Benedicto XVI se despide de Angola y subraya que la respuesta para alcanzar la paz es la solidaridad y la justicia

benedicto-xvi-llega-yaunde-inicio-gira-africa1 Al terminar su undécimo viaje apostólico y misionero que le ha llevado al continente africano, Benedicto XVI se ha despedido con profunda gratitud del pueblo angoleño. Antes de tomar el avión que le llevaría de regreso a Roma, donde llegó ayer hacia las seis de esta tarde, el Papa ha reiterado su acción de gracias a Dios por haber conocido a este pueblo valiente y decidido a renacer por los senderos del perdón, la justicia y la solidaridad:
«Doy gracias a Dios por haber encontrado a una Iglesia viva y, a pesar de las dificultades, llena de entusiasmo, que ha sabido tomar sobre sus espaldas su cruz y la de los demás, testimoniando ante todos la fuerza salvífica del mensaje evangélico. Ella sigue anunciando que ha llegado el tiempo de la esperanza, comprometiéndose en la pacificación de los ánimos e invitando al ejercicio de una caridad fraterna que sepa abrirse a la acogida de todos, en el respeto de las ideas y los sentimientos de cada uno».
Benedicto XVI ha querido concluir su viaje dejando un apremiante llamamiento a los responsables del bien común, con especial atención a los más necesitados: «Permítanme dirigir aquí un llamamiento final: que la justa realización de los fundamentales anhelos de las poblaciones más necesitadas constituya la preocupación principal de aquellos que ejercen cargos públicos, puesto que su intención – estoy seguro – es la de desarrollar la misión que han recibido, no para sí mismos, sino en vista del bien común».
En su llamamiento, el Santo Padre ha hecho hincapié en que se debe dar una respuesta concreta a los hermanos que sufren por el hambre y todo tipo de pobreza. Esa respuesta para alcanzar la paz es la solidaridad y la justicia:
«Nuestro corazón no podrá alcanzar la paz mientras haya hermanos que sufren por la falta de alimentos, trabajo, vivienda y otros bienes fundamentales. Para llegar a dar una respuesta concreta a estos nuestros hermanos en humanidad, el primer desafío es el de la solidaridad: solidaridad entre las generaciones, solidaridad entre las naciones y entre los continentes, que genere una división más justa de los recursos de la tierra entre todos los hombres»
Desde Luanda, el Papa ha dirigido su mirada a toda África, dándole cita para el próximo mes de octubre, en la Ciudad del Vaticano, con motivo de la Segunda Asamblea Sinodal de los Obispos del continente africano – «donde el Verbo encarnado en persona encontró refugio». Precisamente a los numerosos refugiados y desplazados, Benedicto XVI les ha recordado con mucha ternura que Dios los ama: «Ruego ahora a Dios que haga sentir su protección y ayuda a los innumerables refugiados y desplazados sin rumbo, en espera de poder volver a su hogar. El Dios del cielo les repite: ‘Aunque tu mamá se olvidara de ti, Yo nunca te olvidaré’ (cfr Is 49, 15). Dios os ama como hijos e hijas. Él vela sobre vuestros días y vuestras noches, sobre vuestras fatigas y anhelos».

En sus últimas palabras en tierra africana, Benedicto XVI ha renovado su exhortación a la justicia, a la reconciliación y a la paz: «Hermanos y amigos de África, queridísimos angoleños ¡Ánimo! No os cansíes nunca de hacer progresar la paz, cumpliendo gestos de perdón y trabajando por la reconciliación nacional, con el fin de que nunca prevalezca la violencia sobre el diálogo, el miedo y el desaliento sobre la confianza, el rencor sobre el amor fraterno. Y ello será posible si os reconocéis mutuamente como hijos del mismo y único Padre del Cielo ¡Que Dios bendiga Angola! ¡Que bendiga a cada uno de sus hijos e hijas! ¡Que bendiga el presente y el futuro de esta amada nación! ¡Permaneced en Dios!

