El cardenal Rouco señala que la respuesta a la vocación sacerdotal no puede ser otra que la santidad

rouco-50aniversario1El arzobispo de Madrid, cardenal Antonio Mª Rouco Varela, ordenó ayer en la catedral de la Almudena, dentro de una solemne celebración eucarística de sus Bodas de Oro Sacerdotales, a doce nuevos presbíteros. El cardenal de Madrid estuvo acompañado, además de por sus obispos auxiliares de numerosos obispos venidos de de toda España, encabezados por el nuncio del Papa en España, Mons. Manuel Monteiro,
Ante miles de fieles que se dieron cita ayer en la catedral madrileña el cardenal Rouco señaló en su homilía a los nuevos sacerdotes que “el Sacerdocio de Jesucristo es un don precioso, fruto de un extraordinario amor de Jesucristo para con nosotros”. Y explicó que es un Amor “al que debemos corresponder con un corazón sencillo, humilde y ardiente que suplica y ansía serle fiel hasta la muerte”. Es, prosiguió, “un don del Espíritu Santo transmitido sacramentalmente y, como consecuencia, una tarea y una responsabilidad personal, comprometida con la obra redentora de ese Cristo, Sacerdote y Víctima, que se ofrece en la Cruz”.
A los doce nuevois sacerdotes -11 de la diócesis de Madrid y 1 de la Obra de la Iglesia- les animó a “enseñar a los hombres de nuestro tiempo el camino del cielo: esa –dijo- es nuestra vocación. una hermosa y apasionante vocación”. “Se trata de vivir todo lo que poseemos y somos como un servicio a Cristo Resucitado, se trata de servirle acercándole al hombre”.
“A un Sacerdote –añadió-, ‘otro Cristo’, le duelen intensamente las miserias y pobrezas de todo género, las angustias y preocupaciones personales, familiares y profesionales de sus hermanos. Le lastiman en lo más interno y sensible de su interior. Un verdadero sacerdote de Jesucristo no puede por menos de sentirse herido por la pobreza que sufren tantas personas, cercanas y lejanas, por el desamparo de tantos niños desde el momento de su concepción hasta su mayoría de edad, por el abandono de los ancianos y enfermos crónicos, etc. Pero mucho más les duele el pecado, origen de tanto mal y que mata el alma y los corazones de los hombres, atenazándoles y esclavizándole en su libertad. Ese es el mal de los males: el pecado que amenaza el destino temporal y eterno de los hombres que se nos confían. Ese abismo del pecado y de la muerte eterna, en la que se puede deslizar el hombre, es el que explica, en ultimidad, el origen, el sentido y la esencia del Sacerdocio Nuevo de Jesucristo”.
Por eso, continuó, “nuestra respuesta a la grandeza espiritual de la vocación recibida no puede ni debe ser otra que la de nuestro sentido y rendido amor: la de la elección decidida y firme del camino de la santidad sacerdotal para nuestras vidas y para el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal: ¡el camino de la ardiente caridad pastoral! ¡el camino apostólico de Pablo, el apóstol enamorado de Cristo, como ningún otro!”. Así, invitó a los que iban a ser ordenados sacerdotes a “ofrecer vuestra total disponibilidad, afirmada y prometida en vuestro celibato sacerdotal”.
Concluyó encomendando a los nuevos presbíteros “a la Virgen de la Almudena. A Ella, Vida, Dulzura y Esperanza nuestra, me encomiendo yo también en esta acción de gracias que la misericordiosa del Señor nos ha concedido vivir. ¡Que interceda ante su Hijo, Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, para que nos haga valientes y humildes predicadores del Evangelio y fieles dispensadores de sus Misterios!”.
A continuación, dio comienzo el rito de la ordenación sacerdotal, durante el cual recibieron el sacramento del Orden los diáconos José Antonio Belmonte Aguilar, Pablo Escrivá de Romaní Arsuaga, Antonio Fernández Velasco, Elvis Fernándes Santos, Juan Jesús Moñivas Berlanas, Alberto Noguero López y Julián Recio Gayo, del Seminario Conciliar; Alejandro Felipe Aravena Vera, Gabriel Benedicto Casanova, Filippo Puzio y Eddie Sunsin Scout, del Redemptoris Mater; y Gerardo Nieto Brizuela, de la Obra de la Iglesia.

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