El Papa se encuentra en Angola con una de las comunidades católicas más antiguas del África austral

papaangolaDespués de dos horas y cuarto de vuelo de Yaundé a Luanda, Benedicto XVI llegó ayer a la capital de Angola a las 12.45 del mediodía. En el aeropuerto “4 de fevereiro” esperaba al Pontífice el presidente del país, Eduardo Dos Santos, con su mujer, según informó Radio Vaticano.
En Angola, el Santo Padre ha tenido un recuerdo especial para la población de la provincia de Kunene, “afectada por lluvias torrenciales e inundaciones que han provocado numerosos muertos y dejado sin hogar a tantas familias por la destrucción de sus casas”. El Papa les ha asegurado su solidaridad y su aliento especial para tener confianza y recomenzar con la ayuda de todos.
Estaban presentes también el arzobispo de Luanda y presidente de la Conferencia Episcopal de Angola y Santo Tomé Mons. Damiao Antonio Franklin. Tras los honores militares, la ejecución de los himnos pontificio y angoleño y la presentación de las autoridades, el Papa ha pronunciado su discurso de bienvenida en el que ha puesto en evidencia que su “visita pastoral, espiritualmente tiene como horizonte todo el Continente africano, aunque haya tenido que limitar sus pasos a Yaundé y a Luanda”.

“Que todos sepan que, en mi corazón y en mi plegaria, tengo presente a África en general y al pueblo de Angola en particular, al que deseo ofrecer un cordial aliento a proseguir por la vía de la pacificación y la reconstrucción del país y las instituciones”.

El Santo Padre ha recordado la visita a Angola que, en 1992, realizó su predecesor Juan Pablo II, “incansable misionero de Jesucristo hasta los extremos confines de la tierra. Él ha indicado la vía hacia Dios, -ha recordado Benedicto XVI- invitando a todos los hombres de buena voluntad a escuchar la propia conciencia y a edificar una sociedad de justicia, de paz y de solidaridad, en la caridad y en el perdón recíproco”.

“En cuanto a mí, os recuerdo que provengo de un país en el que la paz y la hermandad son sentidas muy dentro del corazón de todos sus habitantes, especialmente de los que -como yo- han conocido la guerra y la división entre hermanos pertenecientes a la misma nación a causa de ideologías desoladoras e inhumanas, la cuales, bajo la falaz apariencia de sueños e ilusiones, hicieron pesar sobre los hombres el yugo de la opresión. Podéis entender, pues, lo sensible que soy al diálogo entre los hombres como medio para superar toda forma de conflicto y tensión, y para hacer de cada Nación -y por tanto también de vuestra patria- una casa de paz y hermandad.

Con vistas a este fin, el Papa ha indicado, que los angoleños deben tomar de su patrimonio espiritual y cultural los mejores valores de los que Angola es portadora, “y salir al encuentro unos de otros sin miedo, aceptando compartir la riqueza espiritual y material de cada uno, en beneficio de todos”. “Vuestro territorio es rico”, ha dicho; “vuestra Nación es fuerte. Utilizad estas cualidades vuestras para favorecer la paz. No os rindáis a la ley del más fuerte”.

“Porque Dios ha concedido a los seres humanos la capacidad de elevarse, por encima de sus tendencias naturales, con las alas de la razón y de la fe. Si os dejáis llevar por estas alas, no os será difícil reconocer en el otro a un hermano, que ha nacido con los mismos derechos humanos fundamentales”.

“Lamentablemente, dentro de vuestros confines angoleños hay todavía muchos pobres que reivindican el respeto de sus derechos”, ha indicado el Papa. “No decepcionéis sus expectativas. Se trata de una tarea ingente, que requiere una mayor participación cívica por parte de todos”. Es necesario implicar en ella a toda la sociedad civil angoleña. Para dar vida a una sociedad realmente celosa del bien común, se necesitan valores compartidos por todos.

