Antonio Cañizares Llovera
en la S. I. Catedral Primada
Toledo, 7 de abril, 2009

Querido hermano Obispo, D. Carmelo, queridos hermanos sacerdote y diáconos: Con alegría esperanzada nos aproximamos a celebrar el misterio Pascual de nuestro Redentor en el Triduo Santo. Unida con vínculo especial a la celebración de estos días santos celebramos esta mañana la Santa Misa de bendición de los santos óleos y consagración del Santo Crisma, en la que de nuevo renovamos la conmemoración anual de la institución del Sacramento del Sacerdocio junto con el de la Eucaristía en la «Misa. Es ésta una de las celebraciones más expresivas en sí misma, y, de modo especial para todos nosotros sacerdotes, constituye un momento particularmente importante, ya que en ella renovamos con gozo y agradecimiento, cada año, nuestras promesas sacerdotales y nuestra fidelidad sacerdotal, nuestro ser sacerdotes, que «renovamos en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparamos para los hijos de Dios el banquete pascual, presidimos al pueblo santo en el amor, lo alimentamos con la Palabra de Dios, lo fortalecemos con los sacramentos del Señor». Esta celebración de la santa Misa crismal de los Obispos con su Presbiterio expresa de manera singular nuestra comunión y la fraternidad sacramental que somos y nos invita y urge a todos nosotros a que entreguemos nuestra vida por el Señor y por la salvación de los hermanos, configurándonos así cada día más con Cristo, de forma que demos testimonio constante de fidelidad y amor» (Cfr. Prefacio de la Misa Crismal).
Este año, en que hemos sido convocados por el Papa Benedicto XVI a «un año sacerdotal» que se abrirá el próximo 19 de junio y en el que, además, aquí en esta Catedral de Toledo será proclamado Beato el venerable Siervo de Dios Cardenal Ciriaco María Sancha y Hervás, modelo sacerdotal, esta celebración en la que nos encontramos debería tener para todos un carácter especial en orden a reavivar el carisma que Dios ha puesto en nosotros, de acción de gracias por nuestro ministerio y de llamada a un configurarnos más y más plenamente con el Señor, con la Fuerza que viene de lo Alto, el Espíritu santo, con el que hemos sido ungidos.
Nuestra persona, nuestra existencia personal, se define por nuestro ser sacerdotes, configurados con Cristo pastor de su Iglesia. Madurados en la vida evangélica y en la imitación de Cristo, estamos llamados a arrastar a otros y a ayudarles en la misma madurez para entregarles a Jesucristo, llevarles a Él y que le sigan. En humildad y sencillez evangélicas, se nos ha encomendado caminar delante del pueblo que nos ha sido confiado para conducirlo a Cristo y tras El, que es el único y buen pastor de nuestras almas. Esta misión, esencialmente misionera y apostólica, salvadora por la caridad de Cristo y santificadora por el don del Espíritu, nace de nuestra configuración sacramental con Cristo cabeza y entraña una forma apostólica de vivir, que, como ha dicho el Papa, consiste en la participación en una «vida nueva» espiritualmente entendida, en un nuevo «estilo de vida» inaugurado por Jesús y que ha sido hecho propio de los Apóstoles.
Nuestra vida apostólica, nuestra persona apostólica identificada con nuestro triple oficio sacerdotal, don y participación por la imposición de manos y unción del Crisma en la Vida de Cristo Cabeza, Sacerdote y Pastor de la Iglesia, entraña que vayamos delante de nuestros fieles con afecto y solicitud de pastores, para indicar los senderos, prevenir los peligros o defender las asechanzas; como trabajadores incansables en los duros trabajos del Evangelio, desde la sencillez y la naturalidad de quienes han sido puestos al frente de su pueblo para servirles como siervos y servidores, para entregarles a Cristo, que es lo que el mundo nos pide y lo que reclama el corazón de todo hombre.
