Mons. García Burillo escribe sobre San José, la familia y el seminario

garciaburillo1Celebramos hoy la fiesta de san José, patrono de la familia y del Seminario. San José, hombre justo llamado por Dios, que aceptó ser “padre” del Hijo y esposo de la Madre de Dios; hombre justo que, aparentemente jugó un papel secundario, y sin embargo fue escogido por Dios para ser una pieza clave en la historia de la salvación. La Iglesia entiende que ese papel secundario esconde en realidad el secreto de la grandeza de la vocación, de la fidelidad y del amor incondicional. Por esta razón, san José es el Patrono de la Iglesia, familia de Dios.
Y por eso celebramos también el Día del Seminario, día de la vocación y del seguimiento a la llamada de Dios como lo hizo san José. El seminario es el corazón de nuestra diócesis, el ámbito humano donde crece y madura la vocación de aquellos jóvenes procedentes de nuestras comunidades parroquiales que han respondido generosamente a la llamada de Cristo a prolongar su presencia salvadora entre los hombres.
En el contexto de una sociedad que prescinde de Dios como la actual, es preciso generar una cultura de la vocación que acentúa la necesidad que el mundo y los hombres tienen de Dios. El objetivo de la campaña del Día del Seminario es triple:

1. En primer lugar, promover, es decir, favorecer la escucha de la llamada de Dios al sacerdocio en todos aquellos niños, jóvenes y adultos que Dios ha escogido. Una tarea fundamental para el futuro de la Iglesia y de la sociedad que requiere el compromiso de todo el pueblo de Dios y en particular de las familias cristianas, sobre su responsabilidad en las vocaciones al ministerio sacerdotal. Conscientes de esta necesidad, hemos de hacerla propia si de verdad amamos a la Iglesia y queremos que nuestras comunidades parroquiales, Movimientos y asociaciones estén llenas de vitalidad cristiana y no carezcan de pastores que las guíen y las cuiden.

2. Además de promover, hemos de acompañar, es decir, tender la mano a los «llamados», ayudándoles a escuchar la voluntad de Dios y acoger con docilidad y fidelidad su designio. Todos tenemos responsabilidad en la promoción, cultivo y acompañamiento de las vocaciones al sacerdocio. Todos hemos recibido la vocación a la vida cristiana y al seguimiento de Cristo por el Bautismo. Sin el cultivo de nuestra vocación común de llamada a la santidad de vida en el amor de Dios y en el servicio a los demás, no es previsible que surjan vocaciones para una vida de mayor entrega y especial consagración.

3. Finalmente, sostener, sobre todo a través de la oración intensa e incesante de manera que los elegidos perseveren en su respuesta a la llamada del Señor. Hemos de colaborar con Dios, “echarle una mano” para que su llamada tenga respuesta en el corazón de los jóvenes. Todos hemos de emprender una entusiasta y eficaz campaña vocacional hablando a Dios y presentándole la gran necesidad de sacerdotes que tiene su Iglesia. Pedirle y confiar en Él ya que su ayuda no nos ha de faltar. Y también hablar de Dios a la familia y a los jóvenes, comunicándoles lo que el Señor quiere y lo que la Iglesia necesita.

Para alcanzar la gracia de la vocación en el momento presente es imprescindible una total implicación por parte de los padres, catequistas, educadores, animadores, consagrados y sacerdotes en el trabajo de promoción vocacional, de tal manera que aquellos jóvenes a los que el Señor sigue llamando a este ministerio descubran y valoren el don inmenso que supone tal elección en orden a la edificación de la Iglesia.
En el seno de la familia es donde, con el apoyo de los padres, se puede escuchar mejor la llamada vocacional al sacerdocio. La familia es la escuela donde nacen los más grandes ideales, donde se cultiva la oración, la participación en la misa del domingo y la frecuencia de los sacramentos. Es fundamental e imprescindible el propio testimonio de los padres y su actitud favorable a acoger la vocación de sus hijos no como una desgracia, sino como un signo de la predilección de Dios por su familia.
Por este motivo me dirijo particularmente a vosotros, niños y jóvenes, recordándoos que la vocación es una especial manifestación del amor de Dios a la persona elegida; nace de la escucha atenta al Señor y exige fidelidad a lo escuchado en el corazón. Al Señor le podéis escuchar en el silencio de vuestro interior o en el testimonio de sus discípulos. Os invito a vivir confiadamente un encuentro con Él, que os liberará de vuestros miedos y desconfianzas. Lo repitió Juan Pablo en numerosas ocasiones: si el Señor llama a la puerta de tu corazón, sé generoso, respóndele. La respuesta os hará felices, recibiréis ya aquí el ciento por uno. ¡Y después la vida eterna!

+ Jesús, Obispo de Ávila

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