DISCURSO COMPLETO DE DESPEDIDA DEL PAPA

Excelentísimo Señor Presidente de la República,
Ilustrísimas Autoridades civiles, militares y eclesiásticas,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Amigos todos de Angola

A la hora de partir, y muy reconocido por la presencia de Vuestra Excelencia, Señor Presidente, deseo expresarle mi aprecio y gratitud, tanto por el distinguido tratamiento que me ha deparado como por las disposiciones tomadas para facilitar el desarrollo de los diversos encuentros que he tenido el gozo de vivir. Expreso mi cordial agradecimiento a las Autoridades civiles y militares, a los Pastores y a los responsables de las comunidades e instituciones eclesiales implicadas en dichos encuentros, por la gentileza con que han querido honrarme durante estos días que he podido pasar con vosotros. Se debe una palabra de gratitud a los integrantes de los medios de comunicación social, a los agentes de los servicios de seguridad y a todos los voluntarios que, con generosidad, eficiencia y discreción, han contribuido al buen resultado de mi visita.

Doy gracias a Dios por haber encontrado una Iglesia viva y, a pesar de las dificultades, llena de entusiasmo, que ha sabido llevar sobre los hombros su cruz, y la de los demás, dando testimonio ante todos de la fuerza salvadora del mensaje evangélico. Ella sigue anunciando que ha llegado el tiempo de la esperanza, comprometiéndose a pacificar los ánimos e invitando al ejercicio de una caridad fraterna que sepa abrirse a la acogida de todos, respetando las ideas y sentimientos de cada uno. Es el momento de despedirme y regresar a Roma, triste por tener que dejaros, pero contento por haber conocido un pueblo valeroso y decidido a renacer. No obstante las resistencias y los obstáculos, este pueblo quiere edificar su futuro caminando por la senda del perdón, la justicia y la solidaridad.

Si se me permite dirigir aquí un llamamiento final, quisiera pedir que la justa realización de las aspiraciones fundamentales de la población más necesitada sea la principal preocupación de los que ejercen cargos públicos, pues su intención – estoy seguro – es desempeñar la misión encomendada, no para sí mismos, sino con vistas al bien común. Nuestro corazón no puede quedarse en paz mientras haya hermanos que sufren por falta de comida, de trabajo, de una casa o de otros bienes fundamentales. Para dar una respuesta concreta a estos nuestros hermanos en humanidad, el primer desafío que se ha de vencer es el de la solidaridad: solidaridad entre las generaciones, solidaridad entre las Naciones y entre los continentes, que permita compartir cada vez más ecuánimemente los recursos de la tierra entre todos los hombres.

Y desde Luanda levanto la vista sobre toda África, dándole cita para el próximo mes de octubre en la Ciudad del Vaticano, cuando nos reuniremos para la II Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos dedicada a este Continente, donde el Verbo encarnado en persona encontró refugio. Ahora, ruego a Dios que haga sentir su protección y ayuda a los innumerables refugiados y expatriados que vagan en espera de una vuelta a su propia casa. El Dios del cielo les repite: «Aunque la madre se olvide de ti, Yo nunca te olvidaré» (cf. Is 49,15). Dios os ama como hijos e hijas; Él vela sobre vuestros días y vuestras noches, sobre vuestras fatigas y aspiraciones.

Hermanos y amigos de África, queridos angoleños: ¡ánimo! No os canséis de hacer progresar la paz, haciendo gestos de perdón y trabajando por la reconciliación nacional, para que la violencia nunca prevalezca sobre el diálogo, el temor y el desaliento sobre la confianza y el rencor sobre el amor fraterno. Eso será posible si os reconocéis mutuamente como hijos del mismo y único Padre del Cielo. Dios bendiga Angola. Bendiga a cada uno de sus hijos e hijas. Bendiga el presente y el futuro de esta querida Nación. Adiós.

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