En efecto, «al sacerdote se le pide a Cristo. Y de él tiene derecho a esperarlo, ante todo mediante el anuncio de la palabra. Los presbíteros, enseña el Concilio, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios» (PO 4). «Como Iglesia y como sacerdotes anunciamos a Jesús de Nazaret Señor y Cristo, crucificado y resucitado, Soberano del tiempo y de la historia, con la alegre certeza que tal verdad coincide con las esperanzas más profundas del corazón humano… La misión de la Iglesia tiene en Cristo su centro propulsor. La centralidad de Cristo lleva consigo la justa valoración del sacerdocio ministerial, sin el que no habría Eucaristía, ni, por tanto, misión, ‘anuncio’, de la Iglesia ni la Iglesia misma». Porque el anuncio y la misión tiende a que el hombre encuentre a Jesús, especialmente en el Misterio eucarístico, corazón palpitante de la Iglesia y de la vida sacerdotal. Es un misterioso y formidable poder el que el sacerdote tiene en relación con el Cuerpo eucarístico de Cristo. De este modo es el administrador del bien más grande la Redención porque da a los hombres el Redentor en persona. Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y sagrada del presbítero. La celebración de la Eucaristía, por ello, no sólo debe ser el deber más sagrado, sino sobre todo, la necesidad más profunda del alma. Imita lo que conmemoras. Es lo que nos recuerda esta celebración en que se actualiza de modo inseparable la entrega del Misterio eucarístico y del ministerio sacerdotal por parte de Cristo a su Iglesia.
Precisamente para esto el Papa ha convocado este «año sacerdotal»: para reavivar en cada uno de nosotros sacerdotes el carisma del Espíritu con el que Dios nos ha configurado y enriquecido en su infinita misericordia caminando en una vida de perfección espiritual conforme a lo que el sacerdocio ministerial reclama, una vida en «tensión hacia la perfección moral, que debe habitar todo corazón auténticamente sacerdotal». Porque, en gran medida, «sobre todo», dice el Papa, de la perfección espiritual de los sacerdotes «depende la eficacia de nuestro ministerio», por eso ha convocado un especial «año sacerdotal» que irá del 19 de junio próximo, fiesta del Sagrado Corazón, al 19 de junio del año 2010. Coincide este año con el 150° aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, San Juan Bautista María Vianney, «verdadero ejemplo de pastor al servicio de la grey de Jesucristo».
Entre nosotros, además, coincidirá, como ya he dicho al comienzo, con el centenario de la muerte en el que estamos ya y la beatificación, en octubre, de quien fue pastor santo de nuestra diócesis, el Cardenal Ciriaco María Sancha y Hervás, modelo de sacerdotes, inserto en la mejor tradición reformadora que prendió en las grandes figuras sacerdotales de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX -san Enrique de Ossó, san Antonio maría Claret, beato Manuel Domingo y Sol, san Pedro Poveda, san José María Rubio, beato Marcelo Spínola, D. Pedro Manjón, D. Saturnino López Novoa, entre otros, junto con la pléyade de Obispos y sacerdotes mártires españoles de los años treinta- . El Cardenal Sancha y todos los otros nos ofrecieron un testimonio sacerdotal que ha perdurado hasta nuestros días en toda su frescura. Un estilo de vida, el de nuestro santo Arzobispo, marcado por un apasionado amor a Jesucristo y a su Iglesia, por un hondo sentido y vivencia profunda de comunión eclesial, nota que ha destacado el Papa al anunciar el «año sacerdotal. Un estilo marcado por la oración y por su apasionado amor a la Eucaristía, su corazón enteramente eucarístico es un corazón de adorador del Santísimo Sacramento, él es el padre de los Congresos Eucarísticos en España; es providencial que sea Toledo la sede del próximo Congreso Eucarístico nacional, coincidiendo precisamente con este centenario, con esta beatificación, con este «año sacerdotal» -hasta incluso con su clausura-, año que ha de estar marcado por la Eucaristía y por la adoración eucarística, centro y alma de la vida sacerdotal. Desde este corazón eucarístico sacerdotal del Siervo de Dios, Cardenal Sancha, su vida está marcada por la pobreza y la austeridad que resultaba expresión de la fraternidad con los más débiles y necesitados. Su identidad y estilo sacerdotal de vida se fortaleció con la asidua escucha y meditación de la Palabra, por la oración y la participación en el sacramento de la penitencia, fuente de purificación y de gracia, y por una preparación intelectual seria y profunda, atenta a los problemas que más acuciaban al mundo, a fin de mejor servirle desde los valores evangélicos. Así eran, en consecuencia, los sacerdotes que salieron de su escuela sacerdotal, los Seminarios por él reformados. Así eran los sacerdotes que con el correr de los años darían su vida martirialmente cuando la persecución religiosa requirió testimonios heroicos de fidelidad sin fisuras; muchos de ellos fueron hijos espirituales del Cardenal Sancha y de su estilo sacerdotal.
