Actores de un drama de amor. Carta de Mons. López, obispo de Salamanca

Mons. Carlos LópezAntes de la gran fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1). Con estas palabras inicia el Evangelio de Juan el apartado dedicado a narrar los gestos de Jesús y sus palabras de exhortación y despedida dirigidas a los doce apóstoles durante la última Cena, antes de describir la historia de la pasión y resurrección. Así es presentado todo ello como un despliegue del amor de Jesús a los suyos hasta el extremo. Esto significa que nuestra Semana Santa de cada año sigue siendo la celebración del misterio del amor redentor de Jesús.
El apóstol Tomás nos hace en cada Semana Santa la misma invitación que dirigió a los otros discípulos cuando Jesús les anunció su viaje a Jerusalén: “Vamos también nosotros a morir con él” (Jn 11, 16). Vamos a tomar parte activa en la actualización del drama de amor de Jesús.
Con las procesiones de Semana Santa llevamos a escena en la calle el drama de la pasión de Jesús de Nazaret y somos actores en su historia de amor victorioso sobre el egoísmo y la muerte. Así creamos un clima religioso que ayuda a un planteamiento sereno y acogedor del misterio del dolor en la vida del hombre, que sigue siendo para muchas personas motivo de duda o de rechazo de la existencia del Dios del amor.
Es sin embargo en las celebraciones litúrgicas del triduo pascual donde hemos de entrar en comunión de sentimientos con Cristo Jesús, “el cual, siendo de condición divina… se hizo semejante a los hombres…y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo exaltó…para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (cf Flp 2, 5-11).
En los que celebramos la Semana Santa debe manifestarse la gozosa experiencia del Amor de Dios revelado en la muerte y resurrección de Cristo. En efecto, lo que ha de caracterizar nuestra existencia cristiana es que “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4, 16). En el encuentro con Cristo hemos de reconocer la verdad de estas palabras: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna” (Jn 3,16). Y este encuentro es iniciativa del mismo Cristo: él va tras la oveja perdida como buen pastor, ama a sus ovejas y entrega su vida por ellas. En la muerte de Jesús en la Cruz, el propio Dios sale de sí mismo al encuentro del hijo pródigo y lo acoge con amor; Dios se entrega a sí mismo a la muerte para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Por ello, la mirada al corazón traspasado de Cristo en la cruz ayuda a comprender que “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Y en la cruz se encuentra la clave para definir qué es el amor del hombre.
El amor que de veras necesitamos es el amor que determina nuestra forma de ser y de relacionarnos con los demás, es decir, un amor por el que seamos previamente amados, pues sólo el amor suscita amor. El inicio del amor sólo puede darlo quien es el Amor en persona. El hombre es redimido sólo por el amor incondicional de Dios, que no puede ser destruido ni siquiera por la muerte. El hombre pecador no es capaz de suscitar el amor, porque su entraña carece de la raíz de la que brote tal fruto. Amar requiere en el hombre pecador un amor previo que lo redima y lo lleve a la fe en el redentor. Esa es la nota específica del amor cristiano: que nace de un perdón y amor previos otorgados por Dios en Cristo.
El sufrimiento forma parte de la existencia humana, a causa de nuestra limitación y de las culpas acumuladas a lo largo de la historia, que crecen de forma incesante también en nuestro tiempo. Cuando los hombres tratan de alejar todo lo que pueda significar aflicción y, para ello, buscan ahorrarse la fatiga y el dolor de la permanencia en la verdad, en el amor y en el bien, caen en una vida vacía de sentido y dominada por la soledad del egoísmo. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación y madurar en ella, encontrando su sentido en la unión con Cristo, que ha sufrido por nosotros con amor infinito.
Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y compartir con ellos el sufrimiento es una sociedad cruel e inhumana. Y cada individuo no puede aceptar y asumir el sufrimiento del otro si no encuentra personalmente en el sufrimiento un sentido y un camino de purificación y maduración, de amor y de esperanza. ¿Somos capaces de ello? ¿El otro es una persona tan importante como para que yo sufra por él? Esta capacidad depende de la intensidad del amor que fundamenta nuestra vida.
Dios amó tanto al hombre y le reconoció un valor tan grande que no tuvo a menos hacerse hombre y padecer con él de un modo tan real como lo manifiesta la historia de la pasión de Jesús. Nosotros necesitamos una creciente identificación con la plenitud del amor de Jesucristo al hombre. Para ello tomamos parte en los misterios de su muerte y resurrección, especialmente en la Semana Santa.

Mons. Carlos López,
Obispo de Salamanca.

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