El Papa ha terminado recordando la antigua historia cristiana de estas tierras, donde en Mbanza Congo surgió hace 500 años un reino cristiano, que sobrevivió hasta el siglo XVIII. “De sus cenizas pudo brotar luego, entre los siglos XIX y XX, una Iglesia renovada que no ha dejado de crecer hasta nuestros días”. “El motivo inmediato que me ha traído a Angola es éste –ha dicho el Pontífice: encontrarme con una de las más antiguas comunidades católicas del África subecuatorial, para confirmarla en su fe y unirme a las súplicas de sus hijos e hijas para que el tiempo de la paz, en la justicia y en la fraternidad, no conozca ocaso en Angola.

DISCURSO COMPLETO

Excelentísimo Señor Presidente de la República,
Ilustrísimas Autoridades civiles y militares,
Venerados Hermanos en el Episcopado,
Queridos amigos angoleños

Con vivos sentimientos de deferencia y amistad, pongo pie en el suelo de esta noble y joven Nación, en el ámbito de una visita pastoral que espiritualmente tiene como horizonte todo el Continente africano, aunque haya tenido que limitar mis pasos a Yaundé y a Luanda. Que todos sepan que, en mi corazón y en mi plegaria, tengo presente a África en general y al pueblo de Angola en particular, al que deseo ofrecer un cordial aliento para proseguir por la vía de la pacificación y la reconstrucción del País y las instituciones.

Comienzo, Señor Presidente, agradeciendo la amable invitación que me ha hecho de visitar Angola y las cordiales expresiones de bienvenida que me acaba de dirigir. Acepte mi deferente saludo y los mejores deseos, que hago extensivos a las otras autoridades que han tenido la amabilidad de venir a recibirme. Saludo a toda la Iglesia católica en Angola en la persona de sus Obispos aquí presentes, y agradezco a todos los amigos angoleños la cariñosa acogida que me han dispensado. Y que llegue también mis sentimientos de amistad a los que me siguen a través de la radio y la televisión, en la certeza de la benevolencia del Cielo sobre la misión común que nos ha sido confiada: edificar juntos una sociedad más libre, más pacífica y más solidaria.

¿Cómo no recordar a aquel ilustre Visitante que bendijo Angola en junio de 1992, mi amado Predecesor Juan Pablo II? Incansable misionero de Jesucristo hasta los extremos confines de la tierra, él ha indicado la vía hacia Dios, invitando a todos los hombres de buena voluntad a escuchar la propia conciencia rectamente formada y a edificar una sociedad de justicia, de paz y de solidaridad, en la caridad y en el perdón recíproco. En cuanto a mí, os recuerdo que provengo de un País en el que la paz y la hermandad son sentidas muy dentro del corazón de todos sus habitantes, especialmente de los que –como yo– han conocido la guerra y la división entre hermanos pertenecientes a la misma Nación a causa de ideologías desoladoras e inhumanas, la cuales, bajo la falaz apariencia de sueños e ilusiones, hicieron pesar sobre los hombres el yugo de la opresión. Podéis entender, pues, lo sensible que soy al diálogo entre los hombres como medio para superar toda forma de conflicto y tensión, y para hacer de cada Nación –y por tanto también de vuestra Patria– una casa de paz y hermandad. Con vistas a este fin, debéis tomar de vuestro patrimonio espiritual y cultural los mejores valores de los que Angola es portadora, y salir al encuentro unos de otros sin miedo, aceptando compartir la riqueza espiritual y material de cada uno, en beneficio de todos.

¿Cómo no pensar aquí a la población de la provincia de Kunene, afectada por lluvias torrenciales e inundaciones que han provocado numerosos muertos y dejado sin hogar a tantas familias por la destrucción de sus casas? A ellas deseo hacer llegar en su prueba la seguridad de mi solidaridad, junto con un aliento especial a tener confianza para recomenzar con la ayuda de todos.

Queridos angoleños, vuestro territorio es rico; vuestra Nación es fuerte. Utilizad estas cualidades vuestras para favorecer la paz y el acuerdo entre los pueblos, sobre una base de lealtad e igualdad que promuevan ese futuro pacífico y solidario para África, que todos anhelan y al que tienen derecho. Para ello, os ruego: No os rindáis a la ley del más fuerte. Porque Dios ha concedido a los seres humanos la capacidad de elevarse, por encima de sus tendencias naturales, con las alas de la razón y de la fe. Si os dejáis llevar por estas alas, no os será difícil reconocer en el otro a un hermano, que ha nacido con los mismos derechos humanos fundamentales. Lamentablemente, dentro de vuestros confines angoleños hay todavía muchos pobres que reivindican el respeto de sus derechos. No se puede olvidar la multitud de angoleños que viven por debajo del umbral de la pobreza absoluta. No decepcionéis sus expectativas.