Toledo, la diócesis tan querida de Toledo, este «año sacerdotal» va a ser sede de la beatificación de un Santo sacerdote y maestro de escuela sacerdotal y sede del Congreso Eucarístico Nacional, que, con el lema «me acercaré al altar del Dios que alegra mi juventud», va a convocar a la Iglesia que peregrina en las tierras de España a que ponga su corazón en la Eucaristía, viva de ella, y así sea testimonio de Dios vivo, que merece toda adoración y gloria, porque es Amor infinito y fuente de amor, raíz de eterna juventud que anima a caminar con esperanza.
Queridísimos hermanos sacerdotes, Dios ha querido que todavía entre vosotros y con vosotros, celebre esta Eucaristía tan significativa, tan expresiva, tan central para comprender y vivir lo que es el sacerdocio de Cristo con el que hemos sido configurados por la unción del Espíritu Santo. Que Dios nos conceda a todos ahondar este año en todo lo que es el ministerio sacerdotal para reasumir nuestra identidad sacerdotal más propia; que Dios nos conceda el vivir nuestra vida sacerdotal, vida apostólica, con la perfección espiritual y santidad que requiere; que sea un año de verdadera renovación sacerdotal; que recobremos con toda su fuerza la Eucaristía y la adoración, la Eucaristía como adoración y la adoración eucarística, como centro y alma de nuestra vida sacerdotal. Descubramos la adoración eucarística, el altísimo valor y la fuente inagotable de vida que tiene para nuestra existencia sacerdotal personalmente y para la vitalidad y capacidad misionera del pueblo cristiano, de nuestras comunidades confiadas a nuestro ministerio. Impulsemos la adoración eucarística en nuestras parroquias, como fuente de vida y de vocaciones en la Iglesia. Con las indicaciones de la Santa Sede y las orientaciones de la Vicaría diocesana para el clero habremos de preparar y desarrollar bien este «año sacerdotal”, verdadero regalo del cielo en los tiempos que vivimos, tan necesitados de Dios, tan necesitado de sacerdotes santos, que, como Cristo nuestro Señor, traigamos a Dios a los hombres y nos ofrezcamos a Él, para que nos llene con su Amor, su gracia, su fuerza redentora, su vida eterna y llena de plenitud renovadora.
Para mí esta celebración es un regalo de Dios, es una celebración particularmente gozosa, no exenta de una cierta tristeza, porque es, seguramente, mi última celebración de la Misa Crismal como Obispo vuestro. No es necesario, pero permitidme, no obstante, que lo diga: Os doy las gracias a todos y por todo y me siento y sentiré a vuestro lado, quiero estar muy a vuestro lado siempre; me tenéis enteramente a vuestra disposición; podéis acudir a mí cuando queráis o necesitéis, como hermano; vosotros sois lo principal para mí en el ministerio, habéis sido lo fundamental en estos años. También el Seminario. Os llevo en mi alma. Y si queréis darme una alegría, vivid este año sacerdotal, no lo dejéis pasar. Que la Virgen María, Madre sacerdotal del Sumo y Único sacerdote, Jesucristo, os ayude y os acompañe siempre, siempre además escuchando y secundando aquellas palabras suyas en las bodas de Cana: «Haced lo que Él os diga». Y hoy nos lo dice a través del Papa Benedicto XVI, a quien todos queremos y con quien todos estamos unidos inquebrantablemente. Él también nos quiere y nos recuerda, como me decía, con gran cariño y alegría en sus ojos y en sus labios, en la audiencia del pasado sábado. Que Dios lo conserve, lo guarde y lo proteja.

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