Mons. Asenjo ensalza los valores de la Semana Santa de Sevilla en la presentación de la revista de ABC

juanjoseasenjoEl 1 de abril se presentó en Sevilla la revista de Semana Santa de ABC, Pasión en Sevilla. En el acto estuvo presente el Arzobispo Coadjutor de Sevilla, D. Juan José Asenjo. A continuación, reproducimos el texto del discurso que pronunció.

Comienzo mi intervención saludando cordialmente a D. Julio Cuesta, Presidente de la Fundación Cruzcampo, que nos acoge en su casa; a D. Álvaro Ybarra, Director de ABC de Sevilla, al Teniente General D. Virgilio Sañudo, y a todos los presentes. Agradezco al Director de ABC su amable invitación a presentar el número extraordinario de la revista Pasión en Sevilla. Es un honor que me concede en los inicios de mi ministerio en la Archidiócesis, donde las manifestaciones de la piedad popular son tan extensas, tan intensas, tan sentidas por millares de hijos de esta tierra, tan exuberantes y tan bellas. Reconozco –y no quiero pecar de falsa modestia- que no soy el más indicado para hacer esta presentación y que hay muchas personas más acreditadas que yo, que al fin y al cabo soy un recién llegado, que sólo conoce las peculiaridades de la Semana Mayor sevillana por los medios de comunicación. Estoy seguro de que el Director de ABC no espera de mí una pieza literaria. En ese caso hubiera invitado a un poeta o a un escritor ilustre, que abundan por cierto en esta tierra. Intuyo que tampoco pide de mí un relato costumbrista de las celebraciones de la Semana Mayor sevillana. Si fuera así, hubiera invitado a un experto en tradiciones populares. Yo soy sólo –y este es el único título que me acredita para comparecer en esta tarde ante ustedes- un pastor de la Iglesia, que no puede por menos de apreciar, valorar y defender las manifestaciones de la piedad popular, a la que sirven nuestras Hermandades y Cofradías, que proclaman en la calle, de una forma extraordinariamente plástica y bella, la Buena Noticia de la Salvación, el Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado, que la Iglesia renueva y actualiza en la liturgia en los días santos que se acercan.

Como comentaba yo a los Hermanos Mayores en los retiros que he tenido el honor de predicarles hace algunas semanas, en las vísperas de mi toma de posesión, un seglar cualificado de una diócesis castellana me preguntaba si, a mi juicio, las Hermandades y Cofradías siguen teniendo vigencia, si siguen teniendo sentido las manifestaciones de la religiosidad popular, en concreto los cortejos procesionales de Semana Santa, que en opinión de mi interlocutor tienen escasa rentabilidad pastoral. Como pueden ustedes imaginar, mi respuesta fue positiva, sin ningún tipo de restricciones mentales, es decir, que estas instituciones tan queridas por millares de sevillanos siguen teniendo sentido. Es verdad que en el inmediato postconcilio, no faltaron voces en la Iglesia que afirmaban que el ciclo vital de las Hermandades y Cofradías y de todas sus manifestaciones estaba periclitado. Supuestamente habrían cumplido una etapa importante en la vida de la Iglesia, pero ahora estarían condenadas inexorablemente a desaparecer. Hoy nadie se atrevería a hacer estas afirmaciones. Nacidas en la Baja Edad Media, han sido las primeras formas de organización del laicado católico, desarrollando a través de los siglos una función importantísima en la piedad, en el apostolado y en la dimensión asistencial y caritativa.