Se trata de una tarea ingente, que requiere una mayor participación cívica por parte de todos. Es necesario implicar en ella a toda la sociedad civil angoleña; pero ésta ha de presentarse ante dicho reto de manera más fuerte y articulada, tanto entre las fuerzas que la componen como también en el diálogo con el Gobierno. Para dar vida a una sociedad realmente celosa del bien común, se necesitan valores compartidos por todos. Estoy convencido de que Angola podrá encontrarlos hoy también en el Evangelio de Jesucristo, como ocurrió tiempo atrás con un ilustre antepasado vuestro, Dom Afonso I Mbemba-a-Nzinga; por obra suya surgió hace quinientos años en Mbanza Congo un reino cristiano, que sobrevivió hasta el siglo XVIII. De sus cenizas pudo brotar luego, entre los siglos XIX y XX, una Iglesia renovada que no ha dejado de crecer hasta nuestros días. Demos gracias a Dios por ello. He aquí el motivo inmediato que me ha traído a Angola: encontrarme con una de las más antiguas comunidades católicas del África subecuatorial, para confirmarla en su fe en Jesús resucitado y unirme a las súplicas de sus hijos e hijas para que el tiempo de la paz, en la justicia y en la fraternidad, no conozca ocaso en Angola, permitiéndola cumplir la misión que Dios le ha confiado en favor de su pueblo y en el concierto de las Naciones. Dios bendiga Angola.

El Papa insta a las autoridades de Angola a transformar el continente liberando a su pueblo del flagelo de la avidez, de la violencia y del desorden, guiándolo por la senda de la democracia civil moderna

Por otro lado, Benedicto XVI ha visitadvisitó o a primera hora ayer tarde de ayer al presidente de Angola, José Eduardo Dos Santos, quien ha agradecido la presencia del Papa en el continente y en especial en su país. El Santo Padre ha dirigido palabras de alabanza al pueblo angoleño, que tras veintisiete años de guerra civil que ha devastado al país, “se ha despertado”, y la paz ha comenzado “a echar raíces, llevando consigo los frutos de la estabilidad y la libertad”, permitiendo que en los ciudadanos resurja la esperanza. ¡”Qué Dios bendiga y multiplique todas estos buenos deseos y sus iniciativas al servicio del bien!”, ha exclamado el Pontífice.

“Angola sabe que ha llegado para África el tiempo de la esperanza. Todo comportamiento recto es esperanza en acción. Nuestros actos nunca son indiferentes ante Dios; y no lo son tampoco para el desarrollo de la historia”.

En este sentido el Papa ha instado a la población angoleña a que, “con un corazón íntegro, magnánimo y compasivo”, transformen el continente, liberando a su pueblo “del flagelo de la avidez, de la violencia y del desorden, guiándolo por la senda indicada por los principios indispensables de toda democracia civil moderna”.

Recordando el mensaje de este año para la Jornada Mundial de la Paz, el Papa ha subrayado la necesidad de una visión ética del desarrollo. Visión que ha pedido que compartan los políticos, agencias internacionales y multinacionales, llamados a acompañar al pueblo angoleño “de manera verdaderamente humana”. En este sentido Benedicto XVI ha solicitado mayor coordinación para fomentar el desarrollo en África, alabando el trabajo de varias iniciativas ya en marcha, con el objetivo común de promover la transparencia, la práctica comercial honesta y el buen gobierno.

El Pontífice se ha dirigido también a la comunidad internacional, a quien a pedido que cumpla sus compromisos, como la concesión de destinar el 0’7% del PIB a las ayudas oficiales al desarrollo. “Hoy, -ha subrayado el Papa- esta ayuda es más necesaria aún, con la tempestad financiera mundial que se ha desencadenado; el auspicio es que dicha ayuda no sea otra de sus víctimas”.

