Lección de humanidad y cristianismo

Por José María Gil Tamayo

enfermos2003Quisiera compartir unos pensamientos que en los últimos días me han dado vueltas en la cabeza y han hecho que recuerde las palabras misteriosas y duras de Jesús en la Cruz en las que expresa su soledad en el sufrimiento.
El motivo que ha desencadenado estos recuerdos es la carta de una madre de familia, que, desde hace años, vive su compromiso cristiano en su parroquia en una tarea evangélica que Dios ha catalogado expresamente con premio en el más allá: se dedica a visitar enfermos, a compartir con ellos el sufrimiento, a animarles con el consuelo de Cristo, a mostrarles la cercanía de la Iglesia. Pero resulta –y aquí está la cuestión– que el dolor también la ha visitado a ella: ahora tiene que atender en la propia casa y a tiempo pleno a un familiar y me confiesa que lo hace con infinito amor, pero que le han desaparecido las ganas, que sigue manteniendo intactos los motivos y las razones de cariño con los que ayudar a uno de los suyos que sufre, pero que nota que los sentimientos le fallan, no le responden. Y además se da cuenta que está muy sola, aunque haya más gente en casa, cada uno va a lo suyo… O sea, que está empezando a sentir que en la cruz hay soledad…
Como Jesús, nuestra amiga, sabe que Dios no puede estar lejos de este episodio de su historia personal y familiar, que seguro le da fuerzas e incluso le mantiene las razones para entregarse durante las 24 horas del día al servicio a los demás, en este caso a una persona mayor, desvalida y enferma, pero, a la vez, parece que está ausente… no lo siente. Todo un lío doloroso.
Pienso, y por eso traigo esta reflexión a esta página, que en esta misma situación puede que se encuentre algunos de los que amablemente leen esta colaboración o son conocedores y confidentes de quienes sí la padecen. No ya postrados en el dolor, en la enfermedad, sino solos ante el sufrimiento de los otros: del padre o de la madre ancianos, del marido o de la mujer enfermos, de un hijo o una hija inválidos… o qué sé yo en qué mil situaciones con las que el sufrimiento de los próximos nos sale al paso, quizá, en etapas de la vida en que nos las prometíamos muy felices. Incluso aducimos –como el mismísimo Job– que no hemos sido insensibles a los demás y por qué nos toca esto a nosotros: “¿No he llorado por el que vive en estrechez…Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia, / aguardaba la luz, y llegó la oscuridad.” (Job 30, 25-27).
La madre que me confiaba su situación me pedía también unos consejos y sé que es más fácil darlos que practicarlos, pero, si les sirve a ustedes, a ella le manifesté que la fe no nos ahorra el sufrimiento que acompaña lo humano, pero sí nos hace descubrir la presencia de Dios, aunque a veces parece que juega al escondite con nosotros o tenemos la impresión de que se ha quedado mudo o se nos ha vuelto sordo. O se ha ido “a por uvas…” Le pedía que probara con la oración. Se dará cuenta entonces que Dios está a su lado, aunque no se haga notar, lo que ocurre es que en esas circunstancias habla y escucha en el que sufre, al que ayudamos, y su respuesta tiene un efecto retardado y un día será aquella de: “Venid benditos de mi Padre y heredad el reino… porque tuve hambre y me distéis de comer… estuve enfermo y me visitasteis… ¿Cuándo?, le diremos. Y nos responderá: cuando lo hicisteis con uno de éstos, conmigo lo hicisteis.” (Cf. Mt. 25) Entonces -y espero que mucho antes- caeremos en la cuenta que Dios no estaba ausente… que no estamos solos.
Y es que, como señalaba Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza, “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad… y Ésta no puede aceptar a los que sufren y sostenerlos en su dolencia si los individuos mismos no son capaces de hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza” (38).Es lo que hace la madre de familia de la carta y tanta gente compasiva. Toda una lección de humanidad… y cristianismo. ¡Y hay tantas, gracias a Dios!

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