Es verdad que en las últimas décadas han surgido nuevas formas de asociacionismo católico, de gran vigor apostólico, que hemos de acoger con gratitud porque son manifestaciones del Espíritu para el bien de la Iglesia. Me refiero a los llamados Nuevos Movimientos, que son fuente de firme esperanza. Pero esto no quiere decir que debamos despreciar u olvidar los carismas “antiguos” que, no obstante el paso de los siglos, en muchos casos han sabido conservar hasta hoy una extraordinaria vitalidad. La Iglesia debe acoger todos los carismas, cumpliendo así la sentencia del Señor cuando nos habla de aquel padre de familias que «saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas» (Mt 13,51). La madre Iglesia debe acompañarlos a todos, pues son un don del Espíritu Santo al servicio de la evangelización. En la viña del Señor, y más en los tiempos recios que nos ha tocado vivir, no sobra nadie. Todos somos necesarios. A lo largo de la historia de la Iglesia, las Hermandades y Cofradías han sido escuelas populares de vida cristiana, de formación, de espíritu apostólico y de servicio a los pobres, cauce de presencia confesante de los católicos en la vida pública y “talleres de santidad”, en frase preciosa del Papa Benedicto XVI. Todo ello es hoy más necesario que nunca. No cabe, pues, despreciar estas instituciones como si fueran una antigualla o un producto religioso de menor calidad o de escaso interés pastoral. Por ello, un pastor de la Iglesia, responsable y consciente de su misión, debe apoyar, acompañar y amar estas instituciones, pues son un cauce no desdeñable de vida cristiana para millares de fieles.

Para no alargar excesivamente mi intervención, voy a aludir sólo a un aspecto de la vida de nuestras Hermandades y Cofradías de especial actualidad en los días que se acercan: estas instituciones, con sus actos de culto y sus cortejos procesionales, han sido y siguen siendo manantial inagotable de evangelización y de educación en la fe, “el evangelio en la calle”, expresado con suprema belleza y plasticidad sobre todo en esta tierra. En estos momentos, la Iglesia en España está haciendo un esfuerzo importante por redescubrir la dimensión catequética de sus bienes artísticos y culturales, nacidos primariamente para la gloria de Dios, pero también para la evangelización, para ser, en frase del Papa San Gregorio Magno, ¬ el Evangelium pauperum, que no significa tanto el “Evangelio de los pobres”, cuanto “el Evangelio en piedra, en madera o en metal para la evangelización de los iletrados”, de los que no sabían leer o escribir, que en el siglo VI, cuando escribe San Gregorio Magno, en toda la Edad Antigua, en la Edad Media e incluso en épocas posteriores, eran la mayoría.

En una época como la nuestra, en la que se ha ido debilitado la transmisión de la fe en la familia y en la escuela; en una época como la nuestra, caracterizada por una secularización que avanza a una velocidad de vértigo y en la que el silencio sobre Dios es cada vez más espeso; en una sociedad como la nuestra en la que el laicismo militante pretende arrojar a Dios de la vida pública y arrancarlo de la conciencia de los pueblos; en una época como la nuestra, en la que tantos hombres y mujeres han perdido la experiencia de Dios y en la que Dios ha desaparecido del horizonte de la vida diaria para tantos contemporáneos nuestros, los cristianos no tenemos tiempo que perder.

Nada necesita nuestro mundo con más urgencia que a Jesucristo, el único que puede dar respuesta a los grandes problemas de nuestro mundo, las desigualdades entre el hemisferio norte y el hemisferio sur, el hambre, los atentados contra la vida naciente, la violencia doméstica, el terrorismo, el nihilismo de tantos jóvenes sin horizontes y sin ideales, la soledad y la angustia de tantos hermanos nuestros. “La evangelización –nos dijo el Papa Pablo VI- constituye la dicha y la vocación de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14). Él nos dijo también, y nos lo repitió miles de veces Juan Pablo II, al que recuerdo con afecto en la víspera del cuarto aniversario de su muerte, que la Iglesia vive para evangelizar, que la razón de ser de sus instituciones y de sus miembros, también de las Hermandades y Cofradías, no puede ser otra que el anuncio explícito de Jesucristo vivo, único salvador y redentor, único camino, verdad y vida para el hombre y única esperanza para el mundo.

Por ello, bienvenidas sean las hermosísimas procesiones sevillanas en la Semana Santa ya inminente, pues sus magníficos pasos y sus sobrecogedoras imágenes, es decir, la belleza nacida de la fe y del manantial límpido y fecundo del Evangelio, tiene un valor evangelizador incontestable. Por ello, todos deberíamos hacer un esfuerzo tan grande como fuera posible para que los valores culturales y la belleza deslumbrante que ciertamente encierran las manifestaciones de la piedad popular no solapen, secularicen o vacíen de contenido la identidad religiosa que les es consustancial, pues tales manifestaciones son primariamente actos de piedad y de penitencia, de catequesis y evangelización y también llamada a la conversión, pues la contemplación de un Cristo barroco sevillano, lacerado, descoyuntado y exangüe, en el silencio de la noche de nuestro Viernes Santo, sólo entrecortada por las marchas procesionales o el quejido lastimero de las saetas, nos interpela, conmueve y suscita en nosotros la compunción del corazón… De forma análoga, y de cara a la transmisión de la fe a los niños, tales manifestaciones pueden ser estimables ayudas para introducirlos en los misterios principales de nuestra fe.

Otro tanto cabe decir en relación con el anuncio de Jesucristo a los no creyentes y a los no practicantes, que contemplan nuestras procesiones. La belleza tantas veces deslumbrante de las manifestaciones de la piedad popular de Sevilla es por sí misma un puente tendido hacia la experiencia religiosa. Desde la contemplación de esa belleza exuberante será posible encontrar el camino hacia la belleza, la verdad y la bondad que sólo se encuentra en Cristo, único salvador y redentor, la única vía que nos lleva a la libertad, a la comunión y a la felicidad. Que esto no es una quimera y que el arte verdadero tiene capacidad para suscitar la nostalgia de Dios y de lo religioso lo demuestra la historia de la conversión del filósofo español Manuel García Morente, en su humilde pensión de exiliado en París el 29 de abril de 1937, mientras escuchaba en un aparato de radio elemental la belleza sublime de la Infancia de Jesús de Héctor Berlioz, en este caso un bien cultural de naturaleza inmaterial e intangible. Este es también es el caso de Paul Claudel, en la tarde de Navidad de 1886, en la que movido por un sentimiento más estético que religioso, penetra en Notre Dame de París mientras se cantan las vísperas y queda subyugado por la majestuosidad del gótico catedralicio, por la música del órgano y por la belleza de lo que después él supo que era el Magníficat gregoriano, entonado por un coro de niños y el coro del Seminario de Saint Nicolas du Chardonnet. Este puede ser el camino de otros hombres y mujeres de buena voluntad que contemplan nuestros cortejos procesionales. A nuestro alcance está la posibilidad de tenderles la mano para que la belleza visible sea camino y sacramento que les ayude a balbucear la belleza invisible de Dios. Este es el mejor servicio que nuestras Hermandades pueden prestar a nuestros conciudadanos, compartiendo con ellos el mejor tesoro que posee la Iglesia y del que también ellas participan, Jesucristo, “centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones”, en expresión feliz del Concilio Vaticano II (GS 45).

No olvido que el Director de ABC me ha encargado presentar el número extraordinario de Pasión en Sevilla, que bien puede calificarse como un pequeño tratado sobre nuestra Semana Santa, desde la perspectiva de los artistas, artesanos, restauradores, compositores de marchas procesionales y músicos, que inundan de belleza en estos días nuestras calles; desde la perspectiva de las Semanas Santas de otras épocas; desde la perspectiva de cofrades, nazarenos, capataces, costaleros y delegados del Consejo para cada uno de los días santos; desde las vivencias personales e íntimas de los sevillanos que desde la acera contemplan con emoción tanta hermosura, o la de aquellos que la añoran lejos de la patria. Aquí tenemos una preciosa obertura que nos introduce en el alma de la Semana Santa sevillana. Felicito, por ello, al director, al coordinador y a los profesionales que lo han preparado. Dios quiera que este bello vademécum nos ayude también a penetrar en el hondón del misterio del amor inaudito de Dios por la humanidad y que nos lleve de la mano para reencontrarnos con lo mejor de nosotros mismos, con la verdad del hombre, de la que hablara el Papa Juan Pablo II, y sobre todo, con Cristo, que transforma nuestras vidas, si nosotros nos dejamos transformar por la eficacia de su sangre redentora. Ojala que quien resucita para la Iglesia y para el mundo en la Pascua florida, resucite sobre todo en nuestros corazones y de nuestras vidas. Sólo así experimentaremos la verdadera alegría de la Pascua, que yo deseo muy feliz y gozosa a todos ustedes, a sus familias, a los cofrades y a todos los hijos e hijas de esta tierra, creyentes y no creyentes, todos ellos muy amados de Dios.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo Coadjutor de Sevilla

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