“Amigos, quiero concluir mi reflexión confesando que mi visita a Camerún y Angola está despertado en mí esa profunda alegría humana que se siente al encontrarse en familia. Pienso que dicha experiencia es el don común que África ofrece a los que vienen de otros continentes y llegan aquí, donde «la familia representa el pilar sobre el cual está construido el edificio de la sociedad» (Ecclesia in Africa, 80)”.

A pesar de estos avances, Benedicto XVI ha puesto de relieve que queda mucho por hacer sobre todo en las familias, sometidas a presiones como la la pobreza, el desempleo, la enfermedad y el exilio. “Es particularmente inquietante –ha dicho Benedicto XVI- el yugo opresor de la discriminación sobre mujeres y niñas, por no hablar de la práctica incalificable de la violencia y explotación sexual, que provoca tantas humillaciones y traumas”. El Papa también ha querido subrayar otro aspecto preocupante, “las políticas de aquellos que, con el espejismo de hacer avanzar la «edificación social», minan sus propios fundamentos”.

El Papa ha expresado una vez más la cercanía de la Iglesia con los más pobres del continente africano, porque el camino espiritual del cristiano es la conversión cotidiana. “A esto invita la Iglesia a todos los dirigentes de la humanidad –ha dicho el Papa- para que ésta siga la senda de la verdad, la integridad, el respeto y la solidaridad”.

DISCURSO COMPLETO

Señor Presidente de la República,
Distinguidas Autoridades,
Ilustres Embajadores,
Queridos Hermanos en el Episcopado,
Señoras y Señores

Con un amable gesto de hospitalidad, el Señor Presidente ha querido recibirnos en su residencia, ofreciéndome así la alegría de encontrarme con todos vosotros, para saludaros y desearos los mejores éxitos en el ejercicio de las importantes responsabilidades que cada uno de vosotros desempeña en el ámbito gubernativo, civil y diplomático, en el que sirve a su Nación en beneficio de toda la familia humana. Señor Presidente, gracias por su acogida y por las palabras que me ha dirigido, llenas de estima por el Sucesor de Pedro y de confianza en la actividad de la Iglesia católica en favor de esta tan querida Nación.

Amigos, sois artífices y testigos de una Angola que está despertando. Tras veintisiete años de guerra civil, que había devastado este País, la paz ha comenzado a echar raíces, llevando consigo los frutos de la estabilidad y la libertad. Los esfuerzos palpables del Gobierno por establecer las infraestructuras y rehacer las instituciones fundamentales para el desarrollo y el bienestar de la sociedad, han hecho resurgir la esperanza en los ciudadanos de la Nación. Muchas iniciativas de agencias multilaterales, decididas a superar intereses particulares para actuar en la perspectiva del bien común, han venido en ayuda de esta esperanza. No faltan en diversas partes del País ejemplos de enseñantes, agentes sanitarios y empleados estatales que, con exiguos sueldos, sirven con integridad y dedicación a sus comunidades; y van aumentado quienes se comprometen en actividades de voluntariado al servicio de los más necesitados. Que Dios bendiga y multiplique todas estos buenos deseos y sus iniciativas al servicio del bien.

Angola sabe que ha llegado para África el tiempo de la esperanza. Todo comportamiento recto es esperanza en acción. Nuestros actos nunca son indiferentes ante Dios; y no lo son tampoco para el desarrollo de la historia. Amigos míos, con un corazón íntegro, magnánimo y compasivo, podéis transformar este Continente, liberando a vuestro pueblo del flagelo de la avidez, de la violencia y del desorden, guiándolo por la senda indicada por los principios indispensables de toda democracia civil moderna: el respeto y la promoción de los derechos humanos, un gobierno transparente, una magistratura independiente, una comunicación social libre, una administración pública honesta, una red de escuelas y hospitales que funcionen de manera adecuada y la firme determinación, arraigada en la conversión del corazón, de romper de una vez por todas con la corrupción. En el Mensaje de este año para la Jornada Mundial de la Paz he querido volver a llamar la atención de todos sobre la necesidad de una visión ética del desarrollo. En efecto, más que simples programas y protocolos, las personas de este continente están reclamando justamente una conversión del corazón a la fraternidad, profundamente convencida y duradera (cf. n. 13). Su petición a los que sirven en la política, en la administración pública, en las agencias internacionales y en las compañías multinacionales es sobre todo ésta: estad con nosotros de manera verdaderamente humana; acompañadnos a nosotros, a nuestras familias y a nuestras comunidades.

El desarrollo económico y social en África exige la coordinación del Gobierno nacional con las iniciativas regionales y con las decisiones internacionales. Una coordinación así supone que las naciones africanas sean consideradas no sólo como destinatarias de los planes y las soluciones elaboradas por otros. Los africanos mismos, trabajando juntos por el bien de sus comunidades, han de ser los primeros agentes de su desarrollo. A este propósito, hay un número creciente de iniciativas eficaces que merecen ser mencionadas. Entre ellas, la New Partnership for Africa’s Development (NEPAD), el Pacto sobre la seguridad, la estabilidad y el desarrollo en la Región de los Grandes Lagos, el Kimberley Process, la Publish What You Pay Coalition y la Extractive Industries Transparency Iniziative: su objetivo común es promover la transparencia, la práctica comercial honesta y el buen gobierno. Por lo que se refiere a la comunidad internacional en su conjunto, es de urgente importancia la coordinación de los esfuerzos para afrontar la cuestión de los cambios climáticos, el pleno y justo cumplimiento de los compromisos para el desarrollo indicado por el Doha round e, igualmente, la realización de la promesa de los Países desarrollados, tantas veces repetida, de destinar el 0,7% de su PIB (producto interior bruto) a las ayudas oficiales para el desarrollo. Hoy, esta ayuda es más necesaria aún, con la tempestad financiera mundial que se ha desencadenado; el auspicio es que dicha ayuda no sea otra de sus víctimas.

Amigos, quiero concluir mi reflexión confesando que mi visita a Camerún y Angola está despertado en mí esa profunda alegría humana que se siente al encontrarme entre familias. Pienso que dicha experiencia es el don común que África ofrece a los que vienen de otros continentes y llegan aquí, donde «la familia representa el pilar sobre el cual está construido el edificio de la sociedad» (Ecclesia in Africa, 80). Y, sin embargo, como todos sabemos, también aquí la familia está sometida a muchas presiones: angustia y humillación causada por la pobreza, el desempleo, la enfermedad y el exilio, por mencionar sólo algunas. Es particularmente inquietante el yugo opresor de la discriminación sobre mujeres y niñas, por no hablar de la práctica incalificable de la violencia y explotación sexual, que provoca tantas humillaciones y traumas. También he de subrayar otro aspecto muy preocupante: las políticas de aquellos que, con el espejismo de hacer avanzar la «edificación social», minan sus propios fundamentos. Qué amarga es la ironía de aquellos que promueven el aborto como una cura de la salud «materna». Qué desconcertante resulta la tesis de aquellos para quienes la supresión de la vida sería una cuestión de salud reproductiva (cf. Protocolo de Maputo, art. 14).

Señoras y Señores, la Iglesia se encontrará siempre, por voluntad de su divino Fundador, cerca de los más pobres de este Continente. Puedo aseguraros que, a través de las iniciativas diocesanas y de innumerables obras educativas, sanitarias y sociales de diversas Órdenes religiosas, continuará a hacer todo lo posible para ayudar a las familias – incluidas las afectadas por los trágicos efectos del sida – y para promover la igualdad de dignidad de mujeres y hombres, sobre la base de una armónica complementariedad. El camino espiritual del cristiano es la conversión cotidiana; a esto invita la Iglesia a todos los dirigentes de la humanidad, para que ésta siga la senda de la verdad, la integridad, el respeto y la solidaridad.
Señor Presidente, quisiera reiterarle mi más cordial reconocimiento por la acogida que nos ha dispensado en su casa. Agradezco a todos vosotros la gentileza de vuestra presencia y la atención prestada. Podéis contar con mis plegarias por vosotros, vuestras familias y todos los habitantes de esta maravillosa África. Que el Dios de los cielos os guarde y os bendiga a